Frente al incremento de la desigualdad económica

Frente al incremento de la desigualdad económica

de Héctor García-Montero 

En este mismo blog (aquí), expuse las recientes contribuciones de la historia económica al estudio de las tendencias seguidas por la desigualdad en el muy largo plazo. En líneas generales, dichas contribuciones apuntan, en el mundo occidental, a un aumento plurisecular de la desigualdad –en la renta o la riqueza- que solo se habría visto interrumpido temporalmente tras eventos catastróficos como la Peste Negra o la II Guerra Mundial. Una tendencia retomada de nuevo en la década de 1980, especialmente en los países anglosajones, y que la reciente pandemia no habría hecho sino acentuar (véase por ejemplo aquí).

Para el lector preocupado por las consecuencias de la desigualdad económica, la pregunta surge de inmediato, ¿qué puede hacerse para corregir o mitigar esta tendencia?, ¿puede conmutarse la “cadena perpetua” o estamos abocados irremisiblemente a vivir en sociedades más desiguales?

En respuesta a dichas preguntas, recientemente, algunos especialistas han planteado y evaluado distintas medidas que podrían lograr una “reducción significativa de la condena”. Aprovecharé estas líneas para exponer los principales argumentos y debates al respecto. 

En el caso del Reino Unido, probablemente el mejor estudiado hasta la fecha, Tony Atkinson, uno de los mayores expertos en el tema, propuso  (aquí) un programa de quince medidas para la reducción permanente de los niveles de inequidad, dedicando también espacio al diagnóstico, la evaluación de los costes y la viabilidad de las diferentes medidas. Utilizaré el caso británico, en gran medida extrapolable al ámbito de Europa occidental, como guía e hilo conductor.

Las medidas fiscales son parte esencial del programa. La reforma del impuesto sobre la renta hacia una mayor progresividad, una elevación sustancial de los tipos más altos (hasta un 60-65% en el tipo marginal máximo), un tratamiento igualitario de las distintas fuentes de renta y una ampliación de la base imponible del impuesto, ocupa un lugar preeminente por la magnitud de su potencial efecto igualador. Además, se plantea la posibilidad de una deducción en el impuesto sobre la renta para el escalón inferior, funcionando como un impuesto negativo. Por otro lado, se propone la reforma de la imposición sobre las transmisiones de capital (incluyendo las herencias) para transformarla en un impuesto progresivo sobre los ingresos del capital obtenidos a través del ciclo vital. Una medida en línea con las propuestas del economista francés Thomas Piketty. Asimismo, se proyecta establecer un impuesto mínimo sobre las multinacionales y el estudio de otras medidas como la reintroducción del impuesto sobre el patrimonio.

Sin embargo, si atendemos a autores como Branko Milanovic (aquí), más allá de su viabilidad política, ni siquiera medidas fiscales como las enumeradas serán suficientes para invertir la tendencia prevista para la desigualdad en las próximas décadas. En muchos países la cuota del capital sobre el PIB estaría llegando a unos niveles en los que solo una mayor participación de la población en el mismo (medida también defendida por Piketty) y una acción decidida contra oligopolios y monopolios podrían invertir dicha tendencia.

En el ámbito de las prestaciones sociales, Atkinson defiende las ayudas por hijo (dada la estrecha relación entre pobreza infantil y desigualdad), una renta básica y una subida de los subsidios de desempleo y de las pensiones mínimas.

El tercer pilar del programa elaborado por el economista británico está relacionado con el mercado de trabajo. En él se inscribe tanto la apuesta por una subida del salario mínimo y un acuerdo sobre prácticas salariales como la fijación de objetivos explícitos de empleo y la utilización del Estado como “empleador de último recurso” frente al paro estructural. 

El programa incluye también medidas que van más allá del ámbito fiscal, social y laboral y que, en algunos casos, resultarán novedosas. Entre ellas cabe mencionar la creación de productos financieros para pequeños ahorradores con rendimientos mínimos garantizados. La orientación del cambio tecnológico por parte del Estado, partiendo de la premisa de que el cambio tecnológico genera fallos de mercado y ha sido uno de los grandes creadores de desigualdad en los últimos tiempos. Un planteamiento utópico que quizás no lo es tanto si consideramos que el cambio tecnológico no es ajeno a decisiones del sector público en cuanto a inversión o regulación, por lo que se plantea orientarlo en una dirección redistributiva. Otras medidas serían la inserción de criterios distributivos en la política de defensa de la competencia, el incentivo a la participación sindical, la creación de una dotación de capital que se recibiría al llegar a la mayoría de edad (medida también defendida por Piketty), la construcción de viviendas sociales en régimen de alquiler o la creación de un fondo de inversión soberano (al estilo noruego) que favorecería la acumulación de riqueza por parte del Estado, que actuaría tan solo como inversor financiero. 

Evidentemente un programa de este tipo suscitará automáticamente críticas tanto a sus consecuencias en términos de crecimiento económico como a su mera viabilidad. (Sir) Anthony Atkinson dedica mucho esfuerzo a intentar demostrar la viabilidad y la coherencia (incluyendo ejercicios de microsimulación) de sus propuestas llegando a dos conclusiones generales marcadas por el optimismo: si consideramos un contexto de mercados con competencia imperfecta y fallos de mercado (más cercano a la realidad) el crecimiento económico podría ser mayor y el coste de las propuestas no es quimérico. Ello no significa, como el autor reconoce, que las medidas no tengan costes y que, en algún caso, puedan existir dudas sobre sus efectos; pero el balance general sería positivo. 

En definitiva, debe resultar claro que el reto se antoja tan formidable como urgente. No en vano, algunas de las medidas forman ya parte del debate de actualidad (también en el caso español) y, aunque tímidamente, comienzan a formar parte de la realidad. En este punto es evidente que el tema adquiere un cariz político, pero ello debería también significar que está en manos de la sociedad el abordarlo y, en su caso, cambiarlo; ya que no es el resultado de fuerzas que escapan a su control. 

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