La política no cualifica para la gestión

La política no cualifica para la gestión

En mi último artículo denunciaba la precaria separación de poderes existente en España. Normalmente, la opinión pública manifiesta su preocupación por la creciente intromisión del poder ejecutivo sobre el judicial, mientras a nadie parece importarle demasiado que el legislativo dependa, hasta tal punto del gobierno de turno, que resulte verdaderamente difícil establecer los límites entre uno y otro.

Esta confusión entre estos dos poderes del Estado tiene otra consecuencia que se está haciendo desgraciadamente manifiesta en estos tiempos terribles del coronavirus. Me refiero a la extendida creencia de que la cualificación requerida para ser representante público en el legislativo es equivalente a la requerida para ser gestor público en el ejecutivo.

Los parlamentarios tienen la honorabilísima responsabilidad de representar la soberanía nacional. La Constitución española les asigna de forma explícita tres tareas: legislar, aprobar los presupuestos, y controlar al Gobierno. A través de las dos primeras, el legislativo tiene la responsabilidad de marcar la acción política al Gobierno, a través de la tercera, obviamente, controlar que no se desvíe de dicha acción.

“Me refiero a la extendida creencia de que la cualificación requerida para ser “representante público” en el legislativo es equivalente a la requerida para ser “gestor público” en el ejecutivo.”

Para poder representar al pueblo se requiere una cualificación muy difícil de alcanzar. Esta cualificación consiste en desarrollar una sensibilidad especial para detectar los problemas de la gente, sus frustraciones y ambiciones, sus alegrías y descontentos, ser capaz de plantear iniciativas para mejorar la cosas, liderar movimientos para denunciar las injusticias y los errores, saber hablar, negociar, entusiasmar y convencer.  Cualidades que claramente se manifiestan en discursos antológicos estudiados y memorizados en las más prestigiosas escuelas de oratoria. Todas estas aptitudes cualifican a los políticos para desarrollar las competencias que la Constitución les otorga en el legislativo, pero no lo hacen, en absoluto, para desarrollar su trabajo como gestores públicos, a no ser que tengan una experiencia y formación previa.

Llevo 30 años dando clase en la Universidad en el ámbito de la gestión empresarial. En titulaciones como la actual Administración y Dirección de Empresas (ADE) los estudiantes dedican 4 años de su vida a formarse en economía, finanzas, fiscalidad, contabilidad, logística, producción, estrategia, exportación, marketing, econometría y un largo etcétera de materias que les capacitarán en el futuro para gestionar y dirigir todo tipo de empresas, organizaciones, o instituciones. Aunque al terminar saben mucho más de lo que creen, todos los profesores pensamos que será la experiencia de muchos años la que los convertirá en verdaderos ejecutivos.

Existen también directivos brillantísimos que alcanzaron la excelencia sin haber recibido una formación universitaria específica, fruto de su experiencia empresarial y, sin duda, de un esfuerzo titánico. Sea como fuere, detrás de un gestor de prestigio, igual que detrás de un médico, abogado, profesor, o ingeniero que haya destacado en su profesión, hay años de experiencia y de esfuerzo por dominar todo el conocimiento, en muchas ocasiones, altamente complejo, necesario para poder enfrentarse a los retos de su actividad.

Aunque parezca una obviedad, haber destacado en el mundo de la medicina no capacita para la ingeniería, ni haber sido un buen abogado, capacita para ser piloto de aviación. Sintiéndolo mucho, ser un destacado activista, representante sindical, o diputado, no cualifica para ser un buen gestor. La gestión, pública o privada, es una profesión, una profesión compleja que requiere conocimientos, metodologías, análisis, y conceptos que no se adquieren, como en un Pentecostés onírico, con la toma de posesión de una cartera ministerial.

España tiene 47 millones de habitantes. Entre ellos existen cientos de ingenieros con una gran formación y experiencia en gestión de obras públicas, cientos de médicos con experiencia y formación en gestión de la salud pública, cientos de juristas con experiencia y formación en gestión del sistema judicial, cientos de diplomáticos con experiencia y formación en gestión internacional, cientos de militares con experiencia y formación en gestión de las fuerzas armadas. Cientos, miles de profesionales altamente cualificados capaces de enfrentarse, desde el primer día, a una crisis, o a lo que haga falta, y superarla con éxito.

“¿Qué empresa contrataría como directivo a alguien sin experiencia y compensaría sus carencias con nuevas contrataciones de decenas de asesores que le indicaran en todo momento lo que debe hacer y cómo hacerlo?”

Sé que muchos pensarán que los ministros, consejeros, secretarios de estado, o cualquier otro cargo del ejecutivo de libre designación, no tienen por qué ser expertos en gestión ya que su principal labor no es técnica sino política. No puedo discrepar más. La labor del ejecutivo es, o debería ser, gestionar las políticas marcadas por el legislativo, de la misma manera que la del Gerente de una empresa es desarrollar la estrategia marcada por el Consejo de Administración. En cualquier caso ¿qué empresa contrataría como directivo a alguien sin experiencia y compensaría sus carencias con nuevas contrataciones de decenas de asesores que le indicaran en todo momento lo que debe hacer y cómo hacerlo?

Uno podría pensar que todas estas divagaciones son innecesarias ya que los presidentes designados por los distintos órganos legislativos del país elegirán para sus equipos a los profesionales con mayor experiencia en gestión en sus respectivas materias. Las carencias que, en este sentido, se observan en el actual Gobierno de España, y nuestra dramática situación en el ranking internacional del coronavirus, invitan a la reflexión sobre la necesidad de exigir una capacitación mínima en gestión a los principales responsables del poder ejecutivo del Estado.

  1. Me parece un asunto muy interesante aunque de difícil solución.¿Qué se podría plantear?, ¿Un gobierno de Patricios?,¿un gobierno de tecnócratas?. No lo sé Juan. Por otro lado, la exigencia de una “titulación en gestión pública” nos hubieran privado de personas que, sin tenerla, han sido grandes líderes -o al menos, así nos lo han vendido-. Finalmente, respecto del asunto de los asesores, me gustaría romper una lanza en favor del funcionariado, al cual se le supone capacidad técnica, lealtad al poder establecido y deber de guardar secreto.
    Lo dicho Juan. Un asunto muy interesante.

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    • Muchas gracias por el comentario. El término Patricio tiene una cierta connotación de clase, de cuna, y el de tecnócrata de profesional ajeno a cualquier ideología. Mi planteamiento es mucho más simple. Elegir para el ejecutivo a profesionales brillantes por su carrera, no por su familia, y de ideología afín al Gobierno de turno. Muchas veces, como ocurre en la situación actual, la velocidad en la respuesta es clave para resolver el problema. Para imponer una respuesta rápida y dolorosa en un consejo es necesaria la convicción de la experiencia. Es un ejemplo de situación donde el asesoramiento frente a la convicción puede naufragar.

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  2. Muchas gracias por el comentario. El término Patricio tiene una cierta connotación de clase, de cuna, y el de tecnócrata el de profesional ajeno a cualquier ideología. Mi planteamiento es mucho más simple. Elegir para el ejecutivo a profesionales brillantes por su carrera, no por su familia, y de ideología afín al Gobierno de turno. Muchas veces, como ocurre en la situación actual, la velocidad en la respuesta es clave para resolver el problema. Para imponer una respuesta rápida y dolorosa en un consejo es necesaria la convicción de la experiencia. Es ahí donde el asesoramiento frente a la convicción puede naufragar.

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    • Te doy la razón pero, si algún día se publican, me gustará leer las actas -si es que existen-, de esos Comités científicos, o como quiera que se llamen. Te voy a dar un detalle. El día 24 de Febrero, yo me hice con máscaras FFP3 (ahora sabemos todos un montón de eso) y gel desinfectante. Yo, un tipo que no tiene ni idea de medicina, ni por supuesto de pandemias. Las compré en España porque en esa fecha todavía se encontraban. Entonces, me gustará saber qué decían los profesionales y técnicos en aquella fecha sobre esa “gripe” que se nos venía encima. De todas formas Juan, yo soy bastante pesimista: en este tiempo que nos ha tocado vivir, de trending topic, de hastag, en el que conceptos profundos se resumen en unos pocos caracteres y que solo buscan, a mi juicio, el aborregamiento de la sociedad, la discrepancia -necesaria sea en un sentido o en otro-, hubiera caído en saco roto.

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  3. Juan, has dado en uno de los clavos, no solo del problema actual de la epidemia del coronavirus, sino de las democracia en general. Y lo has explicado muy bien. Aunque no sabemos qué habría pasado si el actual Ministro de Sanidad, Salvador Illa, tuviese experiencia en gestión de la salud pública, es evidente pensar que esa experiencia le habría capacitado mucho mejor para gestionar la salud pública. Además, aunque evidentemente se necesitan asesores para un cargo de tanta responsabilidad, esa experiencia ayuda a elegirlos mejor, y como bien dices, a liderarlos. Y no solo eso, la experiencia proporciona autoridad moral frente a los profesionales del sector, a los demás partidos políticos y a la ciudadanía en general. Y también, no menos importante, tiene una función de ejemplaridad de cara a los jóvenes que se están haciendo un esfuerzo en formarse adecuadamente y a la sociedad en general.

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  4. Muchas gracias Javier. Efectivamente nunca sabremos lo que habría ocurrido
    con un gobierno preparado en España. Sí sabemos lo que ha ocurrido en
    otros países y su posición en el ranking. Me reitero en mi creencia de que
    en ocasiones críticas los asesores pueden no ser suficientes. Seguramente
    cualquiera puede defender una postura en un Consejo si no hay problema. Se
    expone, se aprueba y adelante. Pero en una crisis en la que hace falta rapidez en la respuesta y
    tomar una decisión arriesgada, es difícil que pueda defenderla con
    argumentos sólidos ante otros ministros quien se acaba de enterar de dicha
    medida. Cómo vas a dar un puñetazo en la mesa para defender algo que
    conoces con alfileres?

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