Economía y muertes por desesperación

Economía y muertes por desesperación

Este curso que ahora cerramos, en la asignatura de Pensamiento Económico en la Universidad Pública de Navarra hemos discutido con nuestros alumnos, entre otras, la obra ‘Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo’ de los catedráticos de economía en la universidad de Princeton  Anne Case y Angus Deaton (Premio Nobel en 2015). La premisa del libro es que el capitalismo ha dejado de funcionar para una parte importante de la clase trabajadora estadounidense, especialmente para los hombres blancos de mediana edad. La observación de Case y Deaton para la economía norteamericana está relacionada con un concepto que utilizamos mucho en economía -aunque generalmente en otros contextos: las expectativas racionales

Las expectativas racionales teorizan que los individuos (como otros agentes económicos) estimamos el valor que las variables económicas tendrán en el futuro utilizando la información y la experiencia que tenemos disponible, aunque esta sea incompleta e imperfecta. ¿Y qué pasa cuando toda la información disponible señala a que las cosas van a ir a peor? ¿cuando millones de personas ven cómo sus aspiraciones no se cumplen como esperaban? ¿Cómo afecta esto a los agentes económicos? ¿Soportamos todos de igual manera ese fracaso esperado? ¿Tiene repercusiones realmente observables? 

El trabajo de Case y Deaton demuestra que sí, que la frustración de las expectativas económicas tiene efectos reales sobre la vida de los estadounidenses. Si tradicionalmente las minorías raciales (negros, hispanos) protagonizaban todos los indicadores de desigualdad y pobreza, en las dos últimas décadas las muertes «por desesperación» debidas a sobredosis de droga, suicidios o enfermedades relacionadas con el alcohol han aumentado de manera drástica entre los trabajadores blancos. En concreto, casi la mitad de las muertes entre los hombres blancos entre los 25 y 40 años son atribuibles a suicidio en los Estados Unidos. A lo largo y ancho del país, fallece más gente por las llamadas “muertes por desesperación” —suicidio, sobredosis y enfermedad hepática alcohólica— que en cualquier otro momento de la historia registrada. Case y Deaton argumentan que para estos varones el mercado laboral se ha vuelto más duro, con salarios estancados especialmente para aquellos que no alcanzan a poder pagarse estudios universitarios (que están fuera del alcance de los bolsillos de una mayoría de los ciudadanos del país). 

Para complicar aún más las cosas, la mayoría de los seguros médicos en Estados Unidos están ligados a tener un empleo en un sistema sanitario que no deja de encarecerse (y que es uno de los más costosos e ineficaces del mundo industrializado). Todo ello somete a un estado de ansiedad sobrevenido a los estadounidenses que es el caldo de cultivo para el abuso de opiáceos y alcohol que asola a la sociedad norteamericana. Como resultado, muchos millones de personas acabaron como «zombis que recorrían las calles de unas ciudades que en el pasado habían sido prósperas». Personas cuyas vidas se habían venido abajo. 

Aunque Case y Deaton concluyen que la magnitud de las muertes por desesperación «es un reflejo de políticas y circunstancias específicamente estadounidenses», no puedo dejar de preguntarme si, salvando las diferencias, en Europa o en España también existe una relación entre el estado de la economía y la salud mental tan drástico. Es un tema complejo de abordar, pero una primera aproximación en base a los datos de suicidios del INE desde 2013 a 2019 desvela varias cosas sobre las que merecería la pena reflexionar. 

Primera, la tasa de suicidios de los hombres y de las mujeres son sustancialmente diferentes. Aunque entre los más jóvenes son similares, entre los 25 y los 50 años la brecha se abre considerablemente y después de la jubilación se dispara en el caso de los hombres. En segundo lugar, si nos concentramos en los grupos de edad que interesan a Case y Deaton, los hombres de mediana edad, tradicionalmente considerados cabeza de familia, entre los 30 y los 55 años se observa un incremento en la tasa de suicidio masculina que se sitúa entre 3 y 4 veces por encima de la femenina. Por último, la evolución temporal es también interesante. Si bien la tasa de desempleo masculina descendió de manera continua desde 2013 y 2019, los hombres entre 40 y 50 años han tendido a ser un porcentaje creciente de los varones en paro pese a la mejora del dato general y son también el grupo con las tasas de suicidios más altas de entre los que están en edad laboral. De manera más general, los dos años con peores tasas de suicidios entre los hombres de 45 a 50 se dan precisamente en 2013 y 2014, los dos años con los datos de desempleo más altos de esta serie. También en España, el estado de la economía parece tener un reflejo en el estado mental -al menos de los hombres. 

Si bien nuestro sistema sanitario no tiene nada que ver con el de los Estados Unidos, también es cierto, que una de las cosas que la pandemia ha demostrado palmariamente es que la salud mental es la gran olvidada del sistema sanitario español. Los problemas de salud física, el aislamiento, la falta de contacto social, la dificultad en la conciliación con la vida personal, los cambios de hábitos, los problemas laborales, etc. continuarán pasando factura a la salud mental de la población cuando la pandemia haya sido vencida por las vacunas. Tal vez no sea una observación casual que una mayoría de los hombres que este año han asesinado a sus parejas se hayan suicidado a su vez. Quizás mejorar la atención a la salud mental de los españoles pudiera evitar, también aquí, las muertes por desesperación.

Un comentario

  1. Me ha gustado mucho el artículo Mar, es evidente que la salud mental brilla por su ausencia en nuestro sistema de salud, y que solamente la gente que se lo puede permitir está teneidno una asistencia psicológica adecuada. Simplemente me gustaría hacer una pequeña reflexión. La variable del género en este asunto es clave para entender el tema. Más allá de las expectativas económicas, el mandato de género asociado a la masculinidad hegemónica (ser el male breadwinner, el cabeza de familia, masculinidad asociada al éxito profesional, éxito en la esfera pública, dominio de los hombres…) es sin duda un lastre que influye negativamente y que da como resultado (junto con otras cosas) esos suicidios. Sin embargo, me parece peligroso asociarlo con el tema de la violencia machista. Como se dice desde la teoría e investigación feminista, los hombres que asesinan a sus parejas no son enfermos mentales, son hijos sanos del patriarcado. Asesinan por machismo, y se suicidan por machismo, porque cuando las matan su vida deja de tener sentido; ya no pueden dominar a la mujer, que es lo que les hacía sentirse importantes; es una cuestión de poder, no de enfermedad mental. Lo que si que es cierto es que seguramente un hombre machista que se siente fracasado por no cumplir con las expectativas sociales/profesionales tenderá a afirmar su poder en el ámbito privado por medio de la violencia. 

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: