El dilema nuclear y la defensa del consumidor

El dilema nuclear y la defensa del consumidor

Este 26 de abril sonarán sirenas de luto en recuerdo de las víctimas del mayor accidente nuclear del siglo XX, hace ahora treinta años. La efeméride al menos sirve para que el debate nuclear ocupe de nuevo la escena, aunque sea fugazmente. La controversia entre partidarios y detractores de esa forma de energía en sus términos básicos es bien conocida y está marcada por los accidentes en las centrales nucleares de Three Mile Island (1979), Chernóbil (1986) y Fukusima (2011). Los más graves fueron estos dos últimos tanto por el impacto en vidas humanas (fallecimientos y enfermedades por efecto de la radiación) como por los costes económicos (muy difíciles de calcular al haber inhabilitado durante cientos de años el hinterland directamente afectado para cualquier actividad). Pero más allá de los costes, para los defensores de una alternativa energética diferente, cada una de estas tragedias ha evidenciado la derrota ética de quienes pensaron que la reacción en cadena conduciría a la especie humana a la felicidad.

mapa nuclear

Una electricidad abundante, barata y segura llevaría a una senda de progreso sin precedentes. Expresado así en 2016 parece una simplificación, pero hacia 1955 es lo que creyeron, a ambos lados del Telón de Acero, los gobiernos norteamericano y soviético. Era algo más que la propaganda propia de la Guerra Fría. Ese año, la Conferencia de Ginebra sobre la Utilización de la Energía Atómica con Fines Pacíficos, terminaba con el secreto científico e inauguraba el tiempo del optimismo nuclear. Un optimismo incluso naïve porque parecía desconocer los riesgos. “Todos estábamos educados en la idea de que el átomo soviético para la paz era tan poco peligroso como la turba o el carbón”. “Mi idea de la central atómica era por completo idílica. En la escuela, en el instituto, nos enseñaban que eran unas fantásticas ‘fábricas que producían energía de la nada’, donde trabajaban unas personas con batas blancas que apretaban botones”. “Usted lo habrá olvidado … pero entonces … las centrales eran el futuro”. Son algunas de las voces de Chernóbil rescatadas por Svetlana Alexievich, pero idéntica retórica también se dio en los países occidentales para persuadir a los ciudadanos: los usos de la energía atómica nada menos que mejorarían el bienestar general, aumentando el nivel de vida, la libre competencia de las empresas y la paz mundial. En palabras de Churchill la energía atómica sería la fuente perenne de la prosperidad.

¿Cuándo se rompió ese idilio? Y, sobre todo, ¿cuándo fue sustituido por el pesimismo nuclear que pudo contribuir a la paralización de nuevas centrales en Norteamérica y Europa? La respuesta es que no hubo que esperar a un accidente grave que extendiese el pánico, ni a que los costes económicos por el incremento de escala de las centrales y una seguridad cada vez más exigente pusiesen en peligro su viabilidad financiera. Ni siquiera a que el activismo contracultural, la poesía beat y la crítica política alumbrase el pensamiento hippie y el ecologismo bajo el sol de California.

Fue mucho más determinante la voz de algunos expertos que habían participado en la regulación de ese tipo de energía. Rescato el testimonio de David E. Lilenthal (ver foto de la izquierda), primer foto nuclearpresidente de la Comisión de la Energía Atómica de Estados Unidos (AEC) entre 1946 y 1950. En 1963 este doctor en Derecho por Harvard y asesor de grandes empresas internacionales publicó Change, Power and the Bomb [aquí tenéis el libro], una reflexión muy personal que, sin rechazar la energía nuclear, causó estupor entre los científicos, ingenieros, empresarios y políticos de todo el mundo que se habían embarcado en la utopía nuclear. Lilenthal advertía que esos programas “no debían llevarse a cabo hasta que los riesgos sustanciales para la salud sean eliminados”. Sería “particularmente irresponsable seguir adelante con la construcción de plantas de energía nuclear a gran escala” mientras no hubiera un “método de eliminación de residuos nucleares”.

Y no lo planteaba como un axioma antinuclear, sino como una defensa de los ciudadanos como consumidores. Nadie mejor que Lilenthal para formularlo. Como abogado se había enfrentado a los acuerdos de colusión de los grandes consorcios de la electricidad, el gas y la telefonía en el Chicago de los años veinte. Contribuyó personalmente a la derrota de estos oligopolios que implicó una reducción sustancial de precios y tarifas para los consumidores. Ese prestigio logrado en la defensa del interés general le situó como presidente de la Tennessee Valley Authority (TVA), la mítica institución que aceleró al electrificación de una de las zonas más castigadas por la Gran Depresión. Luz abundante y barata para los agricultores empobrecidos y para las empresas públicas y privadas que se expandieron durante la Segunda Guerra Mundial. La TVA había garantizado el suministro eléctrico del Proyecto Manhattan y, con él, el nacimiento de la nueva era atómica. Linlenthal había participado indirectamente en el éxito de la bomba atómica, y después como director de la AEC directamente en establecer el control civil sobre el vasto programa de desarrollo de la energía nuclear norteamericano. Era por tanto un experto que solicitaba la paralización del programa nuclear ¡en 1963!

Volvamos a Chernóbil parando en Guadalajara. Tan solo quince días después de la catástrofe de Ucrania un grupo escaso de agricultores, ganaderos y ecologistas se manifestaba frente a la central nuclear de Trillo. La guardia civil tomaba nota de sus gritos (“Nunca más energía nuclear”, “Moratoria nuclear, no queremos morir más”, “Nucleares mata gente en Oriente y Occidente”, “Chernóbil nunca más”, “La solución, Trillo demolición”) y pancartas (“La energía nuclear mata”, “Zorita y Trillo, pan para hoy y hambre para mañana – contaminación eterna”, “Hoy la URSS, mañana aquí”). No lejos de allí, siguen hoy paralizadas las obras del Almacén Temporal Centralizado (ATC) que debería acoger los residuos de las centrales atómicas españolas. Un asunto que, de todos los países nucleares, sólo está cerca de resolverse de manera permanente en Finlandia. El dilema de Lilenthall persiste más de medio siglo después.

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