¡No pienses en Trump!

¡No pienses en Trump!

“No pienses en Trump”, le conminó su psicoanalista al historiador de la Economía. Los últimos 45 minutos tumbado en el diván habían sido el relato de una pesadilla. Llevaba ya un mes largo, desde el 2 de noviembre, en que apenas dormía. Pasaba toda la jornada de trabajo y entretenía la vigilia del sueño leyendo toda la información que caía en su tablet y los análisis de politólogos, economistas, sociólogos y opinadores sobre el nuevo elefante que ocupará la Casa Blanca y tendrá a su disposición el maletín atómico. No le tranquilizaba nada que, con meses de antelación, un colega de oficio hubiese sido de los pocos que acertaron el pronóstico. Para eso se suponía que estaban los historiadores. Y también para establecer analogías entre el presente y el pasado.

Ay, el presente, suspiró. De nada valía ahora explicar que haber sido la candidata encubierta del establishment, las grandes fortunas y los conservadores selló la derrota de Clinton. O no saber medir hasta qué punto importaba la desconfianza creciente contra la globalización y las élites de las clases medias y trabajadoras empobrecidas a lo largo de la Gran Recesión. Los líderes demócratas estaban siendo pasto de la narrativa de la desigualdad y la quiebra del sueño americano. El ingreso real medio por hogar era básicamente el mismo en 1989 y en 2014. Los beneficios de las empresas habían vuelto a crecer sin que los trabajadores lo percibiesen en sus nóminas.

A un lector consumado de la historia norteamericana como él le dolía no haber valorado lo suficiente que un billonario exótico, empresario ligado a los peores excesos del capitalismo y disfrazado de antisistema de derechas fuese la alternativa inmediata al presidente Obama para más de sesenta y un millones de estadounidenses. Resultaba preocupante porque del recién elegido en realidad nada se sabe como político. Nunca lo ha sido ni ejercido. Muchos contrapoderes harán falta para frenar lo que en campaña sonaban a exabruptos y ahora serán decisiones en firme. Claro que, como contrapunto, Wall Street responde en positivo, la bolsa sube y se confía en un poderoso paquete de inversión pública en infraestructuras que ofrezcan oportunidades de negocio a grandes empresas privadas (y seguro que alguna de las grandes multinacionales españolas del sector optarán a esos contratos). Habrá que tomárselo con el mismo humor que la constructora mexicana que se ha ofrecido a construir el nuevo muro sobre el Río Grande

La ironía apenas sirve al observar el equipo en que Donald ha confiado. Islamófobos en política exterior, multimillonarios excéntricos para dirigir la economía, difamadores profesionales y aficionados a las teorías conspirativas para la política de comunicación o un negacionista del cambio climático para energía, además de varios generales y marines retirados para velar por la seguridad nacional. Los informes del New York Times sobre cada uno de ellos ponen los pelos de punta.

Buff, el pasado, resopló el historiador económico. Los valores del presidente electo se alinean lejos de los que hicieron de verdad grande América alguna vez. Precisamente por eso los paralelismos con los años treinta del siglo XX cortan la respiración. Todos sabemos en que acabó esa oleada de globalización, nuevo paradigma tecnológico, fin del patrón oro, crack de 1929, pobreza y respuestas populistas. No seamos catastrofistas. Quizás no haya que irse tan lejos. El mundo ha sobrevivido a algunos presidentes norteamericanos que fueron recibidos bajo sospecha. Reagan no fue tan peligroso como temíamos, pese a la guerra de las galaxias y su apoyo a las dictaduras, y contribuyó al fin de la Guerra Fría. Qué decir de Bush Junior inaugurando el siglo XXI a bombazos entre el Tigris y el Eufrates, o actuando de pirómano en la mayor quiebra financiera de la historia en el otoño de 2008.

Ni paralelismos ni analogías. El psicoanalista había diagnosticado que lo que realmente impedía al historiador económico entrar en la fase REM del sueño era la evidencia empírica de que lejos de ser episódicos, los efectos de las decisiones tomadas por estos personajes estereotipados no eran de corto plazo. Habían llegado para definir una época. La esencia de los reaganomics marcó la macroeconomía para siempre y mutó el papel de los gobiernos sobre el mercado. No nos engañemos, lo que decidan los policymakers norteamericanos entre 2017 y 2020 influirá en cómo será el mundo en las próximas décadas.

En realidad, lo que había desbordado y casi provocado una crisis de ansiedad al paciente historiador fue descubrir el truco del psicoterapeuta. Su recurso al inconsciente cognitivo a la Lakoff desvelaba que esa había sido la clave del éxito del Partido republicano, imponer Trump como mensaje, como una idea imposible de esquivar. Los votantes habían reaccionado a la demonización del candidato más extravagante dándole su voto. La identificación de la víctima con el agresor.

Si te quedan dudas, repítelo a ti mismo: “No pienses en Trump, no pienses en Trump”. Glups, un vaso de agua, por favor.

  1. Me resulta difícil , hay demasiada distancia para mi, entender las razones que soportan el resultado electoral norteamericano pero estoy muy de acuerdo con J. de la Torre que lo que decidan los policy makers americanos influirá de forma decisiva en cómo será el mundo en las próximas décadas. Primero por sus acciones e intervenciones directas, el impacto de EEUU es enorme en la economía y la geoestrategia y segundo por el efecto imitación que generarán sus posiciones y estrategias políticas en otros países.

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  2. Este relato tan bien escrito de una pesadilla unánime, me lleva a hacer pública una pregunta. Despés de sucesivos desastres de grandísima importancia (el gobierno protofascista de Hungría, el Brexit, el no al plan de paz en Colombia, el ascenso imparable de Le Pen, la victoria en las urnas de los islamistas radicales en Egipto o… los más de diez millones de votos -y el poder- en España a un partido corrupto) ¿no es hora de replantearse, al menos teóricamente, si el sistema de sufragio universal es la interpretación única o mejor de la democracia? (Perdonen que no me levante -dice el epitafio de Groucho- pero prefiero la incorrección política a la autocensura)

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  3. Un gran post Joseba!
    Totalmente de acuerdo, Jorge. Llevo ya algunos años pensando que el sufragio universal como sistema de selección de personal, al menos para el Ejecutivo, es francamente mejorable. En los últimos tiempos es tal la proliferación de presidentes corruptos, ignorantes, irresponsables, o simplemente bobos, democráticamente elegidos, que pone en evidencia que algo está fallando. En este sentido, la delegación del voto propuesta por los defensores de la “democracia líquida” podría ayudar a encontrar una nueva manera de hacer las cosas.

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