De qué vais? #LosEconomistas

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DE QUÉ VAIS LOS ECONOMISTAS?

            “Buena pregunta” dijo el economista. “A los de nuestra profesión nos gustan mucho las preguntas. A veces mucho más que las respuestas. Y esa es muy buena pregunta. Buena donde las haya”.

            “Bueno sí”, dijo el indignado. “Pero querrías contestar, por favor? En el 2007 teníais delante de las narices un tsunami; y no es que no lo hubierais visto, es que ni siquiera habíais mirado”.

            “Mmmm,… sí, se puede decir algo así”, dijo el economista.

            “Así que me gustaría que alguien proponga que se retire la asignación para los Premios Nobel de Economía y que ésta desaparezca del catálogo de las Ciencias” dijo el indignado.

            “Bueno”, dijo el economista, “pero antes me gustaría tratar de responder a tu pregunta; repasar contigo cómo apareció esta disciplina en los ámbitos del conocimiento y de qué iban los economistas que la elevaron al pedestal que hoy ocupa. Convendrás conmigo en que nos hemos convertido en algo muy popular. Los debates económicos sobrevuelan las tertulias, los programas del corazón, el late show de las televisiones… Por no hablar de los programas electorales, claro. No hace mucho, las noticias de economía estaban reservadas a pequeñas parcelas informativas, con la etiqueta general de ser masculinas y aburridas pero hoy uno puede encontrarse en cualquier esquina a algún economista bien provisto con sus recetas infalibles para poner fin a todo esto. Por cierto, la profesión sigue siendo insoportablemente masculina, en efecto, pero las aulas están llenas de alumnas, lo cual nos permite confiar en un futuro algo distinto, inch’ Allah!

            Déjame que te diga, lo primero, que el fundador de la Economía no fue Adam Smith como se suele admitir, sino el médico de Madame de Pompadour, François Quesnay, que llegó a interesarse por las materias económicas y escribir sus primeras páginas sobre ella cuando tenía… 62 años! Quesnay era cirujano. Le interesaron los temas relativos al aparato circulatorio y a sus patologías, como la gangrena. Meditar sobre el flujo de sangre en el organismo, sobre la corriente que mantiene nuestro élan, nuestro soplo vital, como lo llama Bergson, hizo pensar a este inquieto científico que, por extensión, algo así ocurría con el cuerpo social, que es la materia de la Economía. La Riqueza no es un stock, debió pensar. No es algo como la tierra o el capital cuya correcta definición no necesita de la variable tiempo. La Riqueza es un flujo, cono el torrente sanguíneo. La riqueza de una nación es el flujo de ingresos que se transfieren de los agricultores a los industriales y a los terratenientes y de ellos a los sirvientes y al rey; es decir, lo que un estudiante de Introducción a la Economía llamaría hoy, el Ingreso Agregado o, con el nombre totémico de nuestra era: el PIB. Quesnay confiaba en la naturaleza que había construido el perfecto mecanismo de la circulación sanguínea. Así que no es de extrañar que la receta fundamental para el tratamiento de las enfermedades sociales fuera también la confianza en el orden natural. Dejad pues, diría, que la naturaleza haga su trabajo sin interferir demasiado en él. Porque esa hábil constructora del cuerpo humano y por extensión del orden social, ha de saber más que sus estudiosos hijos. Laissez faire, laissez passer. He aquí que ni siquiera la máxima con que se identifica a los liberales de la escuela escocesa (y a sus descendientes intelectuales que viven en Chicago) es propiamente suya sino de este médico francés y sus seguidores y colegas que, por cierto quisieron llamarse a sí mismos… Les Economistes!!! Aunque también es verdad que a estos pioneros se les conoce en la Historia del Pensamiento con una palabra que designa la importancia suprema de la naturaleza y de su perfecto y ordenado equilibrio. Así que en los libros de texto, estos autores han pasado a ser La escuela fisiócrata o la Fisiocracia que quiere decir el gobierno de lo físico o lo natural.

            Y ahora que te digo esto, puede, finalmente, que después de tres siglos de desarrollo, de eso van los economistas. Sí, así es, de eso vamos los economistas. De analizar los flujos de intercambios que tienen lugar en las sociedades, en los países, en las regiones en los que se asientan los colectivos humanos. De analizar las instituciones de las que esos colectivos se dotan para canalizar esos intercambios. De proponer cambios para su mejor funcionamiento. De inventar o desarrollar medicinas para la curación, o el alivio al menos, de los males mayores de esas instituciones.

            Adam Smith creyó que la esencia de ese flujo era la libertad de las personas para perseguir sus propios sueños, su propia felicidad; y que la mejor receta era la misma que la de los fisiócratas franceses: no poner puertas a la creatividad de los seres humanos, porque tal creatividad habría de redundar (como llevada por una mano invisible) en un cuerpo social más saludable y rico. Y Karl Marx creyó que la esencia de ese flujo de intercambios estaba mediatizada por las relaciones de poder, por las consecuencias de la propiedad y que la sociedad no podría progresar mientras no se liberara de las ataduras de ese yugo institucional. Y John Maynard Keynes pensó que el enfermo lo era por sistema y que el flujo de los intercambios debía ser convenientemente regulado antes de que la gangrena, siempre al acecho pusiera en peligro la vida del paciente.

            Sí, de eso van los economistas. En ningún caso tienen nada que ver con una bola de cristal, con la adivinación de las crisis o las enfermedades y con los avisos del vigía en el palo mayor. Algunos economistas hacen predicciones, es verdad. Pero ellos mismos saben que están utilizando modelos incompletos, imperfectos, y que lo mejor de sus ejercicios de predicción es que a través de ellos aprenden en ese mar de ignorancia en que toda ciencia y todo arte murmura sus murmullos de ciego”.

            “Vaya discurso”, dijo el indignado. Y eso es todo lo que podéis ofrecer? Lo máximo a lo que llegáis es a que estáis aprendiendo? Que de eso vais, de aprender?”

            El economista dijo: “Mmmm…, me temo que sí”.

Autor: Jorge Nieto

  1. Esta reflexión sobre la economía resulta muy adecuada, y se complementa bien con dos referencias recientes aparecidas en tribuna de opinión de El País, economistas y hechiceros y no disparen al economista. De la lectura de las tres referncias se reconoce bien la humildad con la que debemos trabajar, los caminos que debemos seguir para mejorar la comprensión de los fenómenos económicos y los retos a los que se enfrenta el estudio de la economía.

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  2. Pensar en la economía como una ciencia capaz de predecir el comportamiento humano y hallar las soluciones para que éste se desarrolle como queremos, es un error, cierto, pero asumir que nuestro conocimiento como economistas es limitado no debería servirnos para eludir nuestras responsabilidades. No vimos lo que iba a suceder en 2007, al menos la mayoría de nosotros, pero no porque no pudiéramos si no porque no quisimos. Haberlo hecho hubiera supuesto afirmar que el modelo de crecimiento en el que estaba inmerso EEUU y España era erróneo, y por tanto hubiera sido el equivalente a ser un aguafiestas, y nadie quiere en su fiesta a un aguafiestas, y nadie quiere que no le inviten a la fiesta.
    Asumamos nuestras limitaciones, pero no nos eximamos de nuestras responsabilidades

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  3. Lectura muy interesante. Como estudiante, me hace reflexionar sobre la economía como ciencia y los diferentes puntos de vista que acepta. No es de extrañar que haya personas que se pregunten su fin, así como que haya habido tan notables discusiones y debates entre eminencias a lo largo de la historia económica.

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