Contra los ‘colapsólogos’

Contra los ‘colapsólogos’

Algunos parecen estar empeñados en desencadenar el estado de ánimo que nos conduzca por fin al colapso de la economía y del sistema de bienestar de nuestra sociedad. El riesgo de que se convierta en una profecía autorrealizada es alto si tenemos en cuenta las sacudidas a las que hemos sido sometidos en lo que va de siglo XXI (el 11-S, la Gran Depresión y la Covid-19) y de los retos colectivos que tenemos por delante (la transición energética y la brecha de la desigualdad). El fin de la civilización está al alcance de nuestras manos, expresan con fruición estos panfletistas de salón. 

Y algunos se están forrando al proclamar que el colapso definitivo ya está aquí, mientras otros muchos no verán mejorar su suerte. Las Siete Trompetas Apocalípticas tocan a rebato mientras campea un gran negocio. Como género literario y audiovisual, la distopía se convirtió, desde el siglo XIX y sobre todo en el XX, en un producto cultural de masas que ha generado un mercado multimillonario y comportamientos adictivos. También sirvió para desmoralizar a los votantes que confiaron en fórmulas desintegradoras de la economía de mercado y de la democracia. En 1933 y en 2021 también. 

En realidad, las situaciones de crisis siempre han generado expectativas de incertidumbre y de miedo en las sociedades modernas. Las complejidades que definen las conductas han sido explicadas por economistas, sociólogos e historiadores. Pero con escaso éxito, me temo. El pesimismo y la angustia existencial que parecen haber acelerado la Gran Pandemia están facilitando que a una parte de la población le resulten creíbles los vaticinios basados en falsedades o, siendo generosos con los profesionales del colapso y la disrupción, medio verdades creadas mezclando y manipulando datos, intuiciones y soflamas propagadas por los media como si eso de la responsabilidad social fuese un atributo que no va con ellos. Lo importante es mantener altos los índices de audiencia y seguir facturando por publicidad. Además, la utopía siempre ha sido aburrida. 

Y entre los economistas algunos no se privan de la barra libre. Apuestan por una inflación que acabará en estanflación, pronostican que las cadenas de valor se han roto irremisiblemente, que los fondos Next Generation solo propiciarán despilfarro y corrupción, que los planes de la administración Biden naufragarán… Mientras alzan como ganadores del caos al nuevo zar de Rusia que cabalga victorioso a lomos de unos precios estratosféricos del gas siberiano. Demasiado ruido. 

Afortunadamente otros economistas explican que la realidad es otra, aunque esté cargada de dificultades. Los gobiernos están en marcha, los organismos multilaterales desempeñan sus funciones, la Unión Europea está desplegando el mayor paquete financiero de su historia con objetivos bien trazados, las pymes y las grandes empresas resuelven los desajustes de oferta y demanda para recuperar la eficacia de la cadena de valor, sindicatos y patronales buscan puntos de acuerdo. Pero los moralistas del colapso no descansan. El siguiente paso es alentar un comportamiento irracional que mute la profecía ‘falsa’ en ‘verdadera’.

Así, por ejemplo, nada hará más feliz a los quirománticos que provocar una acción de masas más propia de la Inglaterra del siglo XVIII o de los países pobres en el siglo XXI. Subidas rápidas e inesperadas del precio de las subsistencias que desataban agravios y respuestas violentas contra las instituciones que no supieron prever la catástrofe. Como si fuésemos una sociedad preindustrial en la que se nos trata como menores de edad. En su análisis sobre la “economía moral” de la multitud, E.P. Thompson rescataba una sentencia de la cultura popular británica: “Al que acapare el trigo el pueblo lo maldecirá; mas la bendición recaerá sobre quien lo venda”. Así que vaciemos supermercados, ferreterías y gasolineras (en ordenada y, de momento, educada cola). Que se cisque el bien común. Algunos acumularán beneficios extraordinarios.

Es la cara B de nuestra inmersión en las redes sociales que, al tiempo que nos entretienen, alientan la desinformación para condicionar opciones electorales y divulgar estados de ánimo tan dañinos. El diletante distópico (de derechas o de izquierdas) actúa de pirómano, sin sentirse responsable de nada y de nadie. Destruir es fácil y rentable. Siempre detrás de un ‘colapsólogo’ se esconde un reaccionario.

Construir exige un comportamiento más complejo, argumentos, consensos y tiempo. Por todo ello, alzo mi voz contra los ‘colapsólogos’. A favor del sentido común.

  1. Joseba, excelente y original Post.
    Una pregunta: los que profetizan el final del Capitalismo, ¿también son colapsólogos?
    De momento, para bien o para mal, no han acertado mucho.

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  2. Su post no aporta argumentos objetivos que permitan evaluar su crítica a los colapsologos. Esta vd convencido simplemente de que no tienen la razón empírica de su parte, sin aportar nada de la suya, quedando su post en un desahogo y canto a la esperanza de un futuro despejado de colapsos. Un desahogo, y una fe redentora en gobiernos e instituciones que no supieron preveer entre otras la última crisis financiera global. No auguran mucha confianza. Por el contrario desencadenan, las políticas de gobiernos e instituciones, el estado de ánimo que nos puede conducir al colapso de la economía y del sistema de bienestar de nuestra sociedad. Construir exige un comportamiento más complejo, argumentos, consensos y tiempo. Tambíen redactar un post. Quizás en otro momento pueda vd.aportarlos.

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