Doctor Jekyll y Mister Hyde

Doctor Jekyll y Mister Hyde

La economía, como el personaje de Stevenson, saca a pasear sus dos almas. La neoclásica por una parte, con su interés por el funcionamiento del mercado, por la noción de equilibrio y por la racionalidad; y la otra, la de John Maynard Keynes, la de la escuela de Cambridge y el programa político del New Deal, con su mirada en la prosperidad compartida y en el papel del estado moderno. Ningún tema podría representar mejor esas dos almas que el continuo debate sobre el salario mínimo y sus efectos sobre el mercado de trabajo y, en particular, sobre la tasa de desempleo.

Los economistas, cómo no, toman posiciones antagónicas. Incluso un mismo economista puede hacerlo (lo cual tiene su mérito, claro). Por ejemplo, Paul Krugman. En su texto introductorio Krugman analiza los efectos de los controles de precios sobre los mercados y al igual que en práctica totalidad de los manuales, señala cómo en un mercado competitivo de trabajo no cualificado, la implantación o el aumento del salario mínimo significativo, es decir, por encima del salario de equilibrio, conduciría a la aparición de una bolsa de paro (o aumentaría el ya existente). Así que, advierte la economía clásica, es necesario tener cuidado porque de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Los economistas progresistas han sostenido diversidad de argumentos contra este resultado. Sin ser exhaustivos: i) que los mercados de trabajo no son competitivos; ii) que en ellos la mercancía es la naturaleza humana y que tal cosa no se aviene con el equilibrio competitivo y con el fantasma del subastador walrasiano; iii) que la participación de los trabajadores en el Ingreso Agregado aumenta con el salario mínimo porque la curva de demanda es bastante inelástica; iv) que, como consecuencia de lo anterior, a medio plazo el aumento de las rentas del trabajo aumenta el consumo agregado, el PIB y a la postre el empleo…

Una defensa especialmente interesante del salario mínimo es la que hace Richard Sutch en un informe para el National Bureau of Economic Research (NBER) de los Estados Unidos de América (EE.UU.), en 2010. De acuerdo con este informe, los argumentos sobre el salario mínimo han olvidado sus efectos a largo plazo. Las estimaciones que lleva a cabo Sutch muestran que la implantación del salario mínimo produce, en efecto, un exceso de oferta en el mercado no cualificado. Pero a largo plazo, este efecto induce a los adolescentes a invertir en capital humano y cualificarse. Esto, concluye, hace disminuir en el largo plazo la oferta de trabajo no cualificado con los dos efectos subsiguientes: una disminución del empleo (menor contratación de trabajadores no cualificados) y, a la vez, una disminución del desempleo (los que deciden seguir estudiando e invierten en capital humano dejan de buscar trabajo y por tanto de considerarse desempleados).

Pero volvamos al corto plazo y a Krugman, quien, en una serie de posts en su blog, arremete contra los conservadores (¡y contra su propio texto introductorio!) y ensalza a golpe de incensario la política del admirable Barack Obama que en el Discurso del Estado de la Unión ha propuesto llevar el salario mínimo hasta los 9 $ por hora.

El argumento más académico para esta posición está basado en un artículo de David Card y Alan Krueger (C&K) publicado en The American Economic Review en 1994 y cuyos resultados revalidaron en otro informe de 1999. C&K examinan las consecuencias del aumento del salario mínimo sobre el empleo en los restaurantes de comidas rápidas del estado de New Jersey frente a los del estado vecino de Pennsylvania en el que el salario mínimo se mantuvo constante. He aquí los resultados:

  • Los datos indican que no hay evidencia de que el aumento de salario mínimo en New Jersey redujera el empleo en los restaurantes de ese estado.
  • Y además, los precios de las comidas en los restaurantes de New Jersey aumentaron en relación a los de Pennsylvania, sugiriendo que la carga del aumento del salario mínimo se trasladó a los consumidores.

La implicación para muchos escolares, sobre todo keynesianos, estaba clara: el modelo neoclásico no tenía respaldo en la evidencia empírica. Los datos ganaban a la teoría. Krugman ganaba a Krugman.

En este punto es necesario subrayar lo obvio: que los economistas tenemos ideología. Que todos nosotros sentimos propensión a escoger los resultados de los estudios empíricos que nos interesan para reforzar nuestras convicciones por limitados que sean su ámbito y su metodología. A pesar del impresionante debate suscitado por el artículo de C&K, podemos preguntarnos si un estudio llevado a cabo en un sector específico, en un ámbito puramente local y en un contexto dado, puede servir para poner en cuestión los argumentos de la teoría. El (humilde) autor de este post tiene su propia ideología, claro, y no se sitúa para nada más allá del bien y del mal. Los lunes y miércoles soy más keynesiano; los martes y jueves me pronunciaría a favor de los argumentos neoclásicos de los libros de texto, incluyendo el de Krugman y el mío. Los fines de semana, ácrata, que es mi ideología vocacional.

Pero volvamos a lo que nos ocupa. En un informe de 2013, nuevamente del NBER, David Neumark y William Wascher sostienen que los efectos del salario mínimo sobre el empleo pueden variar mucho según los segmentos de población elegidos y según las circunstancias del estudio, pero en conjunto y para una gama muy amplia de escenarios suficientemente generales, encuentran “evidencia global de que los salarios mínimos ofrecen un intercambio entre una elevación de salarios para algunos y las pérdidas de empleo para otros”. En otras palabras, dicen, los salarios mínimos pueden sacar a algunas familias de la pobreza y hacer más probable para otras caer en ella. Puro modelo neoclásico.

Un poco de literatura más reciente. En febrero de 2014, una institución tan poco partidista como la Oficina Presupuestaria del Congreso de EE.UU., emitió un informe titulado “Los efectos del aumento del salario mínimo sobre el empleo y la renta de las familias” que exploraba, para la totalidad del mercado de trabajo en EE.UU. dos escenarios: subir el salario mínimo, en el momento 7,25 $/hora, a 10.10 $ o a 9.00 $. El informe concluía que había dos tipos de compensaciones. Bajo el escenario de 10,10 $, habría un total de 500.000 despidos en todo el mercado de trabajo, pero alrededor de 16,5 millones de trabajadores vería una mejora sustancial en sus ingresos semanales. En el escenario más modesto de los 9 $, habría una reducción de solo 100.000 puestos, mientras que 7,6 millones de trabajadores aumentarían sus ingresos semanales. Puro modelo neoclásico.

¿Y de lo nuestro? ¿Qué se puede decir sobre el mercado de trabajo y sobre las consecuencias del aumento de salario mínimo sobre el empleo en España?

Las estimaciones más relevantes se limitan al empleo juvenil (menores de 30 años) lo cual es razonable puesto que la mayor parte de la oferta está formada por adolescentes, en su mayor medida, y por jóvenes mayores de edad. La práctica totalidad de esos trabajos (González Güemes,1997, Dolado et al., 1999, etc.) comparten un resultado fundamental con independencia del substrato teórico que les da soporte: los incrementos del salario mínimo legal reducen el empleo de los jóvenes en el conjunto del país. Además, la reducción del empleo es altamente significativa entre adolescentes (16 a 18 años) y mucho menor, para el resto de los jóvenes.

Después de todo esto ¿podemos afirmar que la evidencia empírica contradice el modelo neoclásico y que, por tanto, los datos ganan a la teoría? Aunque siento casi tanta aversión por las respuestas como atracción por las preguntas, mi contestación es negativa. Y altamente provisional. Lo único tengo por seguro es que la última sílaba sobre estos asuntos todavía tardará en ser pronunciada.

Y ahora perdonen que les deje. Es miércoles; debo ir a mi clase de Economía a explicar el modelo del mercado de trabajo y los efectos negativos de la política de salarios mínimos.

  1. Conclusión: habría que elevar el salario mínimo y elaborar políticas dirigidas a aquellos que perderían su empleo (por ejemplo el trabajo garantizado que propone Atkinson)

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    • Gracias a Javier Rodríguez por su aportación, que me ha obligado a volver sobre esa idea de Ilustres economistas. El trabajo garantizado es, sin duda, una excelente idea que sólo tiene un defecto: que es impracticable. No sólo por su financiación sino también por la cantidad de control público que es necesaria para su implementación. El New Deal fue magnífico para su época, pero irrepetible, a mi juicio.

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      • Estimado Jorge, convivimos cada día con instituciones que fueron declaradas impracticables. El salario mínimo es una de ellas, la democracia otra. Para saber si una política es impracticable hay que hacer las cuentas y tratar de implementarla. Respecto a las cuentas, Atkinson (2015: 141-42) maneja cifras inferiores al 1,5% del PIB. Y dado que ya existen programas de este tipo, el esfuerzo adicional que se requiere es incluso menor. No parece que por allí vaya a haber un gran problema. Sobre lo segundo, me parece difícil aceptar que estados desarrollados como los europeos, que administran sistemas sanitarios, tributarios o de seguridad social hiper complicados tengan problemas administrativos reales para implementar el trabajo garantizado. Como dije, existen demasiadas instituciones “impracticables”. Creo que es más bien una cuestión de decisión política.
        Un abrazo

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  2. El excelente post de Jorge Nieto sobre el salario mínimo y sus efectos en el empleo, ofrece una perspectiva precisa del problema y plantea algunas cuestiones de gran interés para la profesión. Aquí me voy a referir sólo a una, su referencia a la ideología a la hora de definir la posición del economista enfrentado a un problema social. Sus observaciones han despertado mi curiosidad aunque también me he sentido ligeramente incómodo ante la rotundidad de su postura y es por ello que me permito presentar una opinión más matizada que la suya.
    Empecemos por lo básico, la economía es la ciencia de la elección, y siendo consecuente con ello cuando nos planteamos abordar un problema lo primero que hacemos es seleccionar un marco conceptual, un modelo, que nos ayude a caracterizar los rasgos esenciales de la cuestión y nos ofrezca una solución y las implicaciones que de ella se derivan.
    Jorge resume con elegancia los dos enfoques dominantes en este análisis del funcionamiento del mercado de trabajo cuando se introducen restricciones como un salario mínimo. El primero considera que los agentes son racionales, disfrutan de información perfecta y el mercado de trabajo no es muy distinto de cualquier otro mercado, por ejemplo, el de las coles de Bruselas. El otro enfoque, considera que en los mercados de trabajo existe competencia imperfecta y la presencia sindical constituye una evidencia visible de ello, los problemas de información en la relación de empleo (empresario/trabajador) son muy relevantes y los trabajadores deben ser motivados (supervisión e incentivos) para que realicen sus tareas. Además para los trabajadores, las condiciones en las que trabajan y la relación entre su remuneración y la recibida por el resto de los empleados condiciona su productividad.
    Volviendo ahora a la discusión que plantea Jorge ¿Es cuestión de ideología seleccionar un modelo u otro? Las personas asumimos valores y principios bien distintos, tenemos ideología, esto resulta obvio pero no me parece que seleccionemos un marco de análisis u otro condicionados por las ideas que defendemos. A mi juicio, las discrepancias que aparecen en las recomendaciones de política económica que se derivan en un caso u otro, tienen más que ver con el grado de sofisticación y complejidad de los modelos que tenemos y con las limitaciones que estamos dispuestos a aceptar cuando caracterizamos una realidad social que tiene múltiples dimensiones, a partir de un conjunto de hechos estilizados que entendemos capturan lo esencial del fenómeno que nos preocupa. Las discrepancias que se observan entre los dos enfoques señalados se pueden discutir en base a cuatro criterios:
    1.- ¿En qué medida los resultados divergentes se deben a diferencias en el modelo elegido?
    2.- ¿Qué argumentos justifican que un modelo sea más completo que el otro?
    3.- ¿Qué aporta la evidencia empírica a la discusión?
    4.- ¿Qué valores se defienden cuando se adopta una política económica u otra?
    La comparación y aclaración de estos cuatro criterios, creo que nos ayuda a seleccionar mejor y entender la disparidad de las propuestas realizadas y es una forma ordenada de generar nuevo conocimiento. Si avanzamos en el oficio con humildad, la ideología estará más acotada y contará menos.

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    • Uztarroz sugiere en las conclusiones sobre los efectos del salario mínimo que no importa tanto el peso de la ideología sino la selección del modelo o, lo que es lo mismo, la elección del contexto en el que tiene lugar el tráfico de la mercancía, que en este caso es el trabajo. Es verdad, en general. Se puede, sin apelar a la ideología compartir distintos modelos y defender por igual conclusiones diferentes (o contradictorias) que se derivan de ellos. Pero algunos economistas, Krugman por ejemplo, cuestionan el resultado del modelo neocásico incluso en las condiciones que más se acercan a las hipótesis de ese mercado (el caso C&K). Me temo que esta crítica, sin ofrecer un modelo alternativo (“los datos ganan a la teoría”) tiene connotaciones ideológicas. Las comprendo. No es muy popular advertir que el aumento del salario mínimo pueda elevar la tasa de paro. Pero de eso vamos los economistas. Somos los que se ocupan de la voladura controlada de los tópicos.

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  3. Me he fijado en la crítica de David Neumark y William Wascher a los resultados empiricos en favor de lo postulado por la teoría neoclásica. “Sostienen que los efectos del salario mínimo sobre el empleo pueden variar mucho según los segmentos de población elegidos y según las circunstancias del estudio”.
    Lo cierto que en el caso que nos ocupa (el Español), podríamos decir que el modelo a considerar podría parecerse considerablemente al de los restaurantes de comida rápida debido al fuerte peso del turismo, que por definición es una industria de trabajos poco cualificados.
    Para llevar a cabo la reindustralización (señalado como un objetivo unanime al margen de la ideología en el articulo de este mismo blog “¿Hay que tomarse en serio eso de la reindustrialización?”) parece desprenderse que la medida más correcta sería una subida del salario mínimo. Incluso en los estudios que más penalizan la subida de salario mínimo, se desprende que reducirlo supondría un aumento inmediato del empleo no cualificado en detreimiento de un aumento de trabajo cualificado en el medio plazo.
    Mi conclusión es que hay que elegir entre:
    Trabajo no cualificado, más industria del ladrillo y medidas inpopulares para hoy o reindustralización mañana

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