Esclavos del coche

Esclavos del coche

¿Cómo se ha desplazado al lugar desde dónde lee estas líneas? Si está en el trabajo, o en la universidad o si está usted de vuelta a casa, lo más probable es que usted se haya desplazado en un automóvil privadoPor afinar más, seguramente se trate de un vehículo de motor de combustión interna ya sea gasolina o diésel. No es mucho adivinar, puesto que los turismos privados conforman la mayor parte del parque de vehículos a motor en España, unos 10 millones de gasolina, algo más de 13 millones de diésel. También en Navarra, donde disponemos de 7 vehículos por cada diez habitantes, los diésel son mayoritarios, casi dos a uno (datos de 2017 de la DGT). Probablemente, el hecho de coger el coche con frecuencia no le suponga personalmente ningún dilema moral: simplemente ha elegido usted la opción que más bienestar le proporciona. Y sin embargo estamos ante un dilema moral de primer orden.

“…la factura médica de la contaminación de los coches es milmillonaria…”

Seguramente por eso el anuncio del proyecto de Ley de Cambio Climático que realizó el Gobierno central hace algunas semanas levantó tanto revuelo. El anteproyecto, cuyo primer borrador se dio a conocer el mes pasado establece que, a partir del año 2040, no se permitirá la matriculación y venta en España de turismos y vehículos comerciales ligeros con emisiones “directas” de dióxido de carbono (entre ellos todos los de diésel y de gasolina). En el año 2050 estaría prohibida la circulación de todos los turismos que emiten de forma directa dióxido de carbono. Además, el anteproyecto de Ley de Cambio Climático recoge la obligación de las ciudades a restringir el tráfico para reducir la contaminación en cuatro años. Estas limitaciones afectarán a todos los municipios de más de 50.000 habitantes, y aquellas que superen los 100.000 habitantes, como es el caso de Pamplona, tendrán que entregar al Ministerio de Transición Ecológica un Plan de Energía y Clima en el año 2021 en el que establezcan qué medidas van a adoptar para reducir las emisiones contaminantes y facilitar un entorno más sostenible. Son propuestas similares a la de otros países de nuestro entorno:  Reino Unido  y Francia prohibirán la venta de coches diésel y gasolina en 2040 y en el año 2050 ya no podrán circular; Dinamarca, Irlanda, Alemania y Holanda pretenden lograrlo en 2030 y Noruega (el país con mayor número de coches eléctricos a día de hoy) en 2025. De forma que la señal para los fabricantes de automóviles no proviene sólo desde España, aunque algunos gobiernos regionales, como el balear, ya ha anunciado que prohibirá los diésel en las islas en la próxima década.

“Los combustibles fósiles seguirán siendo una alternativa económicamente atractiva durante mucho tiempo, pero su uso ha comenzado a ser moralmente cuestionable…”

¿Seremos capaces de dejar atrás nuestros vehículos de combustión interna? Muchas de las críticas a la ley han venido de los costes económicos de sustituir los vehículos de gasolina o diésel. Y también del hecho de que la legislación se adelante a los medios tecnológicos disponibles: se argumenta, con razón, que los coches eléctricos no son hoy todavía una alternativa equivalente a nuestros coches tradicionales. Pero no podemos seguir como hasta ahora. Los costes presentes y futuros son inasumibles. Según los investigadores Cristina Linares y Julio Díaz, el 3% de la mortalidad anual en España es atribuible a esta contaminación atmosférica, esta mortalidad equivale cada año a unas ocho veces la producida por accidentes de tráfico. Un informe de la Alianza Europea para la Salud Pública (EPHA, en sus siglas en inglés) señala que la factura médica de la contaminación de los coches es milmillonaria: tratar las enfermedades relacionadas con la polución atmosférica causada por el tráfico le cuesta a España más de 3.600 millones de euros al año. Las ciudades sólo ocupan el 2% de la superficie terrestre, pero consumen dos tercios de la energía mundial y generan el 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Son por tanto las ciudades un elemento crucial para cambiar el modelo energético. Pero no podrá hacerse sin intervención de los poderes públicos. Una de las grandes contribuciones del economista Amartya Sen ha sido la introducción del concepto de simpatía, es decir, de interdependencia, en las decisiones de los individuos que lleva a concluir que las guías del beneficio y el bienestar individual no proporcionan soluciones satisfactorias a los dilemas éticos.

Por ello creo que el abandono de los combustibles fósiles será de orden moral, no económico. Pensemos que los combustibles fósiles son una manera de poder extraer trabajo a expensas de otros, como lo fue en su día la esclavitud, salvando las distancias. La abolición de la esclavitud clásica (la moderna sigue existiendo) se produjo progresivamente en el siglo XIX, tras milenios siendo utilizada en los cinco continentes, no porque hubiera dejado de ser económicamente rentable (lo seguía siendo como demostraron los historiadores económicos Fogel y Engerman) sino porque la sociedad admitió finalmente que era moralmente inaceptable. Los combustibles fósiles seguirán siendo una alternativa económicamente atractiva durante mucho tiempo, pero su uso ha comenzado a ser moralmente cuestionable para una parte creciente de las sociedades modernas. Tal vez, haya esperanza.

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  1. Pingback: La ciencia y el vulgo « De qué vais? #LosEconomistas

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