¿África nuclear? Imperativos económicos y geopolítica

¿África nuclear? Imperativos económicos y geopolítica

Algunos países africanos han decidido construir centrales nucleares. En pleno debate sobre la próxima transición energética, Marruecos, Ghana, Nigeria, Níger, Egipto, Sudán y Kenia, entre otros, han comenzado a desplegar un programa atómico con el que, en un futuro no muy lejano, puedan contar con un suministro seguro de electricidad que haga sostenible el desarrollo económico que los sacará de la pobreza. La Agencia Internacional de la Energía Atómica (la IAEA), con matices, lo ve con buenos ojos: es una “opción atractiva” para “un desarrollo sólido” a largo plazo. Los negocios nucleares se plantean para cien años de actividad. Así que basta con la asesoría de los organismos internacionales del átomo y de los grandes consorcios industriales de Estados Unidos, China y Rusia para diseñar un programa y conseguir la financiación de la que sigue siendo una de las infraestructuras más complejas y caras en el siglo XXI.  Después bastará con enchufarlo a la red.

¿De verdad África está preparada para la energía nuclear? ¿Está justificado este clima de euforia? La historia económica, empresarial y financiera de la energía nuclear demuestra que estos megaproyectos solo fueron viables en una minoría de países (las 475 centrales se erigieron en 32 de los 200 países del mundo). Por lo visto, construir y operar una planta atómica en condiciones de seguridad no está al alcance de cualquier economía.

¿Cuáles son las principales enseñanzas del pasado? Que los factores económicos y de política económica determinaron la viabilidad de la opción nuclear en un contexto geopolítico tan singular como el de la Guerra Fría. A partir de 1960 la industria atómica de los Estados Unidos y la de la Unión Soviética estuvieron en condiciones de exportar reactores nucleares a algunos de sus aliados a un lado y otro del Telón de Acero. Según las multinacionales norteamericanas, los países receptores de esa tecnología debían cumplir al menos 4 condiciones: 1) contar con un nivel de desarrollo científico, industrial y empresarial suficientes para asumir esa transferencia de know how; 2) disponer de un sistema eléctrico de alta y baja tensión capaz de distribuir a los hogares, las empresas y los servicios la potencia eléctrica que se produjese; 3) garantizar una estabilidad política y macroeconómica que otorgase seguridad en la gestión de esa infraestructura energética; y 4) una solvencia financiera que sostuviese los compromisos en el mercado internacional de capitales. 

Es decir, el programa resultaba muy exigente, aunque Washington, de Eisenhower a Carter (1953-1979), ejerció una diplomacia económica muy favorable a las exportaciones nucleares de su gran industria (Westinghouse y General Electric) a los “países amigos” (España, Japón, Sudáfrica, Corea del Sur y los de la Comunidad Europea, entre otros), ligada a la ayuda financiera que facilitaba la banca pública estadounidense a través del Exim Bank. No obstante, las inversiones y la deuda habían sido tan gigantescas que en los años ochenta hubo una cadena de ‘defaults’ de las grandes eléctricas a ambos lados del Atlántico. El Estado, con distintas fórmulas acudió al rescate, mientras los accidentes en centrales nucleares en 1979 y 1986 acrecentaron los costes financieros y el rechazo popular a una energía de esa naturaleza. Sí, es cierto, la nuclear sigue hoy aportando un 20 por ciento de la electricidad en los países productores y no genera CO2. Pero a qué precio. Seguimos sin resolver qué hacemos con los residuos radioactivos durante los próximos mil años.

Del proyecto soviético sabemos menos. El Estado fue el gran promotor, dotándose de una industria muy especializada y dando facilidades crediticias a los países satélite. Y mientras se desmoronaba la URSS abrazada a Chernobyl y la industria norteamericana se replegaba, China irrumpió en los años 1990 como nuevo jugador en el mercado global de energía electronuclear. Rusia y China ocupan hoy la posición de EEUU en el mercado mundial de reactores y son quienes hacen ofertas aparentemente imbatibles a las economías emergentes. De hecho, la estrategia de Rusia en el siglo XXI contiene algunos rasgos que recuerdan a la era del optimismo nuclear norteamericano. Rosatom es el gran conglomerado industrial y empresarial ruso de esta energía que se formó bajo mandato del soviet. En la actualidad, su plan de internacionalización se orienta a exportar plantas atómicas a quien las quiera adquirir. Son todo facilidades: junto a los reactores y el combustible ofrece la ingeniería altamente especializada y la cobertura de todas las necesidades financieras. La empresa pública China National Nuclear Corporation hace algo parecido y a cambio se asegura minerales estratégicos para las necesidades globales del gigante asiático. Recordemos que es un negocio para un siglo (al menos).

Volvamos a África. Cualquier aspirante a resolver los problemas del desarrollo deberá tener muy en cuenta el dilema energético de cada uno de sus países. El crecimiento demográfico y urbano (los 1.200 millones de africanos serán más de 2.000 millones en 2050) alimenta los modelos que predicen una demanda de crecimiento exponencial de energía. Sin energía eléctrica no habrá industrialización, el otro mantra del futuro africano. ¿Qué economía africana tiene estómago suficiente para dirigir un proyecto nuclear? A priori me atrevería a sostener que ninguna de las aspirantes cumple los 4 requisitos que hemos señalado más arriba (por más que Nigeria se haya convertido en la primera economía del continente o que Ghana crezca a cifras del ‘milagro’ asiático).

Es verdad que en los últimos 20 años muchos países subsaharianos han dado un paso de gigante en el acceso de la población a la electricidad. Sin embargo, el desarrollo de las redes de distribución sigue por detrás. La propia OIEA recomienda que la capacidad de la red sea diez veces la capacidad de la central nuclear planificada. La estabilidad política y macroeconómica no es la norma ni siquiera con gobiernos autoritarios. La solvencia financiera está en cuestión a no ser que las materias primas actúen como garantía. Y las dudas sobre la fortaleza industrial y empresarial para gestionar un ecosistema que integre seguridad, protección radiológica y medioambiental y el manejo de los residuos son bastante más razonables. El gobierno africano que aspire seriamente a un proyecto nuclear deberá calibrar cada uno de estos factores que, me temo, solo valida la geopolítica de un mundo de nuevo bipolar. 

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