Sobre drogas, sin prejuicios

Sobre drogas, sin prejuicios

Cuarenta años después de que Nixon decretara la guerra contra las drogas, debemos reconocer que esta lucha ha fracasado. Existen muchos datos que evidencian este fracaso. Según las estimaciones de Naciones Unidas, en 1998 el volumen de opiáceos consumidos era de 12,9 millones de toneladas mientras que en 2008 fue de 17,35 millones, lo cual representa un aumento del 34,5%. En el caso de la cocaína, el consumo pasó de 13,4 millones a 17 millones con un aumento del 27%, mientras que en el caso del cannabis el aumento es del 8%, desde 147,4 hasta 160 millones.

Los inmensos recursos destinados a la criminalización de los productores, traficantes y consumidores de drogas han fracasado en el intento de reducir la oferta o la demanda. Solamente en los Estados Unidos, el presupuesto anual de la agencia contra la droga (DEA) fue de 10 mil millones de dólares en 2011. El gasto total entre 1971 y 2011 fue de más de 50.000 millones. Y estos son solamente costes explícitos. Los costes implícitos, como el de la violencia y del crimen organizado, el de las personas encarceladas, y el de la pobreza inducida, son cifras astronómicas.

Desde el punto de vista de la teoría económica, estos datos tienen una explicación bastante razonable según Gary Becker, Nobel de Economía. La represión reduce la oferta y por lo tanto eleva el precio. Pero la demanda es bastante inelástica, o sea que la reducción de la cantidad es pequeña y en cambio el aumento de precio es muy elevado. De modo que a cambio de una reducción menor en la cantidad consumida hay un enorme aumento en el gasto total en consumo, lo cual ha servido de llamada a los cárteles y las mafias organizadas. Pero además, la atracción por lo prohibido ha desplazado la demanda, de modo que la cantidad final ha aumentado y el gasto en consumo mucho más aún. Becker afirma que un elevado impuesto sobre el consumo sería mucho más efectivo que las sanciones penales y tendría muchos menos efectos perversos en términos de violencia criminal.

“Los inmensos recursos destinados a la criminalización de los productores, traficantes y consumidores de drogas han fracasado en el intento de reducir la oferta o la demanda.”

En 2010, 300 economistas en Estados Unidos firmaron una carta para solicitar la despenalización de las drogas y el estudio de su legalización (en especial del cáñamo). Entre ellos había tres premios Nobel de Economía: Milton Friedman, George Akerloff y Vernon Smith.

Jeffrey Miron, de la Universidad de Harvard, ha estimado el que ahorro que supondría la legalización de las drogas en los Estados Unidos se elevaría a 48.700 millones de dólares anuales. De ellos, unos 13.700 millones corresponderían al cannabis mientras que 35.000 millones corresponderían a otras drogas. Y habría que añadir los ingresos fiscales resultantes de la legalización. Si los tipos impositivos fueran los del tabaco, la legalización aportaría 34,3 mil millones de dólares más.

“El debate sobre el tratamiento legal de las drogas a menudo transita entre tabúes y pasiones.”

Según la Comisión Global de Políticas de Drogas se necesitan reformas urgentes en las políticas de control de drogas que sustituyan a las ya fracasadas (la Comisión está formada por prestigiosos miembros de amplio espectro ideológico, libres de cualquier sospecha de sesgos interesados). En su último informe presentan las siguientes recomendaciones:

  1. Terminar con la criminalización, la marginalización y la estigmatización de las personas que usan drogas pero que no hacen ningún daño a otros.
  2. Alentar a los gobiernos a que experimenten modelos de regulación legal de las drogas a fin de socavar el poder del crimen organizado y salvaguardar la salud y la seguridad de sus ciudadanos. Esta recomendación se aplica especialmente al cannabis, pero también a ensayos de descriminalización para otras sustancias.
  3. Ayudar a los segmentos inferiores de los mercados de drogas, como campesinos, y pequeños vendedores. El encarcelamiento de millones de estas personas ha llenado las prisiones y destruido vidas y familias, sin por ello reducir la disponibilidad de drogas o el poder de los cárteles.
  4. Focalizar las acciones represivas en las organizaciones criminales para socavar su poder y reducir la violencia y la intimidación.
  5. Revisar la clasificación de las drogas. En un informe publicado por The Lancet en 2007, un equipo de científicos ordenó una gama de drogas según los daños potenciales que podrían causar. Sus hallazgos contrastan con la gravedad con que las drogas son tratadas dentro del sistema mundial. Así, de una lista con 17 substancias, la heroína y la cocaína son las más peligrosas con un nivel de daño de 2,8 y 2,3 respectivamente, sobre un máximo de 3. El alcohol y el tabaco, ambos legales, ocupan puestos 4º y 8º con un índice de 1,8, y 1,6 , muy por encima del cannabis que es el 10º con un índice de de 1,3. El  LSD está en 12º lugar y el éxtasis en el puesto 16 con un índice de 1,1.
  6. Invertir en actividades que puedan prevenir que los jóvenes usen drogas y a la vez que los que las usan desarrollen problemas más serios. Evitar mensajes simplistas y alentar los esfuerzos educativos asentados en información creíble.

El debate sobre el tratamiento legal de las drogas a menudo transita entre tabúes y pasiones. Quizá debamos recordar aquí que la sabiduría no consiste en acumular conocimientos, sino despojarse de afirmaciones, en vaciarse de prejuicios. A eso se llama también libertad de pensamiento.

  1. Jorge, coincido plenamente con tus planteamientos, muy bien documentados por otro lado. Si se ha hecho con el alcohol y el tabaco, la pregunta es, por qué, entonces, no se hace con el resto de las drogas. Además de los prejuicios existentes en la opinión pública, ¿puede haber algún tipo de intereses ocultos en las élites poderosas para mantener la ilegalidad? ¿Y se necesitaría un acuerdo mundial o la legalización en un solo país o grupo de países podría funcionar?

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  2. Buena pregunta Javier! Claro que hay intereses. De dos tipos, esencialmente. Uno, los de las instituciones creadas para la represión. Estas instituciones (la DEA es el ejemplo paradigmático) tienden a la supervivencia y por tanto son capaces de generar un clima de aversión y terror alrededor de las drogas ilegales que justifican su represión. De esta manera avalan su propia existencia y sus presupuestos millonarios. El segundo grupo de intereses tiene que ver con los lobbies políticos ultra-conservadores para los cuales las drogas constituyen un enemigo exterior con el que se intenta distraer la atención pública y mediática. No creo que se necesite un acuerdo mundial: los casos de Amsterdam, Uruguay, California o Colorado muestran que basta la voluntad política, aunque sea local y aislada.

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  3. Jorge, yo estoy de acuerdo en que seguramente no haga falta un acuerdo mundial al respecto, más es importante que los pequeños intentos locales y parciales (todos lo que mencionas solo hacen referencia a la legalización de la marihuana pero no a drogas duras hasta donde yo sé), sean sostenidos en el tiempo y pueda demostrarse que funciona. Aquello de “evidence based policy” que tanto está costando hacer entender a las élites gobernantes.
    A mi me resulto curioso encontrarme la “coca” entre las exportaciones Colombianas de comienzos del siglo XX en las estadísticas oficiales de aquél país: era legal y era un recurso suficientemente importante para contabilizarlo en la salida de puerto. Ahora se estima que un 40% del PIB Colombiano no está contabilizado porque es mercado negro y seguramente un porcentaje más alto de sus exportaciones.

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  4. Gracias Mar. Una cosa está clara. Hay que repensar este asunto desde una perspectiva distinta de la represiva. En India , cuando yo viví allí, el consumo de opio en forma de viruta fumable tenía lugar en la calle, en unos chiringuitos que se llamaban Government Shops. En las zonas rurales de Pakistán, Afganistán, Nepal y un largo etcétera, el consumo de opiáceas y cañamos forman parte, con toda naturalidad de la vida diaria. Y lo mismo respecto a la hoja de coca en gran parte de América Latina. Así que en conjunto, la parte represiva del mundo es minoritaria. Y es nuestro obsceno etnocentrismo el que ha convertido un asunto natural, tan antiguo como la civilización, en un monstruo diabólico a exterminar. Como ya he dicho en la respuesta a Javier, esta actitud se adopta, como diría Bertold Brecht, “por buena razones” ¿no crees?

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