Ante la incertidumbre, hagamos lo que depende de nosotros

Ante la incertidumbre, hagamos lo que depende de nosotros

La economía española mantiene su trayectoria expansiva aunque algunos escenarios de riesgo se están materializando. Los aranceles impuestos por la administración Trump a los productos europeos y las consecuencias del Brexit son amenazas reconocibles para nuestro crecimiento. Todo lo anterior comienza a repercutir sobre las expectativas de las empresas que anticipan dificultades y disminuyen sus inversiones. Pese a ello, el escenario de reducidos tipos de interés, disminución del endeudamiento privado, fuertes estímulos públicos y ajuste competitivo de las empresas, perdura. Los servicios se mantienen, la industria empeora. Pero nuestras expectativas y crecimiento dependen no sólo de un Brexit más o menos irracional o de la política comercial de Estados Unidos sino también de cómo reaccionamos ante un mundo cada vez más volátil e incierto. Si las empresas mejoran su competitividad, hay oportunidad para sostener la expansión.

La capacidad de una empresa para competir está determinada, de un lado, por la disposición a pagar que manifiestan los compradores por sus productos y, de otro, por sus costes de producción. La oferta competitiva de una empresa se confronta con la de otras en el mercado y se obtienen unos resultados que estarán relacionados con la fortaleza  de cada empresa en términos de valor creado. Ni el valor percibido por los consumidores, asociado con la calidad de los productos y que se traduce en su disposición a pagar por ellos, ni el coste, cada uno por separado, determinan la competitividad de una empresa, sino que es la diferencia entre ambos, lo que hace su oferta más o menos atractiva. Por eso, el diagnóstico de competitividad de las empresas españolas consiste en reconocer su capacidad de crear riqueza suficiente, en competencia, con la que crean las empresas rivales.

“…nuestras expectativas y crecimiento dependen no sólo de un Brexit más o menos irracional o de la política comercial de Estados Unidos sino también de cómo reaccionamos…”

Los costes de producción se explican en función de los precios de los recursos y de la tecnología. El valor percibido por los compradores es el reflejo de la medida en que el producto satisface sus necesidades y depende de la innovación, calidad, diseño y marketing. Sea cual sea el resultado final de la contención de costes que se ha hecho en España a través de rebajar salarios, es inevitable pensar también en formas de reforzar la orientación innovadora de las empresas para aumentar la disposición a pagar por sus productos. En la discusión sobre la ventaja competitiva de las empresas españolas tan importante es reflexionar sobre los factores de coste, como sobre los  de creación de valor. La evidencia disponible sobre las empresas industriales nos indica lo siguiente:

– Entre las empresas españolas predomina en exceso la orientación a la eficiencia, bajos costes, advirtiéndose un déficit de empresas que consiguen diferenciarse e innovar. Hay un grupo significativo de empresas innovadoras pero para el tamaño de nuestra economía, éste no es suficientemente grande.

– La gestión descansa, en gran medida, en sistemas jerárquicos diseñados para ejercer un fuerte control y disciplina sobre el trabajo que exige la eficiencia.

– Las relaciones laborales están dominadas por la desconfianza. Empresarios y sindicatos siguen ocupados en una negociación colectiva que pone el énfasis en los salarios y la jornada de trabajo y la agenda de negociación deja fuera aspectos relevantes como la formación, la información, la trasparencia y la participación.

– Los trabajadores se perciben por las direcciones de las empresas como un recurso que hay que administrar y un coste que hay que reducir, en lugar de un recurso que aporta valor.

– El gobierno de la empresa se define en sus procedimientos, composición y estructura para defender los intereses exclusivos de los accionistas.

Estas características de muchas empresas españolas, las alejan de los rasgos que se han destacado para describir a las empresas más innovadoras y competitivas del mundo. Si deseamos que el valor de los productos de las empresas españolas pese más que en el pasado, hay que introducir cambios en la gestión de las organizaciones. La orientación al cliente y la diferenciación requiere que los trabajadores hagan su trabajo pensando en cómo satisfacer las expectativas de consumidores y proveedores y para ello es preciso sustituir la organización jerárquica por otra centrada en procesos que ofrezca más voz y responsabilidad a los empleados; la mejora continua exige capacidad de adaptación, flexibilidad, polivalencia y personas formadas. En suma, hay que avanzar hacia la construcción de un proyecto colectivo compartido entre los principales colectivos de la empresa, si se desea mejorar su posición competitiva. Si nos movemos en esa dirección, encontraremos un espacio propio independientemente de los efectos del Brexit o de la irracionalidad de Trump. Por lo menos, hagamos lo que depende de nosotros para mejorar la competitividad y bienestar de nuestra sociedad.

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