Back to the future? Por un nuevo contrato social

Back to the future? Por un nuevo contrato social

Un fantasma recorre Europa, el nacional populismo. Ya casi nadie pone en duda que sobre los escombros de la Gran Recesión se alza la brecha de la desigualdad y que el “algo va mal” de 2008 ha mutado en un “algo va peor” diez años después. El riesgo para una Unión Europea, debilitada por el triple envite de la globalización, de la revolución tecnológica del mundo digital y del triunfo del liberalismo libertario, va en serio. Vivimos en un mundo desarrollado cargado de paradojas. Hemos sido capaces de mejorar los niveles de bienestar en zonas del planeta muy desfavorecidas, al mismo tiempo que grupos sociales de las economías más avanzadas han visto como sus expectativas se volvían más precarias e inseguras. El declive de las clases medias y trabajadoras en Occidente amenaza con socavar las bases de la democracia.

Por eso recientemente se han comenzado a escuchar voces que reclaman la necesidad de restaurar el pacto social que después de la Segunda Guerra Mundial fue la palanca de una de las mayores oleadas de prosperidad y de avance de la equidad en la historia contemporánea europea. Fue la que entre 1945 y 1980 combinó democracia, crecimiento económico y desarrollo social, el acuerdo entre empresarios y trabajadores para un reparto más equitativo de las ganancias mejorando los salarios reales, con un papel central del sector público proveyendo bienes y servicios (salud, educación, pensiones) financiados con un sistema fiscal progresivo. Al mismo tiempo se avanzaba en la apertura de fronteras y ampliación del mercado.

“El declive de las clases medias y trabajadoras en Occidente amenaza con socavar las bases de la democracia.”

¿Es esto posible en la Europa de 2018? ¿Seríamos capaces en la UE, y en particular en España, de actualizar ese pacto social arrumbado por la preeminencia del ideario liberal de los últimos treinta años? No lo sé, pero de lo que estoy convencido es de su necesidad a la vista del diagnóstico. La información elaborada por los historiadores económicos proporciona una cobertura muy significativa del PIB por habitante a escala planetaria y de cómo nos ha ido. Es fácil intuir que la trayectoria europea ha estado siempre bien por encima de la media mundial y que el auge de China y de las economías emergentes está suponiendo una pérdida del peso de la UE en el mundo. Veamos en el siguiente gráfico el caso de España en perspectiva de largo plazo (y que acaban de publicar Albert Carreras y Xavier Tafunell, dos colegas de la UPF).

Gráfico: PIB por habitante de España respecto al del Mundo (en %), 1850-2017

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Fuente: A. Carreras y X. Tafunell (2018). Entre el Imperio y la globalización. Historia económica de la España contemporánea. Barcelona, Crítica, p. 441

 

Nuestro país ha estado casi siempre por encima de la media mundial. Solo estuvo por debajo durante los años de la Guerra Civil y de 1940 a 1960. Esa brecha de veinte años tiene una especial potencia explicativa del atraso relativo español respecto al núcleo duro de la UE. Su huella persiste hasta hoy. Pese a lo cual, superados los niveles de preguerra en 1965, la economía española vivió 35 años extraordinarios. Este salto espectacular responde a dos causas. En primer lugar, aunque llegase tarde, la apertura progresiva de la economía española a la economía europea le permitió aprovechar al máximo las sucesivas oleadas de liberalización del comercio exterior y de los movimientos internacionales de capital y trabajo de la postguerra mundial.

Ese éxito macroeconómico se vertebró sobre la otra pieza del consenso de posguerra, el Estado de Bienestar. Al que no solo llegábamos con veinte años de retraso por efecto de la dictadura, sino que se hizo en medio de dos circunstancias adversas: una coyuntural, una crisis económica profunda (la del doble choque del petróleo) y otra que iba a ser estructural, la ofensiva contra el pacto socialdemócrata y democristiano de la posguerra y su deslegitimación desde los años ochenta hasta el presente. Es decir, el pacto social en España se aplicó de manera tardía e incompleta por el atraso acumulado en funciones de gasto social y en progresividad del sistema fiscal y en medio del giro copernicano según el cual había que jibarizar el Welfare. Pese a todo el impacto de ese contrato social fue muy positivo: contribuyó al ascenso del PIBpc español muy por encima de la media y activó el “ascensor social” como nunca en su historia.

Sin embargo, el éxito español se ha desvanecido desde 2001. Prosiguió la convergencia respecto a la Europa occidental, pero se fue agotando la posibilidad de seguir creciendo por encima del promedio mundial. Al contrario, la media del PIBpc mundial ha crecido netamente por encima del español desde antes de la depresión de 2008. ¿Qué ha sucedido? Carreras y Tafunell lo explican. La globalización ha sido muy contundente, ha significado la evaporación de las ventajas de todo tipo de la integración en el euro, y la gran recesión lo ha acelerado. Europa y España han perdido peso en un mercado mundial en el que hemos pasado a ocupar una posición muy periférica.

“Hoy somos una economía menos competitiva y una sociedad más desigual.”

Y al mismo tiempo que sucedía esto, se lesionaba el pacto social en un país que había llegado tarde a él, la otra pieza vertebral de la arquitectura de la Europa de postguerra. Antes de 2008 vivimos una juerga de rebajas fiscales mientras los salarios crecían por encima de la productividad. Después vino la caída: la crisis de la eurozona y el rescate de los bancos, las políticas de austeridad sobre bienes y servicios públicos básicos, el ajuste mediante la devaluación salarial, mientras la inversión en I+D+i se hundía irremisiblemente desde unos niveles que ya estaban en la cola de los países de la OCDE. En suma, globalización y recesión han supuesto un auténtico mazazo. Mirad de nuevo el Gráfico. El nivel de renta respecto a la media mundial de 2017 es casi el mismo que el que teníamos en 1986, el año en que la película Regreso al futuro se convirtió en un fenómeno internacional.

Hoy somos una economía menos competitiva y una sociedad más desigual. ¿Este declive es inexorable? ¿Se puede parar? ¿Cuál es la sostenibilidad de los avances realizados respecto al promedio mundial? ¿Cómo contrarrestar el ímpetu de los países emergentes que ha cambiado por completo el escenario?  Mi respuesta es poco original y, además, va en contra de las recomendaciones ortodoxas de la OCDE y del FMI. Recuperar el nivel perdido pasa por reescribir un nuevo contrato social en toda Europa que implique a gobiernos, empresarios y trabajadores, con más urgencia en los países de la periferia sur y del este, para lograr de nuevo el modelo europeo competitivo en lo económico y equilibrado en lo social. Claro está, que no se trata de volver a un pasado lejano de un país que (afortunadamente) ya no existe. Si no de reformular el esqueleto y la nervatura de unas reglas que fijen un reparto más equitativo de las ganancias del crecimiento económico y al mismo tiempo impulse la innovación tecnológica propia de las economías postindustriales.

¿Cómo se hace esto y con qué objetivos? Con más impuestos progresivos, más gasto productivo y más inversión social. Es lo que el filósofo de Harvard Michael J. Sandel califica de “solidaridad tributaria” y que conviene no confundir con dejarlo todo a la filantropía o la caridad de los que más tienen. Hay margen para subir los impuestos, hacerlos más eficientes en términos recaudatorios y más justos socialmente. Seguimos disfrutando de una presión fiscal muy inferior a la media de la UE. El incierto futuro podría serlo menos si convergiésemos al promedio europeo: esos 6 puntos de PIB por debajo de la carga tributaria europea equivalen a 70.000 millones de euros/año (una cifra algo inferior al coste del rescate de la banca durante la última crisis). Hasta la biblia del liberalismo, The Economist, reclama una vuelta al Welfare State para salvar al capitalismo. El reto es formidable. El cambio de paradigma, de producirse, requerirá del esfuerzo al menos de una generación. Pero nos jugamos el futuro en ello.


*Las ideas de este texto fueron presentadas en el Encuentro sobre “El mundo que viene” organizado por el Consejo Social de la Universidad Pública de Navarra el 17 de octubre de 2018.

  1. Es interesante el punto de vista que expones, y la solución por la que consideras que España ha de pasar para recuperarse. Ahora bien, estamos en un contexto en el que España es una pieza más de un conglomerado de países con intereses que no siempre van en la misma senda, la Unión Europea. Las decisiones que se pueden tomar aquí están supeditadas en gran medida a lo que se diga desde Bruselas. Por tanto, mi pregunta va por ahí: ¿hasta qué punto consideras que España es capaz de tomar este tipo de decisiones sin enfrentarse a los objetivos fijados (de inflación, déficit, deuda, recomendaciones/avisos/sanciones de la política monetaria del BCE…) desde Europa? ¿sería más eficaz que este tipo de medidas saliera de parte de cada Estado miembro, o que fuera una iniciativa marcada por Europa? ¿en qué medida afecta la existencia de una moneda común al margen de maniobra? En definitiva, me gustaría conocer tu punto de vista de hasta qué punto España se encuentra “atada”a lo que se decida en el viejo continente.

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  2. Gracias Joseba. Las receta socialdemócrata que nos propones es digna de consideración, pero también objeto de debate. Dinamarca ha gestionado muy bien su poderoso sector público, pero en España la cosa ofrece más dudas. Pero en concreto tengo dos preguntas:
    Una, qué significa “liberalismo libertario”? Sirve este pleonasmo para subrayar la connotación semántica negativa? Y dos, por una parte se achaca la crisis a la “preeminencia del ideario liberal” pero por otra, se achaca el crecimiento espectacular del período 1965-2000 a la ” liberalización del comercio exterior y de los movimientos internacionales de capital y trabajo”. Yo diría que aquí hay una contradicción ¿cierto? La libertad económica no puede ser a la vez héroe y villano, ¿o sí?

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