¿Y si pasamos la factura por la fuga de cerebros?

¿Y si pasamos la factura por la fuga de cerebros?

Una de las imágenes recurrentes sobre los efectos devastadores de la Gran Recesión ha sido la de la huida al extranjero de nuestros jóvenes con formación universitaria. Se sostiene que los cerebros mejor preparados del país han buscado una oportunidad fuera ante el colapso del mercado de trabajo español. La percepción social de este fenómeno abunda en la sensación de pérdida de un caudal valioso de capital humano, el despilfarro de los recursos invertidos y el catastrofismo de la generación perdida. Sin embargo, ni siquiera sabemos con certeza cuántos titulados españoles han emigrado.  Mucho menos si han conquistado en los países de acogida un puesto de trabajo con el salario y el perfil ajustado a sus conocimientos. Físico de Donosti de camarero en Dublín es un despropósito. Tampoco utilizamos el mismo lenguaje para referirnos a ese fenómeno. No hay tal drama. La economía de la empresa prefiere hablar de movilidad internacional y asignación eficiente del factor capital en un mercado global, con lo que se destierra de un plumazo la utilidad analítica del viejo concepto de fuga de cerebros. Los economistas que analizan los mercados de trabajo, no obstante, están intentando cuantificar el proceso y desde el Banco de España se alerta del riesgo de un brain drain que continuara en los próximos años.

Frente a ese mensaje neo-punk del “no future”, debemos tratar de arrojar algo de luz al significado del éxodo de profesionales en vertientes poco exploradas. De entrada, hay que recordar que la fuga había comenzado como tal mucho antes de que la crisis nos estallase en la cara. Al menos en los últimos treinta y cinco años la integración de España en la economía mundial y el apoyo de nuestras instituciones con una generosa política de becas propiciaron un trasiego de jóvenes ingenieros, economistas y científicos sociales y de laboratorio que encontraron una oportunidad fuera. El goteo de los años cincuenta y sesenta —que recuperó una trayectoria alumbrada por los hombres y mujeres de la Institución Libre de Enseñanza, la que sufrió “el atroz desmoche” de 1936-39— se convirtió en caudal con la democracia. Y fue bueno para todos. Para cada uno de esos emigrantes de primera clase y para el país, cuando muchos de ellos retornaron con unas experiencias personales y profesionales que pudieron incorporar a la sociedad a la que volvían y, en particular en el asunto que nos ocupa, para mejorar la calidad de nuestro sistema universitario.

¿Y ahora qué? Todo indica que la crisis ha intensificado ese proceso, pero ¿es una sangría que alivia la dolencia del desempleo o una hemorragia en la carótida que nos hará más pobres? ¿Qué impacto a corto y medio plazo puede tener si el gran dilema para salir del atolladero español sigue siendo el mantra que invoca a que “cambiemos el modelo productivo” de ladrillo, sol y playa por el de la reindustrialización? No parece que sepamos cómo, mientras, los cerebros que deberían hacerlo encuentran las oportunidades en el exterior y los especuladores inmobiliarios están renaciendo de sus cenizas. Demasiada retórica si seguimos sin ser capaces de medir las dimensiones del fenómeno.

Propongo un sencillo ejercicio aritmético basado en los cálculos disponibles de cuánto invertimos las familias, el Estado y las empresas en la formación de un profesional cualificado en ingeniería, economía, ciencias básicas, medicina o enfermería (las de mayor empleo exterior) o cualquier otro título universitario. Como promedio el coste de crianza y educación de ese profesional entre los 0 y los 21 años se puede cifrar en alrededor de los 325.000 euros. La estimación más prudente del saldo migratorio de personal cualificado en el período 2009-2013 es de 40.000 individuos (de los que más del 90% completaron su formación superior). Es decir, en términos netos suponemos que el contingente de capital humano que exportamos cada año son unos ocho mil especialistas de alta gama, o en valor monetario el equivalente a 2.600 millones de euros. A finales de 2015 el éxodo neto de profesionales que emigraron desde 2009 arrojaría a esta cuenta imaginaria una inversión de unos 18.200 millones de euros. ¿Cuál es su valor relativo? En relación al PIB al coste de los factores muy poco. Podríamos estar tranquilos. Sin embargo, respecto a otros indicadores la imagen cambia. El destino principal de nuestros profesionales viajeros es la Unión Europa, cuyas instituciones inyectaron en forma de Fondos Estructurales en España durante el período 2007-2013 unos 27.000 millones de € (dejamos fuera otras formas de ayuda comunitaria). Resultado: el capital humano que “exportamos” sin que se anote en contabilidad alguna equivale grosso modo al 67% de lo recibido del arca común de Bruselas para financiar nuestro desarrollo regional. El ejemplo se podría contrastar con otros indicadores aproximándonos en apariencia a un juego de suma cero. Pero se trata de algo más.

 

DATOS BÁSICOS DE LA “FUGA DE CEREBROS” EN ESPAÑA DURANTE LA GRAN RECESIÓN
A. Saldo neto emigrantes universitarios 2009-15 (miles) 56
B. Valor Crianza y Educación de A (millones €) 18.200
C. Fondos Estructurales para España 2007-13 (millones €) 27.000
D. Porcentaje de B/C 67,4
E. Peso relativo A/PIBcf 2014 1,65

Fuentes: hipervínculos del texto

 

El sueño europeo está atravesando una fase REM. No nos hemos percatado lo suficiente de que ese modelo productivo español tan denostado encierra alguna sorpresa. No solo estamos condenados a ser el balneario de Europa, sino que también contamos con universidades, centros de investigación y escuelas politécnicas de excelente calidad. Al menos de la calidad que exige el sistema productivo de la Europa del Norte. ¿Y si les pasamos la factura de nuestra fuga de cerebros? La periferia sur del continente comenzaría a ser mirada de manera menos benevolente. Mientras tanto la paradoja es que la sociedad española invierte en un capital humano que se va del país porque aquí el mercado de trabajo está bloqueado. Y se puede ir porque además está bien cualificado.

Algo hemos hecho mal para no salir de esta pesadilla. Las familias han hecho los deberes invirtiendo una parte de sus ingresos y ahorros en la crianza y formación de sus vástagos. Han pagando los impuestos con los que el gobierno ha financiado la educación superior y procurado la igualdad de oportunidades. Familias y Estado lo han hecho bien. Me temo que, de nuevo, debemos volver la mirada a las empresas. Nuestros empresarios han creado riqueza y empleo, también han pagado impuestos. Pero sus decisiones seleccionando las oportunidades de negocio e inversión han dejado de lado durante demasiado tiempo el valor tecnológico e industrial.

 

(Post Scriptum: traducirlo al inglés y enviárselo a Yanis de inmediato)

  1. Creo que la cifra que das, los 18.200 millones de coste, son en realidad una cota muy baja. No es sólo el coste de educar a la gente lo que debería contar, también es dejar de ganar lo que van a generar esos 56 mil emigrantes de alta cualificación. A lo bruto, si el valor presente neto de la vida laboral de un emigrante joven de unos 25-30 años es de aproximadamente 1 millón de euros, la factura serían unos 74.200 millones. Y si tienes en cuenta que con la ampliación a la UE y el ingreso de países de baja renta como Bulgaria, Rumania o Croacia cada vez vamos a recibir menos fondos de la UE hasta llegar a ser dadores netos, la factura puede ir volviéndose mucho más fea.

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  2. De eso se trataba. Incluso una estimación muy a la baja pone de relieve la magnitud del problema. Podemos incorporar muchos matices: ¿cuál es el valor de las remesas de esos emigrantes? ¿emigración con o sin proyecto de permanencia? ¿y el “learning by doing” con el que regresarán?

    Por otro lado, ahora nos toca ser solidarios con bulgaros, rumanos, polacos y croatas. Este era el juego, amigo.

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  3. Supongamos que nuestro país fuera capaz de atraer talento. Es decir, estuviéramos abiertos, centros de investigación, empresas e instituciones, a contratar talento en un mercado global.
    Entonces la cosa ya no sería tan grave, no? El problema social no es el de los que se van, aunque puede ser un problema personal. El problema es el saldo entre los que se van y los que vienen. Claro que ésta es sólo una distinción teórica. Puesto que, con excepciones como la de Cataluña, no viene nadie, el saldo es el total de los que se van.

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