Política de COVID Cero y salud mental

Política de COVID Cero y salud mental

de Ariadna Garcia-Prado

Parece que, finalmente, el confinamiento estricto al que los habitantes de Shanghai han estado sometidos en los últimos dos meses como consecuencia de la política de “COVID Cero” adoptada por China, ha terminado la pasada semana. La mayor parte de la población de esta ciudad, unos 25 millones de habitantes, puede moverse ahora libremente. Atrás quedan las noticias sobre suicidios y otros trastornos de salud mental que han emergido como consecuencia de un confinamiento tan duro.

Según un estudio publicado en la revista Nature Medicine, no tomar medidas para evitar la expansión de la incidencia de COVID-19 en China habría generado 112 millones de casos y alrededor de un millón y medio de muertes, en un período de tan solo tres meses.  

La cuestión es si este tipo de confinamiento tan estricto es necesario y si no es posible implantar otras modalidades de confinamiento más suaves que frenen la expansión del virus sin generar problemas de salud mental. Es importante saber que, si bien la pandemia ha afectado a la salud física de millones de personas en el mundo, también ha tenido un impacto muy fuerte en la salud mental de la población. Está claro que tanto el miedo a contagiarse con el virus COVID-19 como las distintas medidas de confinamiento y distanciamiento social implementadas, así como las consecuencias económicas y laborales de la pandemia son factores relevantes.

En un artículo recientemente publicado en Economics and Human Biology, mis coautoras, Paula González y Yolanda Rebollo de la Universidad Pablo de Olavide, y yo, mostramos cómo el efecto causal del confinamiento estricto en 17 países europeos durante la primera ola de la pandemia empeoró la salud mental (insomnio, ansiedad y depresión) de los mayores de 50 años. En concreto, encontramos que un confinamiento estricto aumenta la incidencia de estos problemas en un 74,6%, 39,5% y 36,4%, respectivamente. Estos resultados se mantienen cuando controlamos por la exposición de cada individuo al coronavirus en su entorno cercano y por la tasa de letalidad por COVID en su país de residencia. 

Nuestro estudio también muestra que hay que tener en cuenta a los distintos grupos poblacionales cuando se imponen medidas de confinamiento. Es decir, no sirve la manida receta de “café con leche para todos”. Las mujeres son, claramente, las más perjudicadas en nuestra muestra. El mecanismo que explica esto es que son ellas las que se relacionaban en persona con más frecuencia antes de que comenzase la pandemia y el subsiguiente confinamiento.  Pero también son perjudicados por el confinamiento los individuos en el grupo de edad de 50 a 65 años y aquellos que tenían buena salud antes de la pandemia. Esto indica que quizás sea más recomendable confinar solo a los mayores de 65 años, cuya salud mental se ve menos perjudicada según nuestros resultados, y a aquellos que ya tenían mala salud antes de la pandemia y son más vulnerables a los efectos del virus.  Esto podría contrarrestar, como señala el trabajo de Acemoglu y otros (2021), los efectos negativos que confinar a toda la población tiene sobre la economía y sobre la salud mental.

Sin embargo, también es importante explorar qué medidas de las aplicadas durante el confinamiento son más efectivas para reducir la transmisión del virus sin causar el deterioro de la salud mental de la población. Esto lo abordamos en otro estudio que estamos realizando con datos de 27 países europeos, de nuevo para población mayor de 50 años.  Nuestros resultados indican que las medidas que más afectan a la salud mental de la población son la política de estar en casa y la del cierre del lugar de trabajo, mientras que las medidas que consisten en cerrar el transporte público y restringir los viajes domésticos e internacionales no parecen perjudicar la salud mental de esta población. Esto es relevante porque estudios publicados en Science y Nature muestran que el efecto adicional en la reducción de la transmisión del virus de la política de estar en casa es pequeño en comparación al efecto de otras políticas como el cierre de negocios que implica la atención personal, o la restricción de reuniones a menos de 10 personas. 

En conclusión, las políticas de confinamiento se deben aplicar solo a ciertos grupos de la población y, además, es aconsejable aplicar únicamente aquellas que siendo efectivas para frenar el contagio no comprometan demasiado la salud mental. En cualquier caso, cualquiera de estas medidas debería venir acompañada del apoyo de servicios de salud mental, presenciales o mediante “call centers” o “tele-therapy”. No sin razón la Organización Mundial de la Salud ha llamado la atención sobre la necesidad de reforzar los servicios de salud mental. Algo a priorizar, sin duda.

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