¿Condenados a la desigualdad?

¿Condenados a la desigualdad?

de Héctor García Montero

En los últimos años el estudio de la desigualdad económica ha suscitado creciente atención, traspasando los límites del debate académico para insertarse en la escena del debate público. Sirvan de ejemplo entradas anteriores de este mismo blog (aquí y aquí).

Los historiadores económicos no han sido ajenos a estos debates y, especialmente en la última década, han comenzado a acumular creciente evidencia sobre las grandes tendencias seguidas por la desigualdad desde una perspectiva plurisecular. 

¿Qué estamos aprendiendo de dichas aportaciones? Si bien lo sucedido en los siglos XIX y XX ya nos era, al menos en sus grandes trazos, conocido, las grandes tendencias seguidas por la desigualdad en el mundo preindustrial, más allá de ciertas hipótesis, no lo eran. En este sentido, la evidencia sobre tablas sociales, distribución del ingreso, distribución factorial de la renta, precios relativos y, sobre todo, distribución de la riqueza (véase un reciente estado de la cuestión aquí), parece apuntar en una dirección clara: una tendencia plurisecular al incremento de la desigualdad en Europa, al menos ya desde la Baja Edad Media. Tendencia que solo se habría revertido temporalmente en ciertos periodos como consecuencia de epidemias, guerras y revoluciones, siendo el caso más evidente el de la Europa posterior a la Peste Negra de mediados del siglo XIV, y a la que habrían escapado pocos territorios. 

Gráfico 1. Porcentaje de la riqueza total poseída por el 10% más rico, Europa 1300-1800

 

Por tanto, no solo sería el capitalismo, según la tesis de Piketty, el que, a partir del siglo XIX, en ausencia de restricciones, habría conducido inevitablemente a una mayor desigualdad, sino que el mero crecimiento económico u otros factores -en periodos de ausencia de crecimiento económico o incluso en coincidencia con él- habrían llevado en el muy largo plazo a una mayor desigualdad económica. 

Si, como parece claro, el nacimiento de la desigualdad económica en las sociedades humanas fue en gran medida resultado del surgimiento tras la Revolución Neolítica del excedente productivo y de instituciones como la propiedad, la herencia o los primeros protoestados, entonces el desarrollo de dichas instituciones y el crecimiento económico habrían llevado aparejado necesariamente un incremento, al menos potencial, de la desigualdad. Como han señalado de forma precisa Milanovic, Lindert y Williamson (aquí y aquí), el crecimiento económico amplía el margen de la desigualdad posible en una determinada sociedad, la frontera de posibilidades de desigualdad, definida como el máximo nivel de desigualdad factible compatible con un nivel mínimo de renta que permita la supervivencia de los miembros de dicha sociedad. Al mismo tiempo, la ratio de extracción de la desigualdad, calculado como la ratio entre el máximo Gini posible y el Gini real, marcaría qué parte de ese máximo Gini potencial es efectivamente extraído en forma de desigualdad.

En definitiva, debe resultar claro que una cosa es el límite potencial máximo que puede alcanzar la desigualdad en el seno de una sociedad y otra bien distinta su plasmación real. La cual puede depender de cuestiones sociales, políticas e incluso religiosas, antropológicas y culturales, que trascienden lo estrictamente económico. 

En el caso mejor estudiado, el de Europa occidental durante la Edad Moderna, se debate actualmente acerca las causas que podrían explicar la tendencia a una desigualdad creciente. El primer candidato, el crecimiento económico, parece descartado como causa única y general al encontrarse territorios -caso de distintas zonas de Italia o de Flandes- en los que el aumento de la inequidad se produjo en ausencia -e incluso caída- de crecimiento. Por las mismas razones cabe descartar el crecimiento demográfico, al no existir evidencia empírica de una conexión automática entre crecimiento demográfico y mayor desigualdad.

Por tanto, siguiendo el esquema teórico propuesto por Milanovic et al., las causas -u otras causas- deben buscarse en la ratio de extracción. En este sentido, se ha apuntado a la progresiva concentración del poder político y al desarrollo de los “estados fiscales militares”, en respuesta a la creciente y costosa competencia militar entre los estados europeos, como impulsores de la inequidad. “Estados fiscales” que habrían prosperado gracias a un fuerte incremento de la presión fiscal -en algunos casos de hasta seis o siete veces en la Edad Moderna-, obtenido a través de sistemas fiscales regresivos y cuyos posibles beneficios habrían sido desigualmente distribuidos en beneficio de las élites. Al mismo tiempo, otra posible explicación, no necesariamente discordante, podría venir del esquema planteado por Piketty -aplicable según el autor incluso al mundo preindustrial-, en el que basta que r (la tasa de retorno del capital) sea superior a g (la tasa de crecimiento del producto), independientemente de sus niveles, para que la desigualdad crezca.

En definitiva, a la luz de la evidencia descrita, cabría preguntarse si la desigualdad económica es una condena -evidentemente en el caso de que se considere que la desigualdad importa- consustancial a la evolución de la economía y las sociedades humanas desde hace milenios. Si atendemos tanto a la teoría económica como a la evidencia histórica, cabe de nuevo subrayar que una cosa es el grado potencial de desigualdad que puede albergar una sociedad y otra muy distinta su plasmación real. Y esta última no depende tanto de factores económicos como de otros de tipo sociológico, político, cultural, etc. La experiencia del siglo XX ofrece cierto margen para el optimismo puesto que, incluso quienes defienden que la gran caída de la desigualdad se debió sobre todo a los efectos de ambas guerras mundiales y a las consecuencias de la Gran Depresión, reconocen también la importancia que tuvieron, al menos en ciertas fases, la política económica o la extensión de la educación. 

En otras palabras, incluso aunque se acepte que la desigualdad pueda seguir una tendencia natural creciente en ausencia de catástrofes o esté sujeta a olas kuznetsianas con orígenes y duraciones más o menos inciertas, es la sociedad quien tiene -y de forma consciente, en una sociedad verdaderamente democrática, debe tener– siempre la última palabra acerca de qué niveles de desigualdad económica y de extracción son aceptables y, en su caso, qué medidas se deben tomar para alcanzar dichos niveles.

  1. Gracias Héctor. Muy interesante post que muestra cómo el Estado puede ser más que la solución a la injusta (el adjetivo es muy importante) desigualdad, parte fundamental de su causa. Esto me lleva a que una definición plausible de capitalismo podría ser: libre mercado + estado. El mercado asigna recursos y el estado se asegura mediante la prescripción de las normas o “reglas del juego”, el favor del capital. Los estatistas deberían tomar nota.

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    • Gracias por tu comentario, Jorge. Estoy de acuerdo con lo que planteas, efectivamente el estado puede ser también causa o, al menos actuar como promotor, de la desigualdad económica (justa o injusta). Es una de las hipótesis que explicarían lo sucedido en la Europa Moderna. Ejemplo sencillo: un estado gobernado por élites extractivas, con un sistema fiscal regresivo y con un gasto público cuya orientación refuerza la desigualdad preexistente.
      Sin embargo, es evidente que también puede actuar en el sentido contrario y ser, al menos en parte, la “solución” al incremento o los altos niveles de desigualdad.

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    • En mi texto solo me hago eco de una de las hipótesis que se han planteado como potencialmente explicativas. La obra de Piketty ha generado toda una literatura, tanto favorable como crítica, debatiendo, entre otros temas, sobre la famosa relación “r>g”. Reconozco no estar completamente al tanto de dicho debate, así que espero con ansia tu “post” al respecto.

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  2. Definitivamente el último párrafo lo dice todo: la sociedad es quién debe de tener la última palabra sobre la distribución y redistribución de las rentas.
    Queda por aclarar que la sociedad no es un todo homogéneo, que la distribución de rentas y de poder de diferentes grupos sociales determina cómo reacciona la “sociedad” frente a la desigualdad creciente.

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