La economía del comportamiento

La economía del comportamiento

El Premio Nobel de Economía ha recaído en Richard Thaler, un autor dedicado a poner en cuestión los fundamentos de la economía convencional y a reclamar el diseño de nuevos modelos en que los agentes económicos sean seres humanos y no el Homo Economicus que puebla las escuelas de economía. Antes que él otros economistas han dedicado su obra a la Economía del Comportamiento por la que se premia a Thaler. Mencionaremos solo algunos nombres.

Ben Shiller en 2013, Daniel Kahneman en 2002, Reinhard Selten en 1994, Maurice Allais en 1988 o Herbert Simon en 1978, recibieron el Nobel por ir más allá de la teoría convencional y haber supuesto que los agentes económicos no siempre actúan racionalmente. Muchas decisiones económicas obedecen a la tradición, al azar, a sesgos cognitivos, a dificultades en la gestión de la información y a valores colectivos como el altruismo o la reciprocidad. Y no reconocer esas zonas oscuras condena al análisis económico a vagar en un mundo poblado de replicantes racionales pero no de seres humanos.

Antes de ellos John Maynard Keynes, el economista más influyente de la historia, argüía en su aclamada Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero que la causa fundamental de las crisis económicas es la volatilidad del comportamiento de los inversores, de quienes se dedican a los negocios, de las personas que promueven la creación de la riqueza y del empleo. Parte de sus decisiones no proceden del cálculo racional de los rendimientos de las inversiones, sino que están regidas por los espíritus animales. La palabra animal en su estricto significado etimológico: del latín anima, alma. Así que los espíritus animales son aquellas motivaciones que no proceden de la razón, sino del alma. Es decir, que se basan en atavismos, en sesgos cognitivos, en nuestras dificultades para procesar información compleja, en nuestra tendencia a actuar por la vía de la similitud… Es decir, en aquello que la Economía del Comportamiento reclama que se introduzca en los modelos de análisis económico.

“… no reconocer esas zonas oscuras condena al análisis económico a vagar en un mundo poblado de replicantes racionales pero no de seres humanos.”

Pero esta parte de Keynes no fue tomada en consideración debidamente. La obra de Keynes perdurará, cómo no, hasta hoy y más allá, pero revestida con el ropaje de la economía convencional, de la racionalidad perfecta, y, en fin, del homo economicus.

Esto es demasiado teórico, así que pongamos un ejemplo. Veamos el que se denomina Juego del Dictador que tanto gusta a Richard Thaler.

Hay un monto de dinero y dos jugadores. Uno, debe proponer un reparto de dinero, que inmediatamente se llevará a cabo, sin que el segundo jugador pueda hacer nada más que aceptar la parte que el primero haya tenido a bien estipular. Como se ve, el proponente del reparto impone su voluntad y actúa como un dictador. El juego es tan sencillo que parece trivial. Supongamos que la bolsa es de 1000 €. El único equilibrio racional es, obviamente, que el proponente dictador anuncia el reparto 1000, 0, que le otorga la totalidad de la bolsa y que nada deja al otro jugador.

Sin embargo hay una extraordinaria evidencia empírica que muestra que, en muchos experimentos sobre este juego, independientemente de la cultura, de las clases sociales y de la riqueza de los participantes, el proponente muestra tendencia a asignar una cantidad positiva, aunque pequeña, al receptor. ¿Cómo es posible que incluso en contextos tan sencillos las predicciones del comportamiento racional no se vean corroboradas por la evidencia empírica? ¿Qué haría el lector si fuera el dictador del juego? Piense bien su respuesta. Porque el dinero es importante, pero usted puede ponerse en el lugar del receptor y entonces le gustaría que el proponente tuviera consideración con usted y le asignara una pequeña cantidad, aunque fuera simbólica. No diremos 100 € pero ¿10? ¿o 5? O tal vez usted como proponente quiera sentirse bien consigo mismo y no tener la sensación de que es un saco de codicia. Así que por qué no recibir, además de la mayor parte del dinero, algo de gratificación personal aunque su comportamiento no sea puramente racional.

La crisis del 2007 es, como la de 1929, una crisis de demanda. Lo que no comprendemos de ellas es por qué se produce un desplome de las expectativas y de la demanda. Y a menos que pongamos a nuestros espíritus animales en el centro del comportamiento humano, nunca lo comprenderemos y nuestras economías estarán sometidas a la perniciosa volatilidad del sistema.

 

 

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