Déjà vu: la crisis económica vuelve a golpear a las mujeres

Déjà vu: la crisis económica vuelve a golpear a las mujeres

de Miren Epalza Roncal

La aplicación de la perspectiva de género y de los postulados de la economía feminista en las investigaciones sobre las crisis económicas de los últimos cien años coinciden en señalar que la tendencia general es que tengan como consecuencia un aumento de la desigualdad de género (junto con otras). Concretamente, señalan tres pautas históricas que, a pesar de las diferencias evidentes entre unas y otras, se repiten: la primera es que de éstas se suele salir con una intensificación del trabajo de las mujeres, remunerado, pero sobre todo no remunerado; la segunda es que el empleo femenino tarda más tiempo en recuperarse y suele acabar más precarizado de lo que ya estaba; y la última, la constatación de retrocesos en los avances en igualdad.

Esta crisis que estamos viviendo como consecuencia de la pandemia de la Covid-19, aunque reciente, ya apunta a una continuidad en estas pautas. Sin tener la perspectiva temporal ni todos los datos necesarios, podemos avanzar en algunas ideas, teniendo en cuenta que esta recesión presenta unas especificidades concretas como son las medidas adoptadas para afrontar la emergencia sanitaria (como el decreto del Estado de Alarma) o el aumento del teletrabajo.

Con un mercado de trabajo fuertemente segregado y sexuado, las mujeres españolas se han visto abocadas, por un lado, a una sobrecarga del trabajo sanitario y de servicios: son mayoría en la primera línea que enfrenta al virus, como el sector sanitario (el 51% son doctoras y el 84% enfermeras), en farmacia (72%), en psicología (82%) o en el personal que trabaja en las terriblemente castigadas residencias de personas mayores y dependientes (85%). También son ellas las que en mayor medida han seguido atendiendo esos trabajos considerados esenciales: tenderas de los pequeños comercios de alimentación, cajeras, limpiadoras de los hospitales. Y por supuesto, prácticamente todas las trabajadoras del hogar y de cuidados son mujeres.

A su vez, y debido a esa misma segregación, las mujeres han tenido más presencia en sectores obligados al cierre (hostelería, comercio), que precisamente tardarán más tiempo en recuperarse los próximos meses, o en aquellos con posibilidad de teletrabajar (educación, administración pública, actividades administrativas, etc.). En sectores fuertemente masculinizados como la industria, la construcción o suministro energético difícilmente se puede optar por esta modalidad de trabajo.

Es precisamente este último elemento, una novedad respecto a anteriores crisis. El teletrabajo, presentado como la panacea de la conciliación, solo funciona para situaciones excepcionales y específicas (enfermedad puntual de algún familiar, recogida de la escuela de hijas e hijos en horario diferente al habitual, etc.) y no en un contexto de cierre de escuelas, guarderías o centros de día de mayores. No es difícil de adivinar que en una sociedad en la que la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados recae sobre ellas, y ante la falta de una verdadera corresponsabilidad paritaria por parte de los hombres, éstas hayan visto aumentado el tiempo que dedican a estos trabajos.  ‹‹Variable de ajuste del ciclo económico››, ‹‹factor equilibrante››, ‹‹factor de competitividad›› o ‹‹proveedoras de última instancia››. Diferentes nombres para nombrar una misma realidad: que las familias, y dentro de ellas las mujeres, actúan como colchón del sistema económico para que todo lo demás continúe funcionando, más en tiempos de inestabilidad. Y el futuro se presenta incierto ante anuncios como el de reducir ratios en aulas y establecer un modelo escolar mixto ‘online’ y presencial a partir de septiembre.

Con todo lo dicho, y teniendo en cuenta que la precariedad laboral tiene rostro de mujer (mayores tasas de desempleo, parcialidad o temporalidad, entre otros), las primeros datos apuntan a que esta precariedad no hará sino profundizarse los próximos meses. Y se cebará con los sectores más vulnerables, como son las trabajadoras del hogar y de cuidados, mujeres migrantes en su mayoría, muchas de ellas trabajando sin contrato, y las que lo tienen, incluidas en el Régimen Especial de Trabajadoras del Hogar, entre otras cosas, sin derecho a la prestación por desempleo. Una anomalía legal que incumple el convenio 189 de la OIT sobre derechos de las trabajadoras del hogar, tratado no ratificado, por cierto, por España.

Por último, en cuanto a los posibles retrocesos en los avances en igualdad, solo mencionar un dato escalofriante: las llamadas al 016 contra la violencia machista han aumentado un 60% en abril respecto al año pasado.

La Gran Recesión, pero sobre todo, las políticas aplicadas para salir de la misma, tuvieron efectos devastadores en los sectores más vulnerables de la sociedad, como es el caso de las mujeres. Los primeros meses de ésta nueva provocada por la Covid-19 pareciesen llevarnos de nuevo a ese abismo. Pero es precisamente en el terreno de las medidas y políticas a adoptar en el que podemos tener una oportunidad. Y permitidme ponerle un apellido, histórica, en tanto en cuanto podríamos romper la pauta repetida en las crisis económicas de los últimos cien años.

Esta emergencia sanitaria y sus consecuencias económicas y sociales han puesto en la agenda pública algunos temas que no se podrán eludir: la organización social del trabajo doméstico y de cuidados (especialmente el sistema de cuidados a las personas mayores), los problemas de conciliación, las consecuencias de la privatización de ciertos servicios, la responsabilidad del Estado/hombres/empresas en el cuidado, la precarización de sectores y trabajos esenciales, el uso del tiempo y las desigualdades que éste conlleva… Tenemos las herramientas suficientes para que desde una perspectiva interseccional que analice los impactos de género, de clase, de edad, ecológicas, etc. que puedan tener las medidas que se adopten, no ahondemos más en las desigualdades y podamos salir de esta crisis sin dejar a nadie atrás.

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