Pies de barro

Pies de barro

En un post anterior sugería que existe un error fundamental en la teoría económica que se presenta a los estudiantes en los libros de texto de cualquier nivel, desde el introductorio hasta el de los cursos de doctorado. Para describir este error fundamental es conveniente un breve apunte de Historia del Pensamiento Económico.

La teoría de un mercado competitivo es el paradigma más sólido del pensamiento económico y su construcción empieza con los autores de la llamada Revolución Marginal de finales del siglo XIX: Carl Menger en Viena, Stanley Jevons en Cambridge y sobre todo Leon Walras desde la cátedra de Lausanne. Marshall perfeccionó la teoría del mercado competitivo en su libro Principles of Economics y Kenneth Arrow y Gerard Debreu apuntalaron la descripción del equilibrio general walrasiano con herramientas matemáticas sofisticadas y gran precisión en el lenguaje.

Pero la esencia se mantiene. Y esta esencia no es difícil de describir. En el mercado operan dos fuerzas fundamentales, oferta y demanda. La oferta, una tabla que hace corresponder a cada nivel de precios las cantidades que se pondrán a la venta, se deriva de la tecnología de las empresas que componen la industria. La demanda, que es una lista de las cantidades que los compradores estarán dispuestos a adquirir a distintos precios, se deriva de las preferencias de los consumidores. En la interacción de estas dos fuerzas, existe un nivel de precios que vacía el mercado. Precios de equilibrio dice la teoría. Hasta aquí, todo lo que sabe un estudiante de introducción a la economía y según muchos economistas, todo lo que debería saber.

Pero detengámonos un momento porque en esa descripción no hemos enfatizado lo suficiente que la construcción de las dos fuerzas que determinan el equilibrio se hace de forma independiente. Es decir, que la demanda, por ejemplo, no depende en absoluto de la industria, ni de cómo se comportan las empresas en su afán de aprovechar nuevas oportunidades. Los consumidores están dotados de preferencias autónomas e inmutables –durante el período de análisis- que se han construido exógenamente sin interferencia de la industria ni del mercado. Preferencias que, según la microeconomía estándar, son completas y transitivas y representan los gustos de agentes que son inmunes al magma en el que se desarrolla la vida social. Invariables ante todos los mensajes que recibimos desde la aldea global.

Todo el mundo sabe que esto no es cierto. No digo que todos sabemos que es una simplificación con propósitos de análisis. Digo que todos sabemos que es falso. No existen tales preferencias exógenas, independientes de la industria, sobre las cuales se construye la función de demanda. Las preferencias de los agentes se construyen en el mercado. Especialmente desde los mensajes que genera la industria, pero no solamente con ellos. Nuestras preferencias, como cualquier proceso mental, responden a una manera de construir nuestros pensamientos. Y todos los sicólogos del comportamiento, desde Freud a Kahneman y Tversky saben que construimos nuestros pensamientos mediante una narrativa. Nuestra mente construye las preferencias sobre la base de los relatos que nos contamos a nosotros mismos en el proceso discursivo. Nuestro modo de pensar se realiza a través de un diálogo que relata una historia. Nuestra posición en ese diálogo cambia, interpretamos distintos papeles y argüimos a un lado y al otro de la retórica narrativa. En esa narración de nuestra mente, los mensajes que recibimos del exterior, y en particular del mercado juegan un papel relevante. A lo largo de una narración nuestras opiniones (nuestras preferencias) cambian con frecuencia en sentidos diferentes. Y los vendedores y los ejecutivos de ventas lo saben. Y los publicistas lo saben también. Su trabajo es saberlo. Y enviar su mensaje con la fuerza suficiente para entrar nuestra narrativa y conformar nuestra opinión y por tanto nuestras preferencias. La industria -el mercado- construye nuestras preferencias. La soberanía del consumidor es la metáfora que la industria usa para que esa construcción de nuestras preferencias no se note demasiado.

Marx no está de moda. Su teoría del valor trabajo (y la noción de explotación asociada) no funciona en tecnologías complejas ni cuando el trabajo es heterogéneo y sus predicciones sobre el colapso del capitalismo y el advenimiento del comunismo han resultado falsas profecías. Pero Marx también escribió sobre la interpretación económica de la historia. Nuestros valores, nuestras convicciones, nuestras opiniones, nuestros gustos, son fruto del modo de producción, o sea, del mercado. En términos modernos, pero igualmente fieles al espíritu de esta teoría, el modo de producción, la forma en que se organizan los mercados determina, al menos parcialmente, la narrativa con la que trabaja la mente. Nuestras preferencias.

Por lo tanto para construir una teoría del mercado (la palabra competitivo pierde su sentido ahora) deberíamos pensar que las empresas, las industrias, los vendedores, determinan tres valores: i) nivel esperado de ventas, ii) precios y iii) mensajes de generación de demanda. Estos últimos, que no aparecen en la microeconomía convencional, representan, medidos en términos reales, los costes de inducir en los consumidores la clase de narrativa que presuntamente requiere el producto. Son los costes de generar las preferencias adecuadas. Los consumidores, por su parte, reciben todos los mensajes. Éstos entran de una manera u otra en la narrativa con la que se construye nuestro discurso sobre la realidad. Junto con los precios, determinan las compras deseadas para cada nivel de ingreso. Si las compras igualan los niveles de ventas deseados por las industrias, hay equilibrio. En otro caso, las estrategias de generación de demanda no habrán tenido éxito y los precios o los niveles de stocks deseados, o ambas cosas a la vez deben ser revisados. Algunos ejecutivos y muchos trabajadores perderán su empleo. A esta situación se le denomina desequilibrio. Y esta nueva descripción del proceso de mercados no está muy lejos, desde luego, de los sucesos de 1929 y de 2008.

Akerlof y Shiller en dos libros que ya he mencionado Animal Spirits y Phising for Phools: The Economics of Manipulation and Deception describen muchos ejemplos reales en los que este esquema de equilibrio de mercado encaja mucho mejor con los sucesos económicos que la teoría convencional; desde la crisis del mercado de valores de 1929 hasta la crisis financiera e inmobiliaria del 2008. No hay en esos libros, ni en este post, ni en ningún artículo de investigación que sepamos, una aproximación formal a esta descripción del equilibrio. La última palabra sobre estas cuestiones todavía tardará en ser pronunciada. Lo que sí sabemos seguro es que, respecto a la centenaria construcción teórica del equilibrio de mercado, nuestro ídolo tiene pies de barro.

  1. Muchas gracias por el post, Jorge, que nos has tenido todo el verano en ascuas! Comparto tu visión de la necesidad de endogeneizar las preferencias y repensar como obtener la función de demanda. Y se me ocurren otros errores fundamentales de la teoría económica convencional: el agente representativo (todas las familias y empresas son iguales entre sí?), los rendimientos constantes a escala y decrecientes en términos marginales, la exogeneidad de la tecnología, la determinación del precio (casi) siempre para equilibrar un mercado de manera automática, la información (im)perfecta, etc. Y hay un tema que desde la macroeconomía hace tiempo que se discute, pero está sin resolver. ¿Son las expectativas racionales el instrumento adecuado para modelizar el comportamiento de los agentes económicos? Creo que no. Los humanos no tenemos la capacidad de procesar la información que exige la expectativa racional y como dicen Akerlof y Shiller somos simplemente “Animal Spirits”. En esto, y en otras muchas cosas, nos queda un gran desafío por investigar. Ànimo!

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  2. En efecto Mikel. Mencionas problemas relevantes a los que debe enfrentarse la teoría si de verdad ha de dar cuenta del hecho económico. Pero fíjate, algunos de los temas que suscitas han sido abordados con más o menos éxito. El problema de la agregación -el agente representativo- es una si útil para hacer con la macroeconomía un ejercicio microecnómico de equilibrio general. Me creo hasta cierto punto que la tecnología sea exógen porque las innovaciones necesitan tiempo, así que a corto plazo podemos prescindir de ellas. De la información imperfecta, han dado cuenta Akerloff (en un mercado de bienes) o Phelps (en el mercado de trabajo) y de la determinación de los precios de equilibrio dio cuenta Malinvaud en los 70 a través de un algoritmo iterativo que casi le vale el Nobel. Pero sobre la naturaleza de las preferencias en el equilibrio de mercado, nadie quiere oir hablar. Es demasiado duro. Pone en cuestion no elementos accesorios del paradigma, sino su esencia misma . Y no ha habido ningún intento serio de abordar esta cuestión. “Horror vacui”. Y una consigna tácita: huir hacia adelante. Y así nos va. Dos crisis de demanda catastróficas en menos de cien años.
    Un abrazo.

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    • Un post muy interesante Jorge. Sin embargo en mi opinión la formación de las preferencias por parte de la oferta, aún siendo crucial en el equilibrio agregado de la economía, no revoluciona el equilibrio individual. En sí lo veo como una inversión que en competencia monopolística permite vender la misma cantidad de producto a un precio mayor porque hay más personas que empujados por dicha inversión prefieren adquirir el producto. Cuantitativamente me resulta similar a una inversión tecnológica que amplía el margen de beneficio.
      La diferencia que aprecio es cualitativa y es que moralmente no es lo mismo aumentar el margen de beneficio reduciendo el coste por unidad de producto ( progreso tecnológico) que aumentando la disposición a pagar de los consumidores (manipulación de las preferencias), aunque desde el punto de vista del productor ambas estrategias son inversiones tecnológicas que provocan los mismos efectos. Sin embargo el segundo tipo de inversión choca con el mayor logro que el neoliberalismo presume haber aportado a la sociedad, la “libertad” de elección.
      Lo que me choca del post es que me lleva a interpretar que las crisis de 1929 y 2008 han sido provocadas por una ineficacia de las empresas a la hora de estimular la demanda. No se sí es lo querías transmitir o no, pero me parece que las preferencias estaban más que estimuladas, lo que no estaba en equilibrio era la capacidad de compra de esos deseosos consumidores. Una estimulación de las preferencias eficaz llevaría a desear equilibrios situados en el conjunto de posibilidades de los consumidores. Una solución a estos desequilibrios entre demanda estimulada y demanda real sería narrar a cada uno lo que debería consumir en vez de malgastar recursos en estimular su narrativa, pero volviendo al tema de la moralidad de las interpretaciones, esto iría en contra de la “libre” elección.

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  3. Pingback: Quiero conquistar tu corazón « De qué vais? #LosEconomistas

  4. Jorge, es un tema muy interesante y necesario. No se muy bien cuales son los motivos por los que la teoría económica convencional ha dejado de lado todas estas cuestiones que no encajan con el “homo economicus”. Quizás sea por la fascinación de algunos economistas por las matemáticas, la física y los modelos formales, y su olvido de la parte psicológica y social de los individuos, más difícil de formalizar matemáticamente. El propio Adam Smith en 1759 en su libro The Theory of Moral Sentiments mostraba una visión más completa del hombre y la influencia de los sentimientos, las pasiones originadas por el cuerpo y por la sociedad, las costumbres o la moda en su comportamiento. Pero el problema, que evidentemente existe, no está tanto en que los modelos no recojan estas variables, porque un modelo por definición es una representación abstracta y conceptual de la realidad. El problema está en la fe ciega en los modelos y en la radicalidad de algunos economistas que consideran que los problemas están en los mercados reales por apartarse de los modelos teóricos y no en los modelos mismos. La terminología lo confirma. Se habla de “fallos del mercado” o de “mercado imperfecto” cuando el mercado no cumple las asunciones de los modelos. En econometría se habla de “perturbación aleatoria” a lo que no se puede explicar con el modelo. ¿No sería más correcto hablar de “fallos de los modelos” y de “modelos imperfectos”? Esto nos ayudaría a tener un pensamiento más lateral, como se dice últimamente.

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  5. Un post muy interesante Jorge. Sin embargo en mi opinión, a efectos prácticos los mensajes de generación de demanda son prescindibles a la hora de incluirlos en las variables fundamentales a las que se enfrenta el productor.
    Estos costes me resultan aproximables a una inversión tecnológica ya que el efecto presumible es un mayor margen de beneficio en las unidades intercambiadas (y un mayor un número de unidades intercambiadas). En competencia mopolística una inversión en publicidad genera un aumento de los costes fijos y una disposición a pagar mayor por la misma cantidad de producto, lo que sería equivalente a generar un ahorro en los costes unitarios de los productos provocado por un progreso tecnológico. La diferencia fundamental que aprecio es cualitativa, y es que al invertir en mensajes generadores de demanda el aumento en la disposición a pagar se obtiene por la manipulación de las preferencias de los consumidores, y esto choca con uno de los pilares del neoliberalismo, la “libertad” de elección.
    Por otro lado me sorprende interpretar que las crisis de 1929 y 2008 se produjeron por una ineficacia de los mensajes generadores de demanda, no se sí es lo que querías transmitir o no. En mi opinión los mensajes generadores de demanda cumplieron su cometido al estimular los deseos de los consumidores, pero no se vieron correspondidos con un reparto del valor añadido suficiente como para generar esa demanda que había sido estimulada. Una campaña publicitaria sería rentable si cada unidad monetaria invertida en ella estimulase la demanda en más unidades monetarias de las invertidas. Las unidades invertidas en generar deseos que no se ven acompañados de aumentos de demanda son un derroche. Este derroche se podría evitar con publicidad coordinada y extremamente dirigida o directamente narrando al consumidor lo que debe comprar en vez de tratar de estimular su narrativa interna, pero esto de nuevo choca con la “libertad” de elección.
    Así que en conclusión y haciendo un guiño a Javier, viendo que la parte cuantitativa del modelo se puede modificar para obtener los resultados deseados tal vez deberíamos olvidar la parte cualitativa y seguir confiando en que en Autocontrol anunciantes, agencias y medios sigan trabajando por una buena publicidad: veraz, legal, honesta y leal.

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