El último obrero

El último obrero

La idea subyacente de mi último post El futuro exponencial se basaba en que, tras la invención de la máquina de vapor por Watt en  1775, las máquinas comenzaron a reemplazar al hombre en trabajos mecánicos y que, con la llegada de la inteligencia artificial, los ordenadores están comenzado a reemplazar, a un ritmo vertiginoso, los trabajos intelectuales.

De hecho, este post terminaba, de forma irónica, manifestando una dosis de optimismo ante el vaticinio de Jeremy Rifkin sobre el fin del trabajo. Lo cierto es que Rifkin, en su ensayo publicado en 1995 que tenía precisamente ese título,  El fin del trabajo. El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado,  no se muestra tan optimista.  De hecho, manifiesta su preocupación por el elevado ritmo de destrucción del empleo debido al avance de las nuevas tecnologías. Le preocupa especialmente la velocidad con la que se están destruyendo estos empleos, no dando tiempo, como ha ocurrido en situaciones anteriores, a la creación de nuevos puestos de trabajo alternativos.

“…dentro de 20 años desaparecerá el 47%, de los empleos en Estados Unidos, y serán sustituidos por máquinas.”

Como ejemplo de la velocidad a la que se están sucediendo los acontecimientos, podríamos observar los cambios que se están produciendo en el sector financiero. Según el Informe Mobile en España y en el mundo 2016 realizado por la consultora de estrategia digital Ditrendia, por primera vez, en 2015, el número de accesos semanales a la banca móvil en EEUU fue superior al número de visitas a las sucursales bancarias. A finales de este mismo año, se espera que el número total de usuarios de banca móvil alcance el 64% y en 2020, los smartphones serán responsables del 80% del mercado de la banca. (Cabe destacar que este estudio se refiere exclusivamente a operaciones realizadas a través de smartphones, sin incluir las realizadas a través de tablets o de ordenadores personales).

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Pero esta situación no sólo se está produciendo en el sector financiero. Las compras realizadas a través de soportes digitales están creciendo a un ritmo similar. Según el estudio recientemente publicado por la Ecommerce Foundation, con el título Global B2C E-commerce Report 2015, la ventas realizadas a través de internet supusieron un 5,9% de la cuota mundial del comercio, con un crecimiento del 15,9% con respecto a 2014 y nada hace pensar que vaya a dejar de crecer en los próximos años sino más bien al contrario. En Asia, por ejemplo, este crecimiento fue del 44,3% en el último año observado.

Tratando de cuantificar de qué magnitudes estamos hablando, los investigadores de la Universidad de Oxford Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne publicaron en 2013 el trabajo The Future of Employment: How Susceptible are Jobs to Computerization?, donde vaticinaron que dentro de 20 años desaparecerá el 47%, de los empleos en Estados Unidos, y serán sustituidos por máquinas. Todo parece indicar que el resto de los países seguirán un camino parecido. En el estudio analizaron la probabilidad que tenían 702 tipos de ocupaciones distintas de ser suplantadas por ordenadores inteligentes en las próximas dos décadas. El siguiente cuadro muestra algunas de las más significativas:

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En general, se observa que la principal amenaza sobre la suplantación de trabajadores por parte de ordenadores inteligentes en un futuro inmediato recaerá sobre el sector servicios. En España, y según los datos de la última Encuesta de Población Activa,  el 76,3% de los puestos de trabajo tienen que ver con este sector.

Todas estas observaciones provocan una pregunta inquietante: si una parte creciente de la población deja de tener acceso a un empleo y, por lo tanto de recibir un salario, ¿dónde obtendrá los recursos que garanticen su subsistencia? En este sentido Rifkin señala que la posibilidad de que estas nuevas tecnologías nos liberen de cargas laborales que nos permitan disponer de más tiempo libre o que tengan como única consecuencia un desempleo masivo y una posible depresión a escala mundial, dependerá, en gran parte, de cómo cada nación haga frente al problema de los avances de la productividad.

“…si una parte creciente de la población deja de tener acceso a un empleo y, por lo tanto de recibir un salario, ¿dónde obtendrá los recursos que garanticen su subsistencia?”

La desaparición significativa de puestos de trabajo manteniéndose o, incluso, incrementándose el valor añadido generado, dará lugar, en un primer estadio, a que una mayor proporción de dicho valor recaiga sobre las rentas de capital. La búsqueda de la equidad a través de políticas de redistribución de la renta  deberá apoyarse cada vez más en las cargas fiscales al capital pero, ¿podrán las naciones imponer sus normas a unas grandes corporaciones bajo cuyo control se encuentre un porcentaje cada vez mayor de la producción bruta mundial?

En cualquier caso, no deja de resultar irónico que después de un siglo de lucha de la clase obrera contra la explotación a la que le sometía el capital, ahora resulte que dicha explotación vaya por fin a desaparecer pero no porque se hayan atendido todas sus reivindicaciones, sino porque el capital se esté buscando la vida para dejar de necesitar a la clase obrera.

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