¿Por qué se suicidan las naciones? (algunas)

¿Por qué se suicidan las naciones? (algunas)

Este interrogante es mucho menos amable del clásico de “por qué unas naciones son ricas y otras pobres”, en la senda de Adam Smith, o del exitoso “por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu y James A. Robinson, o del “por qué el auge desemboca en el declive de las grandes potencias”, que lanzó hace ya tres décadas Paul Kennedy. No lo oculto. Su rotundidad remite al vértigo de lo que está pasando ahora mismo aquí cerca, como si la historia de repente se hubiese acelerado y perdido el autocontrol. No obstante, hay naciones que se apuntan, sin aparente consciencia, a la extinción de los niveles de bienestar de sus ciudadanos simplemente por el efecto combinado, a largo plazo, de una demografía declinante y de una autocomplacencia supina por la prosperidad alcanzada en el pasado. En estos casos, la tendencia suicida se manifiesta a cámara lenta, sin necesidad de la convulsión (aunque ésta siempre acabe por estallar).

“Pensábamos que la historia europea nos había vacunado contra esos episodios de ruptura y confrontación emocional de elevados costes económicos y sociales.”

Más preocupante resulta cuando el salto al vacío se ejecuta sin dilación. Algo que resultaba altamente improbable acaba sucediendo, incluso en sociedades que presumíamos políticamente avanzadas. Este enigma debe preocupar a economistas y politólogos, precisa de la racionalidad y las analogías de los historiadores, pero sobre todo requiere de la destreza de los especialistas en psicología social. Y, más aún, exige la atención de los ciudadanos que lo desactiven. Porque, en el fondo, esto va de algo tan viejo para un europeo del siglo XXI como la Völkerpsychologie o Psicología de los pueblos, nacida a finales del Ochocientos. De cómo los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas son influidos por la presencia real, imaginada o implícita de otras, y de cómo se articulan en sociedad, a veces para bien (en etapas de expansión económica) y otras para mal (coincidentes con las crisis económicas). Pensábamos que la historia europea nos había vacunado contra esos episodios de ruptura y confrontación emocional de elevados costes económicos y sociales. Que bastaría con que la gente se acostumbrase a oír opiniones distintas a las suyas. De una convivencia amable con el que piensa diametralmente lo contrario. Este es un reto de gobernanza propio de las sociedades democráticas avanzadas. Y no siempre sucede así.

Una taxonomía rápida de los determinantes de esa atracción al vacío debe situar, en primer lugar, el grado de sabiduría de los gobiernos y de las élites políticas de esas naciones (países o potencias, al gusto del lector). No es relevante que el político electo posea un nivel de formación especial, bastará con que se rodee de una pléyade de filósofos, economistas, sociólogos e historiadores que suministrarán argumentos ad hoc, para la pertenencia o la disgregación, para un futuro de debacle económica o de la prosperidad eterna. Confunden el liderazgo con el mesianismo y se aferran a los principios como irrenunciables, a uno y otro lado, cuando de lo que se trata es de una lucha por el reparto del poder.

En segundo lugar, el suicidio es más proclive en sociedades con una economía poderosa que haya sufrido una erosión reciente de sus bases (una desindustrialización a la que nadie hizo caso porque la terciarización galopaba, por ejemplo, o el estallido de una burbuja de agiotistas y aprovechados que impidieron que las instituciones económicas fuesen inclusivas y no extractivas). Se trata de compensar el deterioro de la autoestima. Aplicando el determinismo económico más crudo, el conflicto se agudiza entre países con historias de crecimiento y desarrollo desiguales. La brecha en el acceso a bienes públicos básicos de los menos ricos y los desequilibrios fiscales y la inversión en infraestructuras se convierten en soflamas contables en las que se desprecia profundamente el significado mutuo del flujo de personas, bienes y servicios construido históricamente.

Los agravios se inflaman para un público primero convencido y luego fanatizado. Y el ruido lo invade todo, las arengas y los discursos son paleopolíticos. Nadie cede en nada y nadie reconoce a nadie. Esto es especialmente grave en naciones en los que la historia, real o mitificada, se ha utilizado para educar en el dogmatismo y la rigidez, instalados en un esquema binario de conmigo o contra mí. Es decir, propio de una cultura de “vencedores y vencidos”, cultivada por los sistemas políticos después de las guerras, sean estas civiles o exteriores, próximas o lejanas en el tiempo, de hace 80 o 300 años o más, celebren victorias o derrotas.

“Confunden el liderazgo con el mesianismo y se aferran a los principios como irrenunciables, a uno y otro lado, cuando de lo que se trata es de una lucha por el reparto del poder.”

Pero no es exclusivo de los cainitas del sur de Europa, aunque a veces las palabras las carga el diablo. En abril de 2005, después de compartir mesa y mantel con una pareja de húngaros, un ingeniero aeronáutico y una economista, que habían vuelto a Budapest después de varios años trabajando en Inglaterra para una multinacional y un banco de la City, se me ocurrió comentar que la reciente incorporación de Hungría a la Unión Europea brindaría ventajas políticas y económicas similares a las que había proporcionado a España y Portugal en 1986.  “Es una oportunidad para una joven democracia…”. La ofensa había sido mayúscula. El ingeniero montó en cólera y, mientras me abroncaba, desplegó una profusión de mapas y atlas históricos para demostrar mi ignorancia, una nación milenaria, la más vieja de Europa, parte de un Imperio, asediada  y reducida a la mínima expresión por las guerras de Europa en el siglo XX, el sionismo, el islam y los gitanos. Que de joven nada. Por un instante pensé que estaba hablando de Borduria y Syldavia y que de repente el general Alcázar entraría por la puerta. Abandonamos apresuradamente su casa y no hemos vuelto a saber nada de ellos.

Y así estamos, esperando a los bárbaros.

 

 

 

  1. De gran interés y máxima actualidad. Pero debo estar algo espeso porque de la lectura del post no he recibido la misma diáfana claridad que de otros escritos de Joseba. Si tuviera que proponer una hipótesis, y no tengo la seguridad de que no sea simplista, diría que el nacionalismo, que está en el origen de las naciones, está también en su compulsión suicida. La mayor parte de los conflictos armados del siglo XIX tienen como origen el nacionalismo. La primera y segunda guerras mundiales son producto del nacionalismo; y también lo es la guerra civil española y la represión nacional-católica subsiguiente. Y también la violencia etarra para la cual el nacional-catolicismo vasco tuvo una abyecta mirada cómplice… El mundo es un lugar peor para vivir desde que el nacionalismo impostado y oportunista de Donald Trump concitó el apoyo electoral… Busquen un nacionalismo radical dominante y encontrarán la carta de un posible suicida.

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