Ética empresarial de ayer y hoy

Ética empresarial de ayer y hoy

El otro día, debatiendo en clase sobre ética en los negocios, me sorprendió que la mayoría de mis alumnos señalasen que, en la actualidad, las grandes empresas controlan como nunca a los gobiernos, lo que les permitía actuar con total impunidad. Aunque intenté argumentar que la sociedad había avanzado mucho en el control de la actividad empresarial, la clase terminó y me fui a mi despacho con un cierto sentimiento de derrota; no porque piense que no se dan todos los días actuaciones empresariales más que reprobables, sino por observar un convencimiento generalizado de que nunca las cosas habían estado tan mal y que estábamos viviendo en el peor de los tiempos. Con el fin de cargarme de argumentos para la próxima clase, decidí buscar algunos ejemplos que pusieran de relieve que las cosas podrían estar mucho peor que ahora. De hecho lo estuvieron.

La Compañía Británica de las Indias Orientales fue creada en Londres en 1599 con el propósito de dedicarse al comercio con los principales países asiáticos. En la primera mitad del siglo XIX, la gran demanda de té, porcelana, y seda por parte de la opulenta sociedad inglesa desequilibró tremendamente la balanza comercial con China. La ingeniosa solución al problema consistió en equilibrarla vendiéndoles el opio producido en otros lugares bajo su influencia, como el Imperio Otomano, Persia, y la India. Ante el alarmante y desenfrenado consumo de opio y sus efectos devastadores sobre la juventud china, el Emperador Daoguang ordenó atajar el problema e impedir la entrada de opio en el país. La respuesta del Imperio Británico fue fulminante. Le declaró la guerra a China y, tras vencerle, le obligó a dejar las cosas como estaban. Según algunos historiadores, las Guerras del Opio causaron la muerte de 60 millones de chinos.

Ante el alarmante y desenfrenado consumo de opio y sus efectos devastadores sobre la juventud china, el Emperador Daoguang ordenó atajar el problema e impedir la entrada de opio en el país. La respuesta del Imperio Británico fue fulminante. Le declaró la guerra.

La Sociedad de Amberes de Comercio del Congo y la Compañía Anglo-Belga del Caucho fueron creadas en Bélgica a finales del siglo XIX. Su principal objetivo era dedicarse a la extracción y comercialización de recursos naturales del Congo. Su mayor accionista era Leopoldo II de Bélgica. En el año 1897 los beneficios por la venta de caucho convirtieron al rey en el hombre más rico de Europa. Pero éste no fue el único ámbito en el que destacó el monarca. La brutalidad empleada sobre los congoleños para explotarlos en sus compañías fue de tal calibre que le llevó a alcanzar el dudoso honor de convertirse en el cuarto mayor genocida de la historia, siendo responsable de la muerte de 15 millones de congoleños, sólo por detrás de Mao Zedong (78), Stalin (23), y Hitler (17).

Son dos ejemplos brutales ante los que la opinión pública de la época no reaccionó y cuyos responsables gozaron hasta el final, no sólo de sus riquezas, sino de un gran prestigio social.

En enero de 2018 la cadena de moda sueca H&M mostró en su página de ventas on-line a un niño negro anunciando una sudadera con una inscripción que decía: Coolest monkey in the jungle (El mono más guay de la selva). La reacción en Sudáfrica no se hizo esperar. Las redes empezaron a arder y algunas asociaciones antirracistas decidieron pasar a la acción, llegando a cargar contra algunos establecimientos. El escándalo fue de tal magnitud que H&M se vio obligada a cerrar temporalmente todas sus tiendas en el país.

H&M mostró en su página de ventas on-line a un niño negro anunciando una sudadera con una inscripción que decía: Coolest monkey in the jungle (El mono más guay de la selva). La reacción en Sudáfrica no se hizo esperar.

Unos meses después, en noviembre de 2018, Dolce&Gabbana publicó un video en su portal chino para promocionar un desfile en el que mostraba a una modelo oriental que se esforzaba en comer pizzas con un par de palillos. Los internautas chinos denunciaron que el anuncio ridiculizaba a la modelo y, por extensión, a la cultura china.Las protestas en la red, el anunciado boicot, y la retirada de la marca de los principales portales de venta on-line del país pusieron en jaque a la compañía, obligándoles a reaccionar pidiendo todo tipo de excusas, declarando su amor a la cultura china,  y manifestando su firme promesa de que nunca volvería a ocurrir.

Aunque no se trata más que de unos ejemplos, la reacción tan antagónica de la opinión pública en ambos periodos pone de manifiesto un cambio profundo en cuestiones de ética empresarial.  A todos nos resulta hoy absolutamente intolerable que una empresa decida utilizar un mensaje racista en una campaña publicitaria. Gracias a esta mayor sensibilidad, las empresas se han visto obligadas a reaccionar. En una sociedad en la que todo el mundo lleva un móvil en el bolsillo, cualquier práctica reprobable puede ser grabada y convertirse en viral en cuestión de minutos, pudiendo comprometer muy seriamente la supervivencia de una compañía. Sea por la razón que sea, es de justicia reconocer que el control establecido por las propias empresas ha reducido enormemente la realización de conductas censurables desde un punto de vista moral.

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