Animal Spirits

Animal Spirits

Desde hace casi una década he estado predicando, como Simón en el desierto, que la teoría económica clásica, la que aparece en todos los manuales incluyendo el mío propio pero también los de economistas mucho más competentes (Samuelson, Phelps o Krugman, todos premios Nobel), adolece de un grave defecto de fundamentos. Y que bien pudiera ser que dicha teoría fuese a la economía lo que la física ptolomeica a la descripción del sistema solar: un error. Un serio y grave error.

“… la teoría económica clásica, la que aparece en todos los manuales incluyendo el mío propio pero también los de economistas mucho más competentes (Samuelson, Phelps o Krugman, todos premios Nobel), adolece de un grave defecto de fundamentos.”

Los estudiantes parecen bastante sensibles al contenido de esta crítica e incluso se extrañan de que el error que detecta no haya sido un clamor y que la main stream del pensamiento económico contemporáneo no haya sabido (con excepciones) dar cuenta de este fundamental desvarío teórico.

Pero cuando la prédica se propone ante académicos de prestigio las cosas cambian y mucho. Dos ejemplos servirán. Propuse la tesis del error fundamental a Laurence Kranich, de la Universidad de Nueva York. Kranich trabajaba en cómo medir la igualdad de oportunidades a través de la diferencia de cardinal de conjuntos de oportunidades, mientras que nosotros usábamos el cardinal de la intersección de dichos conjuntos. Cuestiones importantes, pero técnicas. El caso es que cuando conté a Kranich mi versión del error de bulto de la teoría, contestó con un claro I cannot buy it. ¿Qué quería decir exactamente con no puedo? ¿Era una imposibilidad lógica? ¿O tal vez era que aunque quisiera comprar el argumento, no podía porque aceptarlo significaría romper con más de un siglo de ciencia económica? No lo sé. La respuesta venía acompañada de un tono seco y contundente. Cambiamos de conversación.

El segundo ejemplo involucra a uno de los autores más importantes de la teoría económica contemporánea: Ariel Rubinstein. Ariel ha escrito artículos innovadores sobre la teoría de la decisión y es reconocido como una personalidad extraordinaria destinada a recibir reconocimientos mayores. No en vano oí a Robert Aumann, premio Nobel de Economía, definir a Ariel como “young remarkable fellow”. Conociendo a Bob Aumann, que no prodiga elogios, este es uno de excepcional valía.

Conté a Ariel el contenido del error fundamental. Lo hice confiando en la receptividad que auguraban sus escritos en los que siempre planea una crítica y una alternativa a la teoría económica convencional. Rubinstein escuchó mis argumentos, movió la cabeza y siguió concentrado en el plato que había pedido. Y eso fue todo.

Lo he contado en muchas más ocasiones. Sobre todo a académicos con buen entrenamiento matemático, porque aceptar esa tesis y tratar de publicarla requiere una construcción alternativa a la que sólo podríamos aspirar con un modelo matemático riguroso. Pero el éxito de ese intento ha sido nulo. Cierta complicidad lejana, y respuestas del tipo: Curioso. No está mal. Pero volvamos a lo nuestro. En el fondo nada muy diferente del I cannot buy it de Larry Kranich.

“… el comportamiento usual de los agentes en los mercados no es el del agente racional que supone la teoría económica desde el marginalismo de finales del siglo XIX.”

Sin embargo -la venganza es un plato que se sirve frío- en el año 2009, Akerlof y Shiller publicaron un libro de cuyo título, Animal Spirits, es copia el de este post. El subtítulo de ese best seller mundial es revelador: How Human Psychology Drives the Economy, and Why It Matters for Global Capitalism. En el libro desarrollan una idea que va en la misma dirección de la tesis del error fundamental. George Akerlof es profesor en Berkeley y premio Nobel del año 2001. Bob Schiller lo es en Yale y también Nobel de Economía (del 2013). En su libro, A&S sostienen que el comportamiento usual de los agentes en los mercados no es el del agente racional que supone la teoría económica desde el marginalismo de finales del siglo XIX. Que los consumidores y los inversores actúan siguiendo patrones que se basan en pasiones, emociones, historias, valores y un largo etcétera. Keynes llamó a los agentes económicos (en particular a los inversores) animal spirits. Animal toma en esta frase su valor etimológico. Viene del latín anima, alma. Los espíritus del alma, en contraposición al espíritu de la razón, dominan nuestras decisiones, sobre todo las más importantes y constituyen la clave para entender el por qué de las violentas crisis de la historia económica moderna.

En 2015, Akerlof y Shiller volvieron a la carga con otro libro extraordinario: Phising for Phools: The Economics of Manipulation and Deception. El título es un juego de palabras (casi) intraducible, de modo que la versión española que acaba de publicarse simplemente se titula “La economía de la manipulación”. Phising, según el Oxford English Dictionary, es la actividad que se lleva a cabo en Internet extrayendo mediante argucias información relevante del usuario que se puede usar a favor del defraudador y en contra de la víctima. Phool es la víctima de ese fraude. Pero Akerlof y Shiller extienden esta práctica a la vida corriente de la gente que opera en los mercados, es decir, de todos nosotros.

Si nuestras decisiones como consumidores, compradores de casas, prestatarios hipotecarios o inversores financieros están dominados por nuestro animal spirit, entonces hay un resquicio por donde otros agentes del mercado pueden entrar en esas decisiones. Y allí donde hay una oportunidad de beneficio, será aprovechada porque esa es la verdadera definición de equilibrio económico: una situación donde todas las oportunidades de beneficio son aprovechadas.

Bien, esta es la historia de la presentación, la gestión y tal vez el triunfo de una tesis. Pero… ¿Dónde está el error fundamental que ahora, después de las obras de estos dos ilustres economistas, estamos mejor preparados para defender? Todo lo bueno se hace esperar es el mantra del editor de este blog. Así que tendrán que esperar. Como dice Terminator, volveré.

  1. Jorge, desde una perspectiva muy diferente a la tuya voy llegando a la misma conclusión respecto al Derecho de consumo europeo: los consumidores no son seres racionales a los que basta con dotar de toda la información posible y correcta para que tomen decisiones acertadas.
    Los sesgos cognitivos del consumidor son aprovechados por los comerciantes y empresarios para hacerles llegar a donde ellos quieren. El Derecho de Consumo se dirige a un tipo de consumidor inexistente. La revolución cognitiva (Kahneman y compañía) tienen mucho que decir al respecto… saludos

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  2. Pingback: Otra vuelta de tuerca « De qué vais? #LosEconomistas

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