La desigualdad como decisión (política)

La desigualdad como decisión (política)

El lunes 21 de mayo hemos tenido el inmenso privilegio de recibir en la UPNA a Joseph Stiglitz. La semana pasada Jorge Nieto, en este mismo blog, se hacía eco de la larga trayectoria intelectual de Stiglitz y de las contribuciones que llevaron a que se le otorgara el premio nobel de economía en el año 2001.

Lo que nos ha contado en su visita a la UPNA, tiene más que ver con lo que han venido siendo las preocupaciones de Stiglitz en tiempos más recientes, los efectos del capitalismo y la globalización en la desigualdad, o lo que es lo mismo, la desigualdad como problema económico de primer orden. Un tema en el que entró de lleno con su libro de 2012 “El precio de la desigualdad”. Stiglitz nos ha explicado que parte de esa preocupación nace de sus propias vivencias. Nació y se crió en Gary, Indiana, a unos 40 km de Chicago, y fundada en 1906 por la United States Steel Corporation como enclave de su nueva fábrica, Gary Works. Llamada así por el nombre del abogado, presidente y fundador de la US Steel Elbert Henry Gary, la ciudad, vivió los años dorados del capitalismo durante las décadas de los 1950 y 1960, aunque el Nobel de Economía ha reconocido que no las recuerda como especialmente doradas. En los últimos 30 años Gary se ha enfrentado a un declive industrial salvaje puesto que, aunque produce la misma cantidad de acero que en sus mejores años, lo hace con solo una sexta parte de la mano de obra que empleaba históricamente.

“…el salario que recibe el trabajador medio se mantiene al mismo nivel en términos reales que hace 30 o 40 años tanto en los Estados Unidos…”

En un repaso de datos sobre todo estadounidenses, pero también europeos y españoles, Stiglitz ha mostrado como los ingresos del 90% más pobre de cada país se han mantenido prácticamente idénticos desde 1985 hasta hoy, mientras que los ingresos del 1% más rico, o lo que es peor de los super ricos (0.1%), se han multiplicado varias veces. En otras palabras, los pobres siguen siendo igual de pobres mientras que los ricos (y super ricos) lo son mucho más.

Esa brecha de desigualdad entre los más ricos y los más pobres, venía reduciéndose a lo largo del siglo veinte en los países industrializados, hasta comienzos de  la década de 1980s, lo que parecía confirmar la curva de Kuznets, hipótesis según la cual la desigualdad crecía en los inicios del proceso de desarrollo económico, para después reducirse en estadios avanzados de desarrollo económico. Nada indica que esté siendo así en el siglo veintiuno. Al contrario, el salario que recibe el trabajador medio se mantiene al mismo nivel en términos reales que hace 30 o 40 años tanto en los Estados Unidos, como en la mayoría de los países europeos. Y esto ha ocurrido pese a que la productividad del trabajo ha seguido aumentando, pero no se ha visto reflejada en los salarios sino que se ha capturado en forma de rentas (extractivas, de monopolio, de abuso de poder dominante, etc).  De hecho, la desigualdad es mucho mayor si lo que se compara es la riqueza en lugar del ingreso.

“…la desigualdad no deja de ser una mera decisión política.”

Pero lo que preocupa a Stiglitz no es tanto esa distancia en ingresos y en riqueza entre los de arriba y los de abajo, como la traducción que tiene en la desigualdad de oportunidades (de este tipo de desigualdad ya hablamos aquí). Y en concreto en la desigualdad en el acceso a educación y servicios de salud, que son las únicas herramientas que pueden evitar que la principal variable que determina la suerte en la vida de un individuo sea el nivel de renta de sus padres.

Sostiene Stiglitz que todos los países del mundo se han visto afectados de una u otra manera por los procesos de globalización y las fuerzas del capitalismo en los últimos cuarenta años. Pero sus efectos sobre la desigualdad y la pérdida de igualdad de oportunidades no han tenido la misma intensidad en todas las sociedades. En los países escandinavos los ingresos paternos prácticamente no determinan dónde se situarán los hijos en la escala social, mientras que en los EE.UU. esa es prácticamente la única variable que sirve para explicarlo. Si los efectos de la globalización y el capitalismo salvaje de captura de rentas no han tenido los mismos efectos en distintos lugares es, según Stiglitz, porque las decisiones de política económica han hecho que mientras unos países decidieron esforzarse en mantener la igualdad de oportunidades y de movilidad de sus ciudadanos, otros han decidido no hacer nada. Y en ese sentido, la desigualdad no deja de ser una mera decisión política.

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Partes cada vez mayores de las sociedades occidentales llevan 30 años sin percibir ningún beneficio tangible de la mejora de la economía, aunque han sufrido las consecuencias de los reveses económicos. La falta de expectativas, la pérdida de la fe en el futuro, se traducen también en el aumento de mensajes populistas entre las élites políticas que difícilmente pueden conducir a mejorar el funcionamiento de la economía.

Sin embargo, no debemos caer en el pesimismo. Stiglitz ha insistido en Pamplona que la desigualdad ni es inevitable ni es consecuencia de las leyes inexorables de la economía. Al contrario, nuestro presente y futuro dependerá de nuestras elecciones políticas en cuanto al contrato social de crecimiento y redistribución.

 

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