¿De qué hablamos cuando decimos que queremos cambiar el modelo productivo?

¿De qué hablamos cuando decimos que queremos cambiar el modelo productivo?

Durante el periodo electoral que acaba de concluir, hemos oído con insistencia que es urgente cambiar el modelo productivo de la economía española y han reaparecido en el debate palabras como innovación, talento, recuperación de la industria y digitalización. Pero la realidad es más tozuda. El modelo productivo surgido de la crisis no se diferencia sustancialmente del que nos metió en ella. Seguimos teniendo una economía industrial y de servicios, de baja productividad. Nuestra economía no está generando actividades de alto crecimiento y empleo cualificado que resistan mejor la competencia global. Seguimos instalados en un equilibrio de bajos salarios, alta precariedad laboral y limitado valor añadido empresarial. Es verdad que observamos start ups que inician su andadura sobre bases tecnológicas innovadoras pero estas iniciativas, dado el tamaño de la economía española, resultan claramente insuficientes para generar un crecimiento robusto y un empleo de calidad compatible con salarios más altos.

“El modelo productivo surgido de la crisis no se diferencia sustancialmente del que nos metió en ella.”

El problema de esta fotografía, es que los fundamentos microeconómicos de la competitividad de la economía española no se han modificado sustancialmente en estos largos años de crisis. La base de empresas que sostienen la economía no es muy distinta de la que existía en la década pasada.

El ejemplo de economías más avanzadas como la alemana o norteamericana es muy diferente. Allí las empresas utilizan muchos recursos intangibles para desarrollar nuevos productos, explotar sus capacidades y así establecer posiciones competitivas difíciles de imitar por sus rivales. Por el contrario, muchas de nuestras pequeñas y medianas empresas tienen una reducida capacidad para generar nuevas ideas, utilizan tecnologías convencionales y no son capaces de renovar la cartera de sus productos y así ofrecer nuevos bienes y servicios de mayor calidad. ¿Y dónde se encuentran los principales obstáculos para avanzar hacia una empresa y una economía española más innovadora?

Nuestras debilidades para incorporar nuevos activos intangibles, están tanto en el lado de la oferta de conocimiento como en la demanda. En la oferta, la inversión pública y privada en I+D lleva reduciéndose dramáticamente desde 2008. Además la enseñanza en sus distintas dimensiones; formación reglada, profesional y continua es mediocre y poco sensible a las necesidades de las instituciones y empresas. Las universidades compiten mejor en investigación básica que haciendo innovación y trasfiriendo tecnología a las empresas, y el conocimiento de los universitarios se devalúa por las limitadas competencias que tienen para aplicarlo.

Hay también problemas en la demanda, porque las empresas españolas invierten muy poco en I+D y como consecuencia gestionan una insuficiente dotación de recursos intangibles en sus procesos y en sus productos. La baja intensidad innovadora de muchas empresas, sobre todo pequeñas y medianas, constituye un obstáculo que les impide competir mediante la diferenciación. La fragmentación del tejido empresarial, la limitada cualificación de muchos empresarios y el deficiente funcionamiento del gobierno empresarial debilitan la capacidad para incorporar empleo cualificado. Es necesario utilizar mejores diseños internos y desarrollar nuevas ideas y capital tecnológico que refuercen la productividad empresarial. Todo ello hace que la economía española se posicione en un equilibrio de baja productividad, bajos salarios, empleo precario y escasa formación e innovación.

“…hay que construir un entorno para la innovación que genere, difunda y aproveche bien el talento.”

Por todo ello, la modernización del tejido productivo resulta difícil y requiere actuar sobre las dos vertientes del problema. Hay que mejorar la calidad de los factores que aportan conocimiento como universidades, centros docentes, de investigación y tecnológicos y hay que remover los obstáculos que limitan al tejido industrial para que utilice con más eficacia el talento y las ideas.

En definitiva, hay que construir un entorno para la innovación que genere, difunda y aproveche bien el talento. Sólo así empezaremos a construir sobre bases serias y menos retórica, un programa de modernización del tejido empresarial. El cambio de modelo productivo, del que tanto se habla y nadie dice cómo se hace, sigue sin aparecer. Es más una aspiración que una visión bien definida que permita alcanzar otros equilibrios con mejores propiedades que el actual. Las economías no tienen vida propia sino que evolucionan a partir de los estímulos que definen sus reglas de funcionamiento, normas, valores, instituciones y mercados. Si no mejoramos el ecosistema del conocimiento facilitando la coordinación y estableciendo incentivos que fomenten la excelencia y la cooperación entre los principales actores que lo configuran, no avanzaremos en la modernización de la base empresarial de la economía española y por tanto, la economía continuará teniendo las deficiencias y debilidades que nos han conducido a la situación en la que nos encontramos.

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