Los límites de la transición energética

<strong>Los límites de la transición energética</strong>

Si las actuales tendencias de crecimiento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos continúan sin cambios, los límites del crecimiento en este planeta serán alcanzado en algún momento dentro de los próximos cien años.  El resultado más probable será la repentina e incontrolable disminución tanto de la población como de la capacidad industrial”.

Estas fueron las conclusiones de “Los límites del crecimiento”, un estudio auspiciado por el Club de Roma, publicado en 1972.  Al poco de su publicación, la crisis petrolera de 1973 incrementó la preocupación pública por estos problemas. El informe vendió 30 millones de copias en más de 30 idiomas, lo que lo convierte en el libro ambiental más vendido de la historia.

Figura 1. Modelo Estándar de la primera versión de “Los límites del crecimiento”

Fuente: Charles Hall and John Day in «Revisiting Limits to Growth After Peak Oil» http://www.esf.edu/efb/hall/2009-05Hall0327.pdf. Las proyecciones originales del modelo de límites al crecimiento examinaron la relación de un crecimiento de la población a los recursos y la contaminación, pero no incluían una escala de tiempo entre 1900 y 2100. Esta versión moderniza la gráfica y ofrece más precisión temporal que el original.

La semana pasada, en la Universidad de Zaragoza, un grupo de investigadores con perspectivas muy diferentes sobre estos asuntos nos reunimos con la excusa del 50 aniversario de su publicación para tratar de dilucidar las posibilidades de la transición energética a la que nos enfrentamos y de sus límites materiales.

Lo primero que resulta sorprendente es que la transición energética no aparece, ni una sola vez, en todo el informe del Club de Roma. La energía solo aparece como contribuyente a la contaminación (el CO2 y de los residuos radiactivos) pero en absoluto como límite al crecimiento. Y resulta sorprendente porque ya a mediados del siglo XIX se sabía que el crecimiento económico moderno se sustentaba en una creciente cantidad de recursos energéticos. En la historia de la humanidad los cazadores-recolectores del paleolítico requerían menos energía para sustentarse que los primeros agricultores, y esas sociedades pre-industriales requerían mucha menor cantidad de energía per cápita que los obreros de las primeras fábricas que a su vez utilizaban mucha menos energía por persona que cualquiera de nosotros hoy. Cada una de esas transformaciones implicaron transiciones energéticas profundas.

Debemos hablar siempre de transiciones energéticas en plural, no sólo porque no son lo mismo las del pasado, que las del presente que las del futuro, sino porque involucran múltiples aspectos y no se trata de una única transformación: las transiciones energéticas afectan a cómo obtenemos, transformamos y disfrutamos de la energía, es decir, al conjunto de los sistemas energéticos. 

Analizando la evolución de los sistemas energéticos en el pasado, los historiadores de la energía han aprendido que el proceso de alterar las cestas energéticas se ha ido acelerando con el tiempo, y son hoy más rápidas que en el pasado. También que los sistemas energéticos tienen una fuerte inercia: cuesta mucho más alterar sistemas energéticos grandes que pequeños. Es más, la evidencia sugiere que grandes y pequeños consumidores de energía siguen caminos diferentes en el proceso de alterar sus cestas energéticas.  

También se ha observado que las transiciones tienden a ocurrir en niveles de diversificación altos (de concentración baja); que la calidad de la energía que adquirimos aumenta con nuestro nivel de ingresos. Esto es así, en parte porque vectores energéticos de mayor calidad -como la electricidad, más eficiente, flexible y limpia- requieren mayores inversiones para poder generarla, transportarla y utilizarla.  Y esto tiene implicaciones sobre lo que somos capaces de hacer con una misma cantidad de energía primaria. Como decía antes, se sabe desde hace casi dos siglos que producir más requiere más energía, pero sólo recientemente entendemos también que existe una tendencia a largo plazo que hace que requiramos menos energía por unidad de producción. De hecho, somos la sociedad humana que menos esfuerzo relativo dedica a dotarse de la energía que necesita (en tiempo y coste).

Figura 2. Relación entre producción y energía per cápita, todos los países para los que existen datos (1971-2010)

En los últimos años, lo que entendemos por transiciones energéticas ha cambiado. El concepto de “transiciones energéticas” ha pasado de ser el objeto de estudio de los historiadores de la energía, constatando las transformaciones acaecidas en los sistemas energéticos del pasado como respuesta a fuerzas tecno-económicas de cambio, a convertirse en un concepto que define un objetivo de futuro en sí mismo, para conseguir una rápida eliminación de los fósiles de la matriz energética. 

Un cambio rápido hacia un sistema energético bajo en carbono como el que estamos abordando enfrentará, además de retos tecnológicos mayúsculos, retos sociotécnicos que serán cruciales en su destino, a saber:

– la justicia energética, que no deje a nadie atrás y que asegure el suministro de energía asequible y verde a los millones de personas que aún no tienen acceso a ella en el mundo,

– la gobernanza de la transición, porque no está claro si serán los gobiernos, las sociedades, los mercados o la tecnología quienes dirijan la transición,

– las dificultades de cambiar de hábitos sociales e individuales -aun cuando la tecnología exista- 

– y el reto mayúsculo que supone sustituir billones de máquinas en todo el mundo, que siguen utilizando energías fósiles. 

Y todo esto habrá que hacerlo en un marco que, según un grupo de investigadores, ya se está viendo limitado por el agotamiento de materiales para llevarlo a cabo.

El informe del Club de Roma sobre los límites del crecimiento sirvió, sobre todo, para poner sobre la mesa el hecho de que las sociedades industrializadas no pueden ignorar que sus acciones se desarrollan en un ámbito natural que tiene límites concretos. Eso forzó a tomar precauciones sobre el consumo de algunos recursos, extender la vida útil de otros y reutilizar cosas que considerábamos deshechos. No está claro que el informe acertara del todo en sus pronósticos, pero lo que está claro es que, en el tiempo que nos queda en el marco temporal que señaló como crucial, las soluciones no podrán ser meramente tecnológicas. La transición energética que enfrentamos pasa, fundamentalmente, por cuestiones propias de las ciencias sociales. 

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