A propósito del Brexit

A propósito del Brexit

¡Otra prórroga para el Brexit! Faltando muy pocos días para la fecha límite acordada entre el Reino Unido y la Unión Europea (31 de octubre), ayer lunes me enteré de que no hay acuerdo para el Brexit y el deadline nuevamente se retrasa… Ahora al 31 de enero de 2020.

Así que pensé que era una buena ocasión para recordar las consecuencias que podría tener la consumación del Brexit. Y volví a leer a los economistas explicando cómo el libre comercio de bienes y servicios en igualdad de condiciones, junto con la libertad de movimientos de trabajadores y capitales, favorecen el progreso económico y el bienestar social. Y a rememorar cómo la especialización de las empresas en aquellas actividades productivas en las que existe una ventaja comparativa les hace más eficientes y pueden ofrecer productos a los consumidores de mayor calidad y a menor precio. Y a preguntarme, ¿por qué frenar el libre mercado? El proteccionismo frente al comercio internacional (por ejemplo, con un arancel) sólo favorece a dos tipos de agentes económicos: los productores poco competitivos que eliminan a sus rivales extranjeros y el Estado que recauda el valor monetario del arancel.

“…la especialización de las empresas en aquellas actividades productivas en las que existe una ventaja comparativa les hace más eficientes y pueden ofrecer productos a los consumidores de mayor calidad y a menor precio.”

Y ahí estaba dándole vueltas al motivo por el que el Reino Unido (o los EE.UU., que también) desean retomar políticas proteccionistas, cuando llegué al capítulo del libro de Comercio Internacional de Paul Krugman (premio Nobel de Economía en 2008) en el que se explica el comportamiento de mercados caracterizados por economías de escala externas. Son industrias en las que se consigue reducir el coste medio de producción al aumentar la cantidad producida. Las empresas conforman un cluster industrial con ventajas de localización y de especialización a la hora de conseguir proveedores de materias primas o de componentes intermedios. En muchas ocasiones estos proveedores se sitúan geográficamente muy próximos al cluster para aprovecharse de la cercanía y de la inmediatez en el servicio. Si la industria se consolida, se generan oportunidades para atraer el talento de trabajadores cualificados y de nuevas ideas de emprendedores. Todo ello redunda en una continua mejora de productividad y una reducción de los costes de producción. La competencia interna entre las empresas del cluster les lleva a bajar el precio aprovechando la reducción de los costes unitarios de producción. Con la apertura al mercado internacional el cluster podría crecer todavía más gracias a la exportación y la reducción adicional del coste unitario de producción y del precio de venta. Y se consiguen ventas a gran escala por todo el mundo. Todo esto nos debería resultar bastante familiar en la era de la globalización, y podemos pensar en regiones industriales punteras o ejemplos paradigmáticos como Silicon Valley en EE.UU. o la región de Hong-Kong en China. También nos ayuda a explicar por qué baja el precio de los ordenadores, pantalones vaqueros, raquetas de tenis, etc., a pesar de que la demanda crece sin parar y suele mejorar la calidad del producto.

“…tanto las teorías convencionales (y algo desfasadas) como aquellas más modernas que recogen la realidad del mundo globalizado nos explican por qué el comercio internacional […] es una buena idea para la gente.”

Nos enfrentamos a un resultado sorprendente: una relación de signo negativo entre la cantidad producida y el precio de venta. ¡La curva de oferta en estos mercados tiene pendiente negativa![1] La teoría económica convencional (y la que se enseña actualmente en las universidades) explica el equilibrio de mercado en el cruce entre una oferta que recoge una cantidad creciente con el precio y una demanda que disminuye su cantidad cuando crece el precios. ¿Se acabó el paradigma clásico de la economía? El comportamiento de oferta de muchas de las industrias del siglo XXI, operando en un mercado global, choca con el diseño tradicional del equilibrio de mercado. Fue el economista británico Alfred Marshall (1842-1924), quien a comienzos del siglo XX popularizó en sus “Principios de Economía” la determinación del equilibrio de mercado como la intersección entre la oferta (pendiente positiva) y la demanda (pendiente negativa). Sin embargo, el mundo real muestra economías de escala en las que un aumento de la demanda no hace que suba el precio de equilibrio sino que provoca una bajada por la caída de los costes unitarios. Y esto hace atractiva la idea de abrir los clusters industriales al mercado exterior. La entrada de la demanda extranjera podrá permitir un incremento de las ventas y un aumento del tamaño de la industria (con más empresas y mayor producción por empresa). El precio será todavía más competitivo con una ganancia de bienestar tanto para los consumidores locales como para los del resto del mundo.

Bueno, al final, por lo menos hay coincidencia en el resultado: tanto las teorías convencionales (y algo desfasadas) como aquellas más modernas que recogen la realidad del mundo globalizado nos explican por qué el comercio internacional (diseñado de manera justa para ambas partes) es una buena idea para la gente. A pesar del Brexit o de Donald Trump. A ver si se enteran.


[1] Otra anomalía para los supuestos de la teoría económica convencional son los bienes Giffen, que presentan una curva de demanda con pendiente positiva. Como ya describió Alfred Marshall a finales del siglo XIX (recogiendo los escritos del escocés Robert Giffen), se han observado situaciones en las que determinados bienes básicos para la subsistencia (alimentos como el pan, el arroz o la patata) aumentan su consumo coincidiendo con un aumento de su precio en un contexto de restricciones presupuestarias severas. Esto se debe a que familias de renta baja (o sociedades en su conjunto afectadas por la pobreza, la escasez o la hambruna) pueden llegar a decidir centrar una buena parte de su alimentación en el bien Giffen cuando sube de precio y abstenerse de consumir otros productos alimenticios (como carne o pescado) por ser más prescindibles o todavía más caros que el bien Giffen.

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