La parábola del capitalismo de amiguetes

La parábola del capitalismo de amiguetes

Imaginemos la escena. En la primavera de 1954 se celebra una boda de postín en Madrid. Al enlace entre una licenciada en Filosofía y Letras y un espigado ingeniero de Caminos asisten, como padrinos, testigos e invitados, un arzobispo castrense, seis ministros en activo (de Justicia, Exteriores, Educación, Obras Públicas, Ejército del Aire y Gobernación), un ex ministro de Hacienda, el presidente del Consejo de Estado y de las Cortes españolas, el secretario general del Movimiento (para los muy jóvenes, nada que ver con el running), el presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (el padre de la novia), el presidente del Tribunal Supremo, el gobernador del Banco de España, un consejero del Banco Hispano-Americano, varios académicos y, según la crónica del ABC, diversos hombres de negocios y “casi todos los subsecretarios, directores generales y distinguidas personas” de esa alta burguesía madrileña que ha diseccionado en sus novelas Manuel Longares.

“…poseer buenos “contactos” en la administración del Estado resultaba esencial para la prosperidad de quienes iban a capturar contratos, créditos blandos, licencias a la importación y subvenciones…”

Ellos no lo llamaban así, pero en esa tarde de abril están practicando networking, y lo hacen a conciencia. Entre los amigos y familiares políticos del recién casado están varios inminentes empresarios de éxito y futuros ministros del desarrollismo y de la transición democrática. Ni siquiera lo imagina el novio. Él, que durante veinte años trabajará en diversas grandes empresas del Grupo industrial que lideraban los bancos Hispano-Americano y el Urquijo, está destinado a ser cuatro veces ministro y una más, irrepetible, Presidente del gobierno en la fase de consolidación democrática.

Pero volvamos a la escena de 1954. Casi todos los invitados masculinos son militantes de Acción Católica, sus familias cultivan una cierta amistad, se definen como jóvenes monárquicos (de los de Estoril) y recién comienzan una carrera profesional que deja atrás una larga posguerra y que se extenderá hasta las postrimerías del siglo Veinte. Predominan los Ingenieros y abogados del Estado, junto a algunos diplomáticos. Algunos de ellos decidirán ser empresarios y aprovecharán las oportunidades de negocio que la España en vías de desarrollo ofrecerá sobre todo en los años finales de los cincuenta, los sesenta y los setenta. Casualidad o no, comparten champán y mantel algunos de los que van a ser los promotores de las centrales nucleares españolas y los políticos y reguladores que tomarán las principales decisiones sobre la energía eléctrica de origen nuclear, una actividad que movilizará miles de millones de pesetas entre 1955 y 1982 en contratos públicos y privados (y que hemos analizado aquí).

“…lejos de ser un rasgo hispano, la literatura muestra que el esquema de los “empresarios franquistas” se ha repetido en muchas economías en las fases de despegue del desarrollo económico y bajo regímenes autoritarios…”

¿Se corresponde este episodio con el fascinante mundo de lo que se denomina capitalismo de amiguetes? ¿Es un mal endémico español (uno más) que nos persigue hasta hoy? ¿Cómo se concilia con la economía de mercado que enseñamos a nuestros estudiantes? Me temo que el ruido de las opiniones no deje que se escuche el resultado de algunas investigaciones. La respuesta que han dado los historiadores de los grupos empresariales es que el marco institucional alumbrado por el Franquismo, con algunos rasgos que ya se habían instaurado en la Restauración, propició una economía relativamente protegida de la competencia exterior (y con mercados regionales bien defendidos de la competencia interna) y en la que poseer buenos “contactos” en la administración del Estado resultaba esencial para la prosperidad de quienes iban a capturar contratos, créditos blandos, licencias a la importación y subvenciones a industrias que se habían declarado como “preferentes”. El otro ámbito para los contactos fue el de los grandes bancos, accionistas mayoritarios de las grandes empresas. Cuando un país crece a un promedio anual de casi el 7 por 100 durante quince años el volumen de actividad se dispara y las funciones empresariales a la Baumol proliferan, productivas e improductivas. Y en el “cogollito” madrileño se jugaba la partida con ventaja, aunque los jugadores fuesen vascos, catalanes, gallegos, zaragozanos o del barrio de Salamanca, dispuestos a capturar rentas públicas y a colocar a sus cachorros, formados los más espabilados en las mejores universidades y escuelas de negocios.

Sin embargo, lamento decepcionar a los cenizos, lejos de ser un rasgo hispano, la literatura muestra que el esquema de los “empresarios franquistas” se ha repetido en muchas economías en las fases de despegue del desarrollo económico y bajo regímenes autoritarios, de América Latina al Sudeste Asiático. Pero también en los Estados Unidos de América, paradigma del mercado y la democracia. Nuestros estudiantes de Historia Económica de la Empresa saben que detrás de las figuras de J.D. Rockefeller, A. Carnegie o J.P. Morgan, a fínales del siglo XIX, hubo innovación tecnológica, organizativa y comercial, pero también el beneficio del monopolio, la información privilegiada y la compra de voluntades políticas. Cien años más tarde el escándalo ENRON demostró que esas prácticas de connivencia entre los hombres de los negocios y los decisores políticos no eran ajenas al sueño americano. Y se convierten en pesadilla de la mano de los Hermanos Koch y sus inversiones millonarias para manipular a la opinión pública. La destitución de la presidenta de Corea del Sur apunta que el tráfico de influencias y la corrupción política tienen difícil remedio.

¿Debemos resignarnos a que la economía de mercado soporte ciertas dosis de capitalismo de compadrazgo? Parte de la respuesta está en dotarse de mecanismos que prevengan y castiguen con severidad esos comportamientos que corrompen el sistema de mercado y debilitan la democracia. Está por ver que sucederá con el conflicto de intereses del Presidente número 45 de los Estados Unidos. La historia cuenta que los norteamericanos fueron pioneros con las leyes antimonopolio a comienzos del siglo XX, y ejemplares con los responsables de Enron, investigados y condenados en un tiempo record para la escala española. Nos queda la duda de cuánto dura la convalecencia de haber acostumbrado a un país a jugar durante demasiado tiempo con esas reglas. Porque para la perfecta parábola disponemos de otras “bodas de Estado”, aquella de El Escorial en 2002, hoguera de las vanidades de toda una época.

 

  1. ¿Era el novio el señor Calvo Sotelo? Esto es una curiosidad, pero sobre el trasfondo del asunto hay una cuestión perversa que no puedo evitar. Cierto grado de connivencia, no siempre obscena, entre economía y política, sobre todo en fases inmaduras de los mercados ¿es necesaria para el crecimiento? ¿Va en el paquete del sistema, lo mismo que la desigualdad? ¿Es un precio más a pagar por el tamaño del pastel?
    Y otra cosa todavía, esta vez semántica: el sufijo -ismo indica apoyo, defensa, identificación. Es corriente distinguir entre marxismo y marxiano. El primero indica de algún modo ser seguidor de, mientras que el segundo (análisis marxiano, por ejemplo) tiene una connotación semántica neutra. Creo que capitalismo quiere decir algo más que el sistema de libre mercado o de “libertad natural” (de A. Smith a Arrow-Debreu). Al menos para mi significa la adición a ese sistema de mercados del estado que, como muy bien subrayas en el post, juega casi siempre un papel muy poco neutral. He disfrutado de tu estilo, como siempre. Gracias.

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  2. Gracias a ti, Jorge. Satisfago primero tu curiosidad. Sí, el novio era Leopoldo Calvo Sotelo que se casaba con Pilar Ibáñez, hija del que había sido ministro de Educación y simpatizante del Opus Dei. Y añado más. El ex ministro de Hacienda era nada menos que José Larraz. Los futuros ministros del desarrollismo fueron Federico Silva Muñoz, letrado del Consejo de Estado, y el diplomático Gonzalo Fernández de la Mora (todo un teórico de la tecnocracia). Lo delirante es que el segundo sucedió al primero en la cartera de Obras Públicas y que entre ambos gestionaron los presupuestos en infraestructuras durante 10 años. Como ministro a partir de 1975 encontramos al propio Leopoldo (procurador en Cortes en 1974, ministro de Comercio con arias Navarro y de Obras Públicas, Relaciones con las Comunidades Europeas y vicepresidente de Economía con Suárez) y a su íntimo amigo Alberto Oliart, el que le presentó a Pilar, consejero delegado del Hispano, responsable de Industria y Energía en los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977) y de la salida versallesca del gobierno de Fuentes Quintana que pretendía nacionalizar la red eléctrica y las centrales nucleares frente al equipo de Oliart que presentó su informe en contra en papeles con el logotipo de la Patronal Eléctrica. Fuentes siguió ejerciendo el poder desde Funcas, mientras Oliart acompañaba a Calvo Sotelo como ministro de Seguridad Social, primero, y de Defensa, más tarde, para gestionar la crisis militar después del golpe de Estado del 23-F y la entrada en la OTAN. Y por allí estaban los primos y tíos de la rama de los Bustelo, saga con una eficiente división del trabajo porque es conocido que mientras algunos se alinearon con las ideas de centro derecha, ocupando la cartera de Industria y Energía, otros rozaron la púrpura al disputarle nada menos que a Felipe González el destino de la secretaría general del partido socialista. No pudo ser. Y no tuvo mal destino como insigne catedrático de Historia Económica. Coincidieron también el presidente de Unión Eléctrica Madrileña, José Cabrera (hermano del gran Físico español exiliado, Blas Cabrera), y Jaime Mac Veigh, el ingeniero visionario que promovió el desarrollo de la energía nuclear. Ambos fueron decisivos en la construcción de la primera central nuclear española, la de Zorita, También conocida como José Cabrera.
    Si has conseguido seguir leyendo hasta aquí, contesto a tus otras cuestiones. La derivada de esto es que el capitalismo de amiguetes suele cultivar la endogamia y esto es malo en fases inmaduras y en el climaterío del desarrollo económico. Me temo que es un precio que pagamos todos los días y que está generalizado en países ricos y pobres. Como me indicaba una colega a raíz de este post, quizás lo relevante que deberíamos estudiar son los ejemplos de países con desarrollo económico y social en ausencia de cronyism. Los busco y no los encuentro. ¿Bostwana quizás?
    Y sobre los ismos. Tomo buena nota. Mi pregunta, sensu contrario, es por qué apenas ya nadie habla de “capitalismo”. Galbrailth padre tenía buenas respuestas para esto, pero era demasiado liberal para los tiempos que corren.

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  3. Ayer hablé en clase (Pensamiento) del índice de libertad económica que construye la Heritage Foundation (Wall Street, Neoliberalismo radical… ufff Vade retro!) Dediqué un largo rato a tu post para ilustrar esta forma cutre, corporativa, administrativista y de palco del Bernabéu que adopta el capitalismo castizo. No sé cuántos visitarán el blog para leer tu post, pero eso ya es otra historia. Muy interesante e ilustrada tu respuesta a mi curiosidad.
    No creo que nadie hable ya de capitalismo. Dos ejemplos extremos: en la alocución anual del presidente de esa Heeritage Foundation, le llama capitalismo sin reparos. Y Piketty lo hace continuamente. Sin embargo he detectado una reciente corriente ácrata (izquierdísima) que ensalza los mercados y echa la culpa de los males del capitalismo al Estado. Nada nuevo, pero curioso.

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  4. Pingback: Los Pujol y el tipo de cambio « De qué vais? #LosEconomistas

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