Crecimiento sí, pero…

Crecimiento sí, pero…

La recuperación económica en España se consolida tras conocerse los últimos datos macroeconómicos sobre los indicadores de actividad. Así, el Producto Interior Bruto (PIB) creció un 3,2% en 2016 y el Banco de España recientemente ha revisado al alza su previsión para 2017 hasta situar el ritmo de crecimiento esperado para este año en el 3,1%. Son tasas de crecimiento notablemente por encima de las observadas en los países de nuestro entorno (el dato previsto para la media de los países de la Eurozona es una tasa del 1,7%). El crecimiento económico ha venido acompañado por una fuerte creación de empleo, que ha permitido reducir la tasa de paro hasta el 18%. Como no podía ser de otra manera, el gobierno argumenta que estos resultados son la consecuencia de una buena gestión económica y de la puesta en marcha de un conjunto de reformas que han favorecido el crecimiento.

Sin embargo, creo que no hay motivos para triunfalismos. Los años de la recuperación tras la crisis financiera (2008) y la crisis de la deuda soberana de la Eurozona (2012) se han caracterizado por el empeoramiento de dos elementos muy relevantes para juzgar la prosperidad económica de España. En primer lugar, el volumen de deuda pública ha seguido aumentando tanto en términos absolutos como en porcentaje del PIB (¡a pesar de contar con una tasa de crecimiento del PIB muy elevada!). La gestión del gobierno ha sido pésima a la hora de corregir los desequilibrios fiscales. En la siguiente tabla se recogen los datos actualizados de las deudas soberanas de España y varios países europeos (fuente:  www.debtclocks.eu):

 

Grecia

Italia Portugal España Francia

Alemania

Deuda pública s/ PIB

176,76%

132,54% 129,51% 99,11% 95,98%

67,38%

Deuda pública per capita

29.273 €

36.918 € 23.475€ 22.214€ 32.520€

26.014€

Variación por segundo

54€

1519 € 119 € 1238 € 1649 €

-187€

Tras incumplir los objetivos de déficit público establecidos por Bruselas, la deuda pública española está llegando al 100% del PIB. Pero lo que es todavía más alarmante es que el crecimiento de la deuda no se logra contener. Como demuestran los datos de la tabla anterior, Grecia y Portugal han conseguido desacelerar el crecimiento de la deuda y su variación por segundo se aproxima a cero, mientras que Alemania ya reduce su deuda pública a pesar de no disfrutar del crecimiento económico español. Los países que peor lo están haciendo son España, Francia, e Italia con aumentos de deuda pública cada segundo superiores a los 1000 euros. Resulta muy paradójico que España no consiga disminuir el déficit a pesar de disfrutar de fuerte crecimiento y una prima de riesgo baja, mientras que Portugal y Grecia casi han conseguido eliminarlo con crecimientos más reducidos y una mayor prima de riesgo. En Francia e Italia obviamente también se deberían revisar sus políticas presupuestarias, por cierto, dado que el ritmo de crecimiento de la deuda es también insostenible. Alemania ya ha hecho los deberes y está amortizando su deuda.

Con estos datos se puede afirmar que el gobierno español no ha sido capaz de alcanzar la estabilidad presupuestaria a pesar del viento de cola de la recuperación. Seguramente la economía sumergida, la evasión fiscal y la corrupción pesan todavía demasiado. En el momento en el que el Banco Central Europeo abandone su compra masiva de bonos públicos, el riesgo de quiebra aparecerá y se elevarán los tipos de interés de estos activos en los mercados hasta niveles que quizás hagan inevitable la suspensión de pagos. Esta situación generará tensiones con los acreedores o políticas fiscales restrictivas (más impuestos y menos gasto) que afectarán negativamente a los ciudadanos.

El segundo problema sin resolver es el aumento de las desigualdades. Las diferencias de renta son un elemento deseable en una economía de mercado puesto que las personas tienen distintos niveles de esfuerzo y talento que justificarían una percepción de ingreso diferente. Pero en el caso de España la persistencia del alto desempleo y la precariedad laboral han generado unas desigualdades sangrantes, caracterizadas por una creciente masa de trabajadores con sueldos que no les permiten cubrir sus necesidades básicas. En particular los sueldos en el sector de servicios se han situado en niveles inaceptables. Un trabajador de un supermercado o un restaurante de comida rápida en España percibe en promedio 7 euros por hora trabajada mientras que en Francia, con una formación similar y una tecnología también parecida, este trabajador cobraría 14 euros por hora. España es un país en el que muchos de sus trabajadores no pueden ahorrar a final del mes e incluso, una parte de ellos, acaba sufriendo situaciones de exclusión social y pobreza. La situación actual en el mercado de la vivienda refleja este aumento de las desigualdades. A pesar del ajuste en los precios tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, muchos jóvenes y familias de rentas bajas y medias no pueden adquirir su primera vivienda, mientras que el número de compras de segunda vivienda o como bien de inversión crece.

Acabo con varias propuestas para que el crecimiento sea saludable. Mejorar la lucha contra el fraude y la evasión fiscal, endurecer las penas por los casos de corrupción, racionalizar la gestión de las grandes partidas de gasto público, subir el salario mínimo y, puesto que me toca de cerca, mejorar el sistema educativo para que nuestras universidades dejen de ser mediocres en el contexto internacional (con honrosas excepciones). Por favor, hace falta tomarse en serio el papel de las universidades como fuente de progreso económico y social. Es imprescindible revisar los procesos de contratación de profesorado universitario para hacerlos competitivos, introducir incentivos a la producción científica de calidad y establecer una gobernanza que defienda los intereses del conjunto de la sociedad.

Les deseo que tengan un feliz verano.

 

  1. Gracias por el post Mikel. Estoy tan de acuerdo con tu diagnóstico sobre la universidad como pesimista me siento respecto a su posible solución. Ojalá me equivoque. Respecto a tus propuestas, que suscribo, la más importante, a mi juicio, es “racionalizar la gestión de las grandes partidas de gasto público”. Pero convendrás conmigo, Mikel, que lo que hay en esta frase es “la madre del cordero” del gasto público (y por tanto del deficit y de la deuda). ¿Cómo se “racionaliza” el gasto en pensiones, los subsidios por desempleo, el coste de la gestión política del Estado…? Esta frase convoca un consenso casi unánime, pero por lo mismo, sin más especificaciones, ¿no resulta -y perdóname- algo vacía?
    Mis mejores deseos

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  2. Gracias, Jorge, como siempre por tus comentarios tan jugosos. Lamentablemente llevamos toda la vida escuchando a los expertos (?) su recomendación de racionalizar el gasto. Y lamentablemente creo que todavía no vemos signos de racionalización en el gasto. Las decisiones relevantes en las políticas públicas siguen dominadas por los enemigos de la racionalidad: la inercia, los automatismos, los compromisos personales o de partido, las costumbres, el cortoplacismo, etc. Me cuesta encontrar ejemplos de elección racional tal y como la entendemos en economía (la mejor decisión entre el conjunto de todas las posibles). ¿Se hacen ejercicios de optimización y simulaciones para cálcular el tipo de IRPF, o el del impuesto de Sociedades, o la pensión óptima, o la tasa de IVA óptima, o la cuantía de becas públicas óptima, o el salario de los profesores o el número de médicos del sistema público óptimo? Creo que falta profesionalidad, rigor técnico y libertad de elección en nuestros políticos (salvo honrosas excepciones, como en las universidades). Y el problema es lo suficientemente general, grave, viejo y viscoso que me sigue rellenando la recomendación: “racionalizar la gestión de las grandes partidas de gasto público”.

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