Retorno al bucle de la guerra nuclear

Retorno al bucle de la guerra nuclear

El que faltaba. Vladimir Putin se ha sumado a la puja exhibicionista de a ver quién tiene el misil atómico más grande. El cruce de amenazas y ensayos nucleares entre los otros dos populistas alfa debería preocuparnos tanto, o más, que las escaramuzas de guerra comercial. Lejos de causar alarma, la cuestión del peligro de “destrucción mutua asegurada” es despachada en la pantalla de los medios de comunicación como un ingrediente del delirio ideológico en que parece haberse instalado el siglo XXI. Y, sin embargo, la historia económica y tecnológica de la carrera de armamentos, nos advierte de que hay que tomársela en serio.

“Ya estáis los historiadores con lo de que el pasado explica el presente”, objetará alguno de mis colegas de campus. No, no se trata solo de eso. Es algo más que el manejo de datos y narrativa. Como nos enseñó Edward P. Thompson (1924-1993), uno de los más brillantes historiadores económicos de su generación, la conciencia histórica es la que ayuda a la comprensión de situaciones contemporáneas, confrontadas con la dialéctica entre “economía” y “valores”. El caso de la amenaza de guerra nuclear puede ilustrarlo.

Finalizada la Guerra Fría e iniciado el desmantelamiento de los arsenales atómicos de Estados Unidos y Rusia, un grupo de expertos puso algunas cifras al coste económico de los programas de armas nucleares. Entre 1940 y la caída del bloque soviético, la administración americana invirtió casi 5.500 billones de dólares de 1996 en lo que Eisenhower denominó el “complejo militar-industrial” atómico. Esa cifra es equivalente al 11 por ciento de todo el gasto del gobierno federal a lo largo de ese medio siglo y solo superada por el gasto en Defensa no nuclear ($13.200 billones) y en Seguridad Social ($7.900).

Extender este ejercicio al resto de grandes potencias nucleares (Unión Soviética, Reino Unido, Francia) mostraría el coste astronómico de la carrera de armamentos que, además, proyectó la sombra del Doomsday a varias generaciones de europeos, norteamericanos y asiáticos, mientras cientos de miles de ciudadanos estuvieron expuestos a los subproductos tóxicos y radiactivos de la producción de armas nucleares. Hablar del coste de oportunidad, en consecuencia, puede parecer un sarcasmo. Los ideólogos de la Guerra Fría siempre sostuvieron, no obstante, que el gasto atómico no fue una carga pesada para la economía, disuadió al enemigo y, además, la innovación tecnológica militar siempre acababa teniendo una derivada civil para el progreso social y la prosperidad económica. La tecnología punta nos purifica de la carga de la guerra.

“El cruce de amenazas y ensayos nucleares entre los otros dos populistas alfa debería preocuparnos tanto, o más, que las escaramuzas de guerra comercial.”

Esta visión fue contravenida después de 1945 por algunos de los científicos que construyeron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, fraguó en el Manifiesto de Bertrand Russell y Albert Einstein en 1955 y acabó articulando un movimiento internacional con argumentos técnicos y humanistas para lograr la abolición de las armas nucleares que perdura hasta nuestros días. De hecho, una de sus organizaciones recibió el Premio Nobel de la Paz en 2017. De economía se hablaba más bien poco en esos foros ante el riesgo de continuidad de la humanidad, mientras las relaciones exteriores acuñaban los términos, disuasión y no proliferación y los presupuestos a un lado y otro del Telón de Acero se multiplicaban.

El último gran episodio de este debate tuvo lugar en el primer mandato presidencial de Ronald Reagan, cuando anunció en 1983 su Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), el escudo anti-misiles conocido popularmente como Star Wars, un fantasma que sacudió a la Europa anterior a la caída del muro de Berlín. E.P. Thompson fue uno de los activistas más preclaros contra ese proyecto. Dejó en suspenso su proyecto de investigación y pasó cinco años dando más de 500 mítines y conferencias, visitando una veintena de países como emisario del movimiento por la paz y redactando manifiestos de agitación y artículos de opinión. Había que lograr el desarme nuclear completo para Europa.

Tuve la suerte de escuchar a Thompson en el campus de Bellaterra. He releído sus escritos de combate político estas últimas semanas, entrecruzándolos con sus libros sobre la historia económica, social y cultural del siglo XVIII británico. La Guerra de las Galaxias (1985), lejos del panfleto, es un ejemplo de análisis de un problema del presente a partir de la sensibilidad histórica para interpretarlo. Solo un historiador acostumbrado a identificar las fuentes de información es capaz de demostrar que detrás del proyecto estaban las grandes corporaciones estadounidenses de armas nucleares, las que habían crecido al calor del Proyecto Manhattan y del desafío de la Guerra Fría. Además, el discurso de Reagan anunciando la IDE resultó muy eficaz. Según Thompson, fue el propio de un gran comunicador que conectó con el público medio norteamericano, haciéndoles “sentirse patriotas y al mismo tiempo altruistas al gastar [de sus impuestos] miles de millones de dólares más en aventuras militares”. El proyecto resultó técnicamente inviable y económicamente un despilfarro. A Reagan le aseguró el segundo mandato.

Volvamos al presente. Trump y Kim se han citado para conocerse personalmente. Reagan y Gorbachov también lo hicieron, aunque no se habían insultado antes. Cualquier día de estos nos despertaremos con un tuit anaranjado que proclame “las guerras nucleares son bonitas y fáciles de ganar”. Vaya papeleta para nuestros gobernantes y, sobre todo, para nuestras conciencias.

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