La montaña del hambre y los presupuestos

La montaña del hambre y los presupuestos

Nunca olvidaré el primer día de clase de la asignatura Estructura Económica. Era octubre de 1981, comenzaba mi segundo año de carrera, y recuerdo que el profesor decidió iniciar el curso leyendo un párrafo de uno de los manuales recomendados: Estructura Económica: teoría básica y economía mundial de José Luis Sampedro y Rafael Martínez Cortiña, publicado en 1969. El citado párrafo decía que, de la misma manera que un peregrino se fija en una montaña o en el campanario de una iglesia como referente para guiar sus pasos hacia su destino, el indicador que debe guiar a los economistas en todas sus actuaciones es la lucha contra el hambre. A partir de este texto un grupo de economistas ha hablado de la supresión de la montaña del hambre como el referente de toda actuación.

Las palabras de Sampedro abrieron mi mente, y mi curiosidad, hacia un enfoque de mi carrera completamente distinto. Tras estudiar en el curso anterior que el comportamiento egoísta de los agentes económicos llevaba al conjunto de la sociedad a una asignación eficiente de los recursos, el enfoque humanista de Sampedro me resultó bastante reconfortante.

“…de la misma manera que un peregrino se fija en una montaña o en el campanario de una iglesia como referentes para guiar sus pasos hacia su destino, el indicador que debe guiar a los economistas en todas sus actuaciones es la lucha contra el hambre.”

En aquel año, 1981, cuarenta millones de personas murieron en el mundo víctimas del hambre, cerca del uno por ciento del total de la población. Cincuenta y dos premios Nobel firmaron ese año un manifiesto en el que denunciaban esta situación, llegando a calificarla como un holocausto anual. Según el Banco Mundial, en 1981, el 42% de la población del planeta vivía en la pobreza extrema y padecía malnutrición.

Las últimas estimaciones de la ONU indican que este porcentaje ha descendido a un 12%, lo cual indiscutiblemente supone un gran avance, pero ese 12% implica que cerca de 815 millones de personas, algo más de una de cada nueve, no disponen de los alimentos necesarios para llevar una vida sana que les permita trabajar. De hecho, el hambre es el principal riesgo para la salud mundial, superando al sida, la malaria y la tuberculosis juntos. Se estima que en 2017 más de 3 millones de niños  murieron por desnutrición.

Tres millones de niños se murieron de hambre en un mundo con un desarrollo tecnológico exponencial y en el que, de acuerdo con las últimas estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, desde 1980 hasta hoy la obesidad se ha duplicado, alcanzando al 13% de la población adulta. Un 13% de obesos y un 12% pasando hambre. No parece que la asignación de los recursos esté resultando todo lo eficiente que cabría desear.

En 1980, la 34 Asamblea General de la Organización de la Naciones Unidas acordó que los países donantes, los 22 países más ricos, destinaran el 0,7 % de su producto nacional bruto a los países menos desarrollados con el objetivo de luchar contra su pobreza y endeudamiento.

Un estudio realizado en 2015 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, calculó que acabar con el hambre en 2030 requeriría una inversión total de 267.000 millones de dólares anuales, lo que equivale, más o menos, al 0,3% del PIB mundial.

Ese año, los estados miembros de Naciones Unidas aprobaron la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Los líderes de todo el mundo consideraron la erradicación del hambre y todas las formas de malnutrición como el objetivo número dos de dicha Agenda.

“…acabar con el hambre en 2030 requeriría una inversión total de 267.000 millones dólares anuales, lo que equivale, más o menos, al 0,3% del PIB mundial.”

Según los datos de este estudio, a España le correspondería aportar 3.900 millones de euros anuales, unos 84 euros por habitante. El proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2019 contempla una partida para Cooperación al Desarrollo de 664 millones de euros, alrededor de 14 euros por habitante.

Sé que muchas personas consideran que la personalización de los datos constituye una herramienta altamente demagógica, ya que los números lo aguantan todo, pero no me resisto a apuntar que, teniendo en cuenta que aproximadamente la mitad de lo que ganamos lo pagamos en impuestos, ¿quién se opondría a que el Gobierno destinara 70 euros de los impuestos que paga anualmente a acabar con el hambre en el mundo?

Un comentario

  1. Comparto su preocupación, y la que manifestaron los Profesores Martínez Cortiña y Sampedro, por el hambre y la miseria en el mundo. Hoy día existen recursos suficientes para que todos los ciudadanos del mundo tengan, al menos, una calidad digna de vida sin hambre ni miseria. La cooperación de España al desarrollo internacional es mayor de la que indica la “ayuda oficial al desarrollo” pues hay otros canales importantes de ayuda (ayuda de instituciones privadas, remesas de trabajadores inmigrantes a sus países de origen, comercio, turismo y otras formas de cooperación. Un interesante libro en este sentido es el “Handbook of the Economics of Foreign Aid”, que comentamos en la entrada 24 de nuestro Blog World Development:
    https://euroamericanassociation.blogspot.com/2016/01/selected-readings-2015-handbook-on.html

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