Fake news. Por qué la verdad compite tan mal con la mentira.

Fake news. Por qué la verdad compite tan mal con la mentira.

El pasado mes de noviembre el Diccionario Oxford eligió el vocablo fake news como palabra del año 2017. Cabe destacar que el año anterior el término elegido fue post-verdad.  Algo debe estar pasando últimamente con la veracidad de la realidad que nos rodea y la manera de informar sobre ella, para que una asociación tan prestigiosa centre en estos términos su atención.

Muchos argumentan que rumores mal intencionados han existido siempre (y si no que se lo pregunten a los pobres cristianos que tuvieron la fatalidad de vivir en la Roma de Nerón) y que lo que hace distinto el fenómeno actual es la utilización de nuevas tecnologías de comunicación. Tampoco esto último parece ser del todo cierto. El 18 de junio de 1815, Nathan Mayer Rothschild fue el primer londinense en conocer el desenlace de la batalla de Waterloo. Obtuvo esta primicia gracias a la utilización de un sofisticado sistema de palomas mensajeras capaz de cubrir en pocas horas los 362 km de distancia que separan Waterloo de Londres, (lo cual constituía toda una revolución tecnológica en los sistemas de información de la época).  Una vez informado de la derrota de Napoleón, comenzó a vender compulsivamente sus Bonos del Estado Británico a la baja haciendo creer al resto del mercado que Inglaterra había perdido la batalla. El resultado fue el hundimiento de su valor. Antes de que se descubriera la verdad, compró de nuevo en secreto cantidades masivas de bonos a precios irrisorios. Se cuenta que la Banca Rothschild obtuvo un beneficio de un millón de libras en un solo día. La realidad es que los historiadores no le dan mucha credibilidad a esta historia pero esto es algo que no debería preocuparnos demasiado en este post, ¿no?

“El pasado mes de noviembre el Diccionario Oxford eligió el vocablo fake news como palabra del año 2017. Cabe destacar que el año anterior el término elegido fue post-verdad.”

Más recientemente, el 23 de abril de 2013, un tweet estremeció América. La prestigiosa agencia The Associated Press informaba de que dos bombas habían explotado en la Casa Blanca hiriendo al presidente Obama. La noticia provocó un ataque de pánico en Wall Street. Los analistas cuantificaron el impacto en los mercados financieros en más de 130.000 millones de dólares. Si bien es cierto que los mercados volvieron a la calma una vez que AP anunció que su cuenta de Twitter había sido pirateada, no hace falta ser un Rothchild para saber cómo se podría haber obtenido un beneficio importante si se hubiera tenido conocimiento previo de esta información, lo cual no hubiera resultado demasiado difícil si hubieras sido tú mismo quien la hubiera provocado.

Que los cristianos incendiaran Roma, que Napoleón ganara la batalla de Waterloo, o que Obama hubiera sufrido un atentado en la Casa blanca eran noticias creíbles. La mala fe de los manipuladores en su difusión y una cierta ingenuidad por parte de los receptores podría justificar que una parte importante de la población las creyera sin un mayor análisis.

Existe otro tipo de fake news cuya extravagante naturaleza hace más difícil justificar  su creencia basándonos exclusivamente en la ingenuidad. Creerse que Hillary Clinton se acostó con Yoko Ono en los años 70 o que la policía española se dedicase a romper los dedos de las manos a los votantes catalanes el pasado mes de octubre, requiere algo más que ingenuidad. Parece evidente que los filtros aplicados a la credibilidad de las noticias que afectan negativamente a nuestros adversarios, descienden vertiginosamente.

Pero aún existe un tercer bloque de fake news cuya aceptación por parte de los receptores requiere un análisis más profundo. ¿Qué puede llevar a unos padres a creer en la inefectividad de las  vacunas o de la pasteurización de algunos alimentos hasta el punto de negárselos a sus propios hijos, poniendo en riesgo su salud o incluso su vida? ¿Cómo es posible negar la evolución de las especies, el cambio climático, o que el hombre haya llegado a la Luna?

“¿Qué puede llevar a unos padres a creer en la inefectividad de las  vacunas o de la pasteurización de algunos alimentos hasta el punto de negárselos a sus propios hijos, poniendo en riesgo su salud o incluso su vida?”

El psicólogo Andrew Shtulman, en su reciente publicación Scienceblind: Why Our Intuitive Theories About the World Are So Often Wrong, trata de arrojar algo de luz sobre el asunto. En su opinión, la mayoría de los errores en los que las personas incurren cuando existen evidencias científicas irrefutables, provienen de toda una batería de ideas desarrolladas en su niñez al tratar de comprender el mundo que les rodea, ideas basadas en su conocimiento innato y en la observación, más que en la información. A este conjunto de ideas Shtulman les llama teorías intuitivas y las caracteriza, fundamentalmente,  por su persistencia en la mente a lo largo de toda la vida y porque, en su mayoría, son erróneas.

Como ocurre con un gran número de problemas a los que se enfrenta nuestra sociedad, la solución pasa por una mejor educación. En este caso, Shtulman propone un sistema educativo en primaria que anime a los estudiantes a realizar predicciones en determinadas situaciones basadas en sus teorías intuitivas demostrándoles que dichas teorías les llevarían al error y mostrándoles como alternativa las teorías científicas con las que hubieran obtenido la predicción correcta. Todo un reto.

  1. Estoy de acuerdo con el autor que la educación es la base del pensamiento humano. La que te va a predisponer a creer en algunas cosas que oyes o te cuentan frente a la posibilidad de aprender a comprobarlas científicamente. La que te da criterios para discernir entre la abundante información que hay hoy en día y precisamente por ello, por la sobre información a la que tenemos acceso (desde nuestro móvil, tablet), ahora más que nunca, la educación y no de cualquier tipo, es esencial

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  2. Totalmente de acuerdo Idoya con respecto a la importancia de la educación. El matiz que incorpora Shtulman, y que a mi me ha resultado muy interesante, es que el sistema educativo debería hacer un esfuerzo no sólo en incorporar nuevos conocimientos a los niños sino también en que abandonen aquellos prejuicios falsos que les predispondrán en el futuro a percibir de manera errónea la realidad, conviritiéndolos en carne de cañón de todo tipo de oportunistas.

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  3. No solo es la educación. Incluso muy educadas personas (incluyendo economistas académicos) tenemos tendencia a sobrevalorar las teorías que coinciden con nuestra propia ideología, lo cual es una forma sutil de “intuicionismo”. También es frecuente la tendencia a sobrestimar toda cosmogonía que nos deja en buen lugar. Por ejemplo, los responsables de todo desastre y/o amenaza son los bancos o los Estados Unidos o los ricos o el capitalismo… “Ellos” en cualquier caso. Para combatir esa clase de intuicionismo buenista -el que nos deja siempre en el lado bueno del mundo- recomiendo el uso incesante del siguiente mantra: “Hemos conocido al enemigo y somos nosotros mismos”. A ver, repite conmigo: “Hemos conocido al enemigo…”

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  4. Hemos conocido al enemigo y somos nosotros mismos. Hemos conocido al enemigo…Genial, Jorge! Estoy pensando en un nuevo post sobre “teorías intuitivas” en Economía. Es un campo sobre el que Shtulman no nubla. Compruebo año tras año que muchos de mis alumnos entienden que la Economía es una tarta en la que si unos tienen más es gracias a que otro tienen tienen menos. A partir de allí, pensar que los políticos deben dedicarse a igualar (qué bueno tú post al respecto) y no a crecer solo hay un paso.
    Se admiten ideas.

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  5. Las mentiras en Internet y la facilidad con la que se propagan son sin duda uno de los problemas de la actualidad. Afortunadamente con esa misma facilidad suelen desenmascararse, con suerte antes de que el daño esté hecho o sea demasiado tarde. Hay otro problema relacionado que quizas no tenga efectos tan dramáticos o evidentes, pero no por ello menos importantes, que es la dificultad para distinguir entre lo bueno y lo mediocre en Internet. Internet está lleno de páginas web – y de blogs en particular – en las que cualquiera imparte lecciones sobre cualquier cosa. No me refiero tanto a opiniones, si no a información aparentemente objetiva. Yo lo compruebo a menudo con mis estudiantes, que a veces, al hacer trabajos citan sin ningún pudor y dan la misma validez a un blog de “fulano de tal” que a un artículo de un premio nobel.

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