Es la mano invisible no el brazo incorrupto, estúpido

Es la mano invisible no el brazo incorrupto, estúpido

No existe en el Pensamiento Económico una intuición que haya causado tanto impacto como la que está contenida en las tres o cuatro líneas que Adam Smith dedicó en la Riqueza de las Naciones a la relación entre el interés individual y el bienestar social.

La mano invisible ha vuelto a escena como consecuencia de la crisis que estalló en los mercados financieros en 2008 y que se extendió, incendiaria, en una gran recesión global. A pesar de que el relato ha sido tan narrado que adquiere los rasgos de un deja vu, volvemos ahora sobre él para intentar poner en su lugar a su primer protagonista y a la metáfora que le hizo tan famoso.

Es de todos conocido su contenido. Cuando los miembros de una Nación van la búsqueda de su interés, y se afanan por la mejora material para sí y para sus familias, dan lo mejor de sí mismos en el arte o en el oficio al que se dedican. Y entonces, con lo mejor de sus habitantes, con lo más creativo de su humanidad, la nación progresa y el bienestar colectivo se engrandece.

Pero ello no es, como a veces se ha interpretado, una llamada a la capacidad del mercado competitivo para sostener por sí mismo el orden social. Ni tampoco es una apelación a la desaparición del estado ni de toda regulación económica. Ni mucho menos la ley de que el mercado lo hace todo bien y el poder público todo mal que es el dislate al que a veces se pretende reducir la intuición de Smith y su canto al sistema de libertad natural.

El desarrollo de la intuición de La mano invisible tiene una lectura de naturaleza teórica y otra empírica. Empecemos por la segunda. En ninguna época las condiciones de vida de una parte de la humanidad han mejorado tanto como en los países de libre mercado en los últimos dos siglos. En Europa Occidental, en los Estados Unidos de América, en Canada, en Australia, en Japón o incluso en China como ejemplo de una economía de transición, todos los indicadores de bienestar sugieren que la visión de Smith no estaba muy errada. En muchos casos, como en los países del norte de Europa, el mercado se compagina con la regulación pública. En ciertas épocas, como en la década de 1930 o en la actualidad, el Estado tiene que cuidar la salud del mercado y, a veces, pagar por los excesos de sus agentes más poderosos. Pero la fuerza de la metáfora de Smith permanece. El mejor recurso del mundo es el capital humano. Y hasta ahora, la llamada al interés en mejorar nuestra vida y la de los que nos rodean, es el mejor incentivo para su puesta en acción.

Desde el punto de vista teórico, uno de los resultados más importantes de la economía moderna es el llamado Primer Teorema del Bienestar del modelo Arrow-Debreu (en honor de sus autores). Prueba que, bajo ciertas condiciones (información perfecta, entre otras), el resultado de la maximización de la utilidad o del beneficio de los agentes en el equilibrio competitivo de los mercados, maximiza el excedente colectivo o Bienestar Social. La intuición de Smith tiene, pues, una demostración rigurosa. También es verdad que dichas condiciones son bastante exigentes y el teorema admite una lectura negativa: la mano invisible solamente puede probarse en economías de laboratorio que distan mucho del mundo real. (Obsérvese: solo puede probarse en esas condiciones, lo cual no es demostración de que no funciona en otras más reales. Simplemente, en éstas no puede probarse).

Pero las transacciones financieras no estaban en la óptica de Adam Smith. Los mercados de estos activos se han desarrollado a una tasa exponencial en los últimos 50 años. Muchos productos que se trafican en ellos son opacos. La información es incompleta y asimétrica y escapa, desde luego, a la transparencia y a la supervisión pública. Sobre este mundo es fácil construir la ficción, el engaño, la mentira y el abuso en la confianza mercantil. Como todo mercado de futuros, los financieros son muy proclives a la burbuja especulativa. La Gran Depresión del siglo XX y la Gran Recesión del siglo XXI son un producto de los mercados financieros. Acciones en el primer caso; activos hipotecarios en el segundo. Pero en ambos casos estamos muy lejos de la intuición primitiva de la Riqueza de las Naciones. Al igual que Smith advirtió contra la propensión de los hombres de negocios a la colusión y al monopolio, Ben Shiller advirtió contra la Exhuberancia Irracional de los mercados financieros. Estos casos no invalidan la tesis. En cierto sentido la refuerzan.

En el Carmelo de Ronda se conserva como reliquia una mano cortada del cadáver de Teresa de Ávila que se conoce como Brazo Incorrupto de Santa Teresa. Los fundamentalistas católicos, entre ellos el difunto general Franco que la tuvo en su mesilla de noche durante 40 años, creen que obra milagros. Y que si tienes cerca el brazo de la santa estás libre de todo mal y poseído irrevocablemente por el bien. También los fundamentalistas del mercado creen que la mano invisible obra milagros y que el papel de Estado no solo es inútil sino dañino. En más ocasiones de las necesarias confunden la mano invisible con el brazo incorrupto.

No hay una conclusión definitiva que ofrecer.  El interés propio se puede convertir fácilmente en codicia. El ansia desbocada de riqueza o de poder es el reverso oscuro del interés personal. Ninguna cualidad humana carece de contrapartida peligrosa. Es nuestra condición. Nuestro carácter. Hemos conocido al enemigo y somos nosotros mismos. Decir estas verdades de dominio universal no significa rechazar la tesis primigenia de Adam Smith. Solo estamos avisando de sus límites.

 

Un comentario

  1. Muy buen artículo Jorge, me permito comentar algo sobre el tema.

    1. Me gustaría subrayar que el egoísmo por sí solo no conduce al bienestar social. La ambición personal se reconduce por la capacidad de servir a los demás para alcanzar el ansiado éxito empresarial. De esa forma, si eres el mejor sastre del pueblo tendrás trabajo. Pero si eres el mejor de Navarra te irá mejor, ya que servirás a más gente (clientes). Y si tu ambición es internacional te llamarás Amancio.

    2. A menudo se confunde al estafador con el capitalista. Tanto es así que muchas veces salen leyes como la que obliga a la formación en ética financiera y demás a los trabajadores de la banca. ¿Acaso creen que esa normativa va a convertir en corderitos a los seguidores de Gordon Gekko? Por suerte, la inmensa mayoría de ellos son buena gente. Al puñado de estafadores hay que darles tratamiento penal.

    3. Abro otro debate. El Estado como creador de burbujas. ¿Qué responsabilidad tienen los bancos centrales de mantener indefinidamente los tipos de interés a cero? En el caso actual del BCE, mientras Italia se financie al 5% no se subirán los tipos de interés. Y las bolsas volarán hasta el infinito. Espero equivocare pero se va a liar una buena, de nuevo…

    Bueno creo que con esto ya está bien por hoy.

    Un fuerte abrazo,

    Carlos

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