¡Viva la Revolución!

¡Viva la Revolución!

“Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No; es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza…”

Esta era la declaración de principios de “Trópico de Cáncer”, la primera novela de Henry Miller, cuya versión inglesa tuvo que ser editada en París (imposible pasar la censura americana) y que dio a su autor un nombre en el underground literario mundial.

Durante mis años universitarios en el cutrerío del tardo-franquismo, la de Miller fue una de mis novelas favoritas. Pero no ha encajado bien el paso del tiempo y, como toda la obra de su autor, se resiente a los ojos del lector de hoy. Por qué algunas obras aclamadas pierden su validez y resultan menos atractivas incluso para los mismos lectores que las ensalzaron mientras que otras permanecen igual de válidas o mejoran con el tiempo es una cuestión de lo más interesante pero, como diría Kipling, esa ya es otra historia.

Este post tampoco es el usual de mi tarea como economista, sino que está escrito con la mirada del ciudadano. De uno más de los ciudadanos airados de este país que, como Miller, querría escribir un libelo, una difamación, un insulto, un agravio…

“… un país sometido por la corrupción ubicua, asoladas sus instituciones por la élite extractiva…”

Durante los cuarenta años que van desde la desaparición del dictador cuya muerte fue, en sí misma, una obra surrealista en toda regla, unos cuantos partidos, entre tres y cinco incluyendo los nacionalistas, han estado en el poder, sea el central o el autonómico. El resultado de los diferentes gobiernos tiene sus luces y sus sombras, cómo no. Pero el recuelo que ha quedado a la luz después de la virulenta crisis en la que ya llevamos ocho años, es el de un país sometido por la corrupción ubicua, asoladas sus instituciones por la élite extractiva, y que ha hecho del latrocinio más feroz la forma usual del comportamiento partidista. Y no solo eso. Cada una de las grandes estructuras que constituyen pilares fundamentales de una sociedad abierta, como la educación, la administración de justicia, el sistema legislativo o la organización territorial, ha sido patrimonializada, subastada en los lupanares y desposeída de todo atisbo de inclusividad y de servicio al ciudadano. Todas. Todas y cada una.

Algunos políticos, entre ellos de manera conspicua el actual presidente del gobierno, pero no sólo él, han dicho una y otra vez que, en el caso de la corrupción, se trata de casos puntuales, de individuos que habían traicionado la confianza de sus mentores, de situaciones aisladas que no eran extensibles al sistema. Que la inmensa mayoría de los políticos eran honestos y que el sistema en su conjunto respondía satisfactoriamente a las exigencias de una democracia avanzada. No sé si estas afirmaciones del presidente del gobierno se hacían en la tribuna parlamentaria mientras Celia Villalobos, una histórica voz de su partido, unida en matrimonio al oráculo del presidente mismo, jugaba a un juego con su iPad que, para mayor castigo, se les suministra a los parlamentarios con recursos públicos.

“… le anuncio que una revolución (aunque pequeña) es posible, factible y al alcance de sus manos, de nuestras manos.”

¿Ha llegado usted hasta aquí? ¿Siente que lo que está leyendo se identifica en parte con lo que piensa o ha pensado? ¿Nota o ha notado la misma sensación de asfixia espiritual? ¿Siente o ha sentido a veces que simplemente no hay nada que hacer porque los que tendrían que hacerlo son los mismos que han construido el sistema que hace posible todo el cenagal?

Si la respuesta es que sí, está usted de enhorabuena.

Porque traigo buenas noticias hoy. Porque le anuncio que una revolución (aunque pequeña) es posible, factible y al alcance de sus manos, de nuestras manos. Así que me he permitido titular el post con ese grito que Emiliano Zapata elevó al aire a principios del siglo XX en la república de México, tan asolada entonces (y hoy) por lacras no muy diferentes de las que he estado mencionando. Elia Kazan registró con una maestría memorable la vida y la muerte de Zapata, y Marlon Brando le prestó su mirada inigualable. Una obra de arte que perdura y se mantiene viva pese a los años transcurridos desde su rodaje. Pero esa, como diría Kipling, es otra historia.

No sé si estamos condenados a que ocurra siempre lo mismo. Si hay algo como un karma mediterráneo que nos hará volver una y otra vez al mismo día de la marmota; pero podemos ensayar un nuevo elixir aunque debamos atenernos a la regla búdica del desapego por los resultados.

Esta es la receta: borrar del mapa político a todos los partidos que han estado en el sistema durante estos cuarenta años. Todos. Todos los que han tenido cargos, gobiernos, consejos, puestos en las instituciones. Basta con no votarles. Todos fuera, aventados por la lucidez ciudadana. A diferencia del pasado, hoy tenemos alternativas. Existen partidos que no han tenido arte ni parte en la gestión de la basura. Son los partidos nuevos. Los hay más o menos de (centro) derecha y más o menos (radicales) de izquierda. Así que no importa de qué forma ve usted la solución. Por ejemplo, si el sistema capitalista le gusta poco, si cree en la preponderancia del papel del estado, en el igualitarismo de los ingresos, en las restricciones al capital financiero y en las tasas impositivas marginales elevadas, vote a Podemos. Si cree que el sistema de mercados es el menos malo, si confía en la libertad y la iniciativa privada y en la igualdad de oportunidades, vote a Ciudadanos.

Si ninguno de los partidos que han estado cocinando el cristal del sistema recibiera un solo voto, o, para ser más realistas, recibiera solo un número de votos poco significativo, estaríamos ante una revolución. Incruenta, pacífica, democrática, pero una verdadera y gratificante revolución. ¡Viva!

  1. Creo que tienes razón, aunque como dice el dicho más vale malo conocido que bueno por conocer.
    De todas formas es impresionante con el tema de la corrupción, cómo en otros paises también se dan casos pero los culpables al ser descubiertos, confiesan el haber robado dinero, e instantaneamente dejan el cargo, y no esperes volver a verlos en política en lo que les queda de vida. En cambio en España no, da la sensación de que les importa cero que sean descubiertos y que se sienten hasta superiores. No dejarán la política ni por asomo y encima les verás reelegidos en las elecciones siguientes.
    No es sólo que roben, sino que es también culpa nuestra volver a votarles sabiendo lo que van a volver a hacer.
    El problema es que esto no se castiga. Se persigue más a una mujer que usa una tarjeta de crédito ajena para poder comprar comida y pañales a su bebé porque no tiene recursos, en vez de perseguir al politico que se está haciendo un nuevo fondo de armario y se está construyendo una nueva casa en ibiza para el verano, yate incluído, ojo eso sií, con el dinero del contribuyente.
    Se ríen en nuestra cara, pero nosotros les reímos las gracias.

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  2. A veces las personas queremos que las cosas cambien, pero sin cambiar nosotros. Para cambiar necesitamos ver las consecuencias que tiene no hacerlo. De todas formas las encuestas electorales anticipan un cambio importante, Jorge. Los dos partidos que mencionas no tuvieron ningún diputado en las últimas elecciones generales.

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