Hay derecho al olvido ¿y derecho a la Historia?

Hay derecho al olvido ¿y derecho a la Historia?

“¿A quién le interesa saber eso que pasó hace tantísimos años?”  es una pregunta recurrente cuando explico a qué me dedico. Soy historiadora económica, una especie en extinción entre los economistas. No es una percepción mía, lo dice el catedrático emérito del MIT Peter Temin. Y el caso es que la Gran Recesión por la que transitamos ha vuelto a poner a la historia económica en el radar de los economistas. Afortunadamente el timonel de la mayor economía del mundo en los peores años de la misma, Ben Bernake, es un gran estudioso de la Gran Depresión. Allá por 1995, mucho antes de ser Director de la FED, Bernake decía  que la Gran Depresión ‘sigue siendo el Santo Grial de la macroeconomía no solo porque alumbró la macroeconomía como campo de estudio, sino que además –y esto no se aprecia en su justa medida – la década de 1930 sigue influyendo en los macroeconomistas:
en sus creencias, recomendaciones de políticas y agendas de investigación’.

En otro artículo hace pocos días el semanario The Economist señalaba que las tres grandes preguntas en economía de los últimos años no son batallas de teoría económica sino que en realidad son debates sobre historia económica por derecho propio:  (1) la relación entre deuda pública y crecimiento económico , 2) la relación entre crecimiento de la riqueza y la desigualdad (como consecuencia del incremento de los retornos al capital); y (3)  la oposición (o no) a los QE tanto en Europa como en Estados Unidos que enfatiza los riesgos históricos de la inflación (frente a los que señalan que la Gran Depresión ya demostró que la deflación, el desempleo y la falta de demanda son bastante peores para la democracia que la inflación). La historia económica también tiene aplicación en otras áreas de la economía. Pensemos en las escuelas de negocio ¿de dónde sacan sus casos de estudio? Son casos de historia empresarial, de decisión estratégica, de estrategias comerciales y de marketing, etc. Y los pueden hacer en Harvard porque en los Estados Unidos existe una larga tradición de archivos empresariales de dónde obtener los datos y analizar aciertos y errores.
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“Los que no estudian historia están condenados a repetirla. Pero aquellos que estudiamos historia estamos condenados a permanecer impotentes mientras todos los demás la repiten”

En nuestra sociedad la falta de transparencia en la toma de decisiones, tanto públicas como privadas, refleja parcialmente la indiferencia sobre el papel de la historia y de los historiadores. Mientras puedo preguntarle al Gobierno de los Estados Unidos, por ejemplo, sobre la financiación pública de aquel país a las centrales nucleares españolas, y me responde (porque existe una Ley que le obliga a ello (la “Freedom of Information Act” (FOIA), que vendría a traducirse por “Ley de libertad de información”), o puedo escuchar la conversación en el despacho oval de la Casa Blanca del Ministro de Exteriores de España con el Presidente de los Estados Unidos, el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Defensa de España se cierra sine die sin más explicaciones. Por su parte, el presidente del gobierno de España borra  los ordenadores de la Moncloa al concluir su mandato, y uno de los responsables del mayor desastre bancario de la historia del país pretende que sus correos electrónicos mientras estaba al cargo de la institución no se conserven. Algunos pretenden que no los juzgue ni la historia.

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“Estoy preocupado por mi legado…maten a los historiadores”

Probablemente la cita más repetida sobre la ignorancia de la historia es la del filósofo y ensayista español George Santayana: «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». ¿Cómo podremos aprender de los errores cometidos y de los aciertos en las decisiones de política económica, financiera o empresarial si las fuentes no están disponibles o desaparecen para siempre? El vicepresidente de Google y padre de internet, Vint Cert, alertaba en una conferencia hace unos días del peligro de que una parte de la información creada en  los últimos 30 años (y de aquí en adelante) no deje apenas rastro para las generaciones futuras. Podemos leer documentos y recuperar datos pertenecientes a civilizaciones de hace miles de años pero ¿podrán los historiadores económicos del año 2058 acceder a los documentos que permitan entender las decisiones que nos llevaron a la crisis de 2008? ¿y los del año 2108? ¿tendrán acceso a los miles de datos digitales sobre cotizaciones, a los correos electrónicos, a los tweets, a los whatsapps? Algunos se preguntarán dentro de un siglo, igual que ahora, a quién le interesa algo que pasó hace tantos años. Pero de la misma manera que comprender los errores cometidos hace casi un siglo nos ha permitido evitar la repetición de algunos de los mismos en esta crisis, sería bueno que los economistas de los próximos 100 años pudieran inspirarse en nuestros errores para prevenirlos. La era digital ha creado el derecho al olvido, pero también deberíamos considerar crear el derecho a la Historia.

  1. Sólo mencionar, como un aporte lateral a los temas que se abordan aquí, el reciente libro de Barry Eichengreen “Hall of Mirrors”, que justamente analiza el uso y mal uso de la historia en su análisis en paralelo de la crisis del 30 y la de 2008. Como escribió Fernand Braudel allá por los años treinta: los tiempos de crisis son buenos para el avance del conocimiento histórico, y los de bonanza, por el contrario, invitan al cortoplacismo y la autocomplacencia. Economic history is back. Al menos eso es algo bueno.

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    • Efectivamente Javier, Eichengreen lleva usando el pasado de manera muy efectiva en comparación con el presente. Su nuevo libro ha tenido una acogida excelente entre la prensa económica (aquí, aquí y aquí) y entre los historiadores económicos ( aquí) -como no podía ser de otra manera.
      El asunto es que son pocos los historiadores económicos que son capaces de hacerse oír en el ruido mediático.
      Me gustaría creer que la historia económica está de vuelta pero me temo que en la reestructuración de los grados de 4+1 al 3+2 nos van a hacer desaparecer de los títulos de Economía y de los de Empresa. Salvo que sigamos insistiendo en nuestras contribuciones…

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  2. En mi opinión, creo que el borrado sistemático de datos de los gobiernos salientes responde a motivaciones políticas, al miedo a sufrir consecuencias en las urnas por acciones o comportamientos realizados durante los mandatos. Pero, más allá de ese interés individual de los políticos, creo que no se está reparando en el perjuicio que se crea para la sociedad al no compartir la información. Nadie está diciendo que todos los entresijos del gobierno se hagan públicos (sería ideal una ley similar al FoIA norteamericano, aunque impensable en España por el momento), pero no es justo para los ciudadanos que se pueda eliminar de un plumazo todo lo realizado (mal o bien) a lo largo de 4 años. Con este sistema, no nos permiten aprender la lección para tiempos venideros, lo único que se conseguirá es confirmar que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces (y tres, cuatro, cinco…) en la misma piedra.

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  3. –Todos ustedes recuerdan –dijo el Interventor; con su voz fuerte y grave–, todos ustedes recuerdan, supongo, aquella hermosa e inspirada frase de Nuestro Ford: La Historia es una patraña – repitió lentamente–, una patraña.
    Hizo un ademán con la mano, y fue como si con un visible plumero hubiese quitado un poco el polvo; y el polvo era Harappa, era Ur de Caldea; y algunas telarañas, y las telarañas eran Tebas y Babilonia, y Cnosos y Micenas. Otro movimiento de plumero y desaparecieron Ulises, Job, Júpiter, Gautama y Jesús. Otro plumerazo, y fueron aniquiladas aquellas viejas motas de suciedad que se llamaron Atenas, Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio. Otro, y el lugar donde había estado Italia quedó desierto. Otro, y desaparecieron las catedrales. Otro, otro, y afuera con el Rey Lear y los Pensamientos de Pascal. Otro, ¡y basta de Pasión! Otro, ¡y basta de Réquiem! Otro, ¡y basta de Sinfonía!; otro plumerazo y…

    –¿Irás al sensorama esta noche, Henry?

    Aldous Huxley, Un mundo feliz (1.932)

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