Salarios y contrato social

Salarios y contrato social

Se está produciendo en España un interesante debate sobre las causas de la crisis económica, los errores en las políticas económicas definidas y el limitado alcance de las reformas desarrolladas hasta hora y lo que queda por hacer. El profesor A. Costas, que además ha sido presidente del Círculo de Economía de Barcelona insiste en su libro, “El final del desconcierto: un nuevo contrato social para que España funcione”, en la urgencia de establecer un nuevo proyecto colectivo que modernice la economía y el país y restañe las consecuencias más perniciosas de la gran recesión sufrida por la sociedad española. En su libro y artículos en prensa desarrolla un conjunto de iniciativas para hacer frente a los efectos más negativos de la crisis como el aumento de la desigualdad, la segmentación del mercado de trabajo, la precarización de las condiciones laborales para colectivos muy amplios, el enorme desempleo y el deterioro sufrido por bienes públicos esenciales como la educación y la sanidad, pilares de la construcción del estado de bienestar en estos años.

Una de las medidas que sugiere A. Costas, y que está teniendo un notable impacto y difusión, se refiere a la necesidad de aumentar los salarios. El crecimiento de la remuneración salarial permitiría compensar a colectivos amplios que durante estos años difíciles han visto muy deteriorado su nivel de vida. La idea resulta atractiva y después de estos años de ruido y furia suena ciertamente virtuosa; pero vamos a reflexionar brevemente sobre ello.

El análisis económico sugiere que los salarios de los empleados en una organización deben estar alineados con su productividad. En el equilibrio, si la productividad del último trabajador contratado es superior a su coste salarial, la empresa podrá aumentar su beneficio incorporando a un nuevo empleado. Esta relación, salarios/productividad es crucial porque nos indica que cómo hacemos las cosas, lo eficientes que somos en la realización de las distintas tareas, está vinculado con la remuneración que podemos obtener y como consecuencia de ello, nos sugiere cómo podemos vivir. A nivel agregado, la prosperidad de una nación está relacionada con la productividad con la que se gestionan sus recursos fundamentales, trabajo y capital. Por eso en países con alta productividad y elevados salarios no necesariamente se producen procesos de deslocalización de las actividades productivas (pensemos en Alemania) porque la clave consiste en el alineamiento de los salarios con la productividad.

Por supuesto que se pueden producir desajustes importantes en esta relación, y en la economía española tenemos muchos ejemplos de ello. Así, los salarios pueden crecer más que la productividad si los trabajadores tienen un fuerte poder de negociación. Pero eso no va a ser sostenible a largo plazo, ya que aumentará el coste laboral unitario, esto perjudicará la posición de costes de las empresas y si las empresas compiten en mercados exigentes donde la rivalidad es intensa, verán reducidas sus ventas y perderán cuota y presencia en los mercados. Además el aumento de los costes laborales reducirá las expectativas de beneficio empresarial, las empresas verán limitada su rentabilidad y esto tendrá consecuencias sobre sus inversiones, el crecimiento y las expectativas futuras de creación de empleo.

 Por eso no me parece una buena idea desvincular el crecimiento de los salarios de la evolución de la productividad de las empresas. Es verdad que los salarios de colectivos muy numeroso son reducidos y que el deterioro de los últimos años ha sido muy significativo y dramático y también es verdad que una aspiración natural y ampliamente extendida entre nosotros tiene que ver con mejorar los niveles de vida que disfrutamos. Pero a mi juicio el camino que hay que seguir para alcanzar esas expectativas individuales y colectivas, no es el de los falsos atajos. Si queremos mejorar la prosperidad de nuestra sociedad, debemos actuar en serio sobre las limitaciones que se producen en la economía y las empresas españolas en el crecimiento de la productividad. Si mejoramos la dotación de capital tecnológico, humano y organizativo de muchas empresas, aumentará la productividad de los factores y podremos incrementar la remuneración del trabajo y del capital sin poner en peligro la capacidad de competir y la supervivencia de las empresas. Ciertamente es un camino más complejo y difícil que el de actuar directamente sobre la remuneración de los trabajadores pero, a mi juicio, más solvente y riguroso.

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